La confusión de la victoria

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Como era de esperarse, sigue aumentando el número de bajas del ejército de los Estados Unidos en Irak. Las reacciones son desproporcionadas: la consternación de los estadounidenses que piden la retirada inmediata, para evitar otras muertes, lo mismo que la alegría canalla de quienes festejan cada atentado como si fuese la demostración de una idea moral. No es raro que haya resistencia, sino que ocasione tanto escándalo. Seguramente es efecto de la televisión, que lo convierte todo en un melodrama. También una consecuencia del sentimentalismo maniqueo y simplón del Presidente Bush. De nuevo, en estos últimos días, obligado a dar explicaciones, ha repetido que no abandonará al pueblo de Irak; lo ha dicho también su representante, el señor Bremer: los enfrentamientos continúan porque hay todavía enemigos de la libertad. Pero Estados Unidos tiene el compromiso de acabar con ellos. Es decir: Irak sigue siendo el escenario de una confrontación casi metafísica, indudable; no obstante, por eso mismo resulta cada vez más difícil de entender.

La mezcla es extraña: por un lado está el interés nacional, la retórica de la legítima defensa y la lucha contra el terrorismo, por otro, la antorcha de la libertad y la vocación estadounidense de llevar la democracia al resto del mundo. Ambas cosas van juntas, según razona el Presidente Bush, porque las sociedades libres son pacíficas, estables, bien ordenadas, de modo que Estados Unidos defiende su propio interés cuando contribuye a imponer gobiernos democráticos en todas partes. Es un discurso pensado para contentar a todos, con su dosis de moralismo wilsoniano, algo de la agresividad de la Guerra Fría y un resto incluso de aislacionismo, aparte de la arrogancia que corresponde a la única gran potencia en el nuevo orden mundial; no obstante, la argumentación es tan endeble que cualquiera encuentra motivos para desconfiar. Es dudoso que las guerras garanticen la seguridad de los Estados Unidos, también es dudoso que se pueda trasplantar la democracia con esa facilidad o que los gobiernos democráticos sean confiables. En vista de todo ello, resulta lógico que se piense que hay otros motivos para la invasión o que se debe abandonar directamente, sin más pérdida de vidas, puesto que el esfuerzo es inútil.

Desde luego, es posible que la explicación sea puro cinismo. También es posible que el Presidente Bush crea en lo que dice, no sólo porque sirva como justificación de su política, sino que permite ver un mundo ordenado, de contrastes claros, con una lógica comprensible.

Desde un principio se quiso asimilar la invasión a la ocupación de Europa durante la Segunda Guerra Mundial, que fue obviamente una guerra de liberación. Se han usado también los tópicos de la Guerra Fría: la defensa de la democracia y el mundo libre, poniendo en el lugar de la Unión Soviética la amenaza universal del terrorismo. Lo malo es que no hay ese orden, no hay dos principios enfrentados ni dos campos reconocibles, de aliados y adversarios, de modo que no hay otro soporte, fuera del voluntarismo, para la estrategia internacional de los Estados Unidos. Habrá los que se tomen en serio –por la razón que sea- la retórica moralista, y que exijan que se intervenga en Corea del Norte, en Cuba, en Chechenia, Liberia y Eritrea, para empezar, o que se imponga la democracia también en Pakistán o en Arabia Saudita; habrá los que denuncien por sistema toda acción militar en nombre de la soberanía y el derecho de autodeterminación. Es difícil encontrar argumentos convincentes para nadie en el lenguaje actual de la Casa Blanca.

Para mucha gente en Irak la derrota de Sadam Hussein ha sido una liberación; para muchos otros la ocupación es intolerable, es una guerra de conquista que se debe resistir. Formar un gobierno democrático y estable en esa situación se antoja una tarea imposible. Por otra parte, pueden haberse asegurado los intereses estratégicos de los Estados Unidos en la región, pero con un costo que amenaza con ser impagable. Desde luego, por si hiciera falta, el gobierno de Washington ha demostrado que es capaz de actuar contra la opinión de Europa, de Rusia y de la ONU, ha demostrado que está dispuesto a hacerlo y que no acepta que se le mida con el mismo rasero que al resto del mundo; el problema consiste en buscar aliados después de eso: no hay un equilibrio estratégico ni un orden político mundial que haga previsible o siquiera razonable la política norteamericana, las alianzas tienen que ser de subordinación incondicional.

Por todo eso, el Presidente Bush se mantiene en la retórica moralista, intransigente y amenazadora que ofrece al menos un simulacro de orden. Por todo eso, unos encuentran razones para dudar de su buena voluntad, otros sienten que cuesta demasiado, y cada muerto es un escándalo.

La Crónica de hoy, 11 de noviembre de 2003