La corrupción de siempre

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Como en otro tiempo, la corrupción vuelve a ser tema de primera plana en los periódicos, motivo de acusaciones, revelaciones escandalosas, sospechas y obligadas, confusas disculpas: la misma tartufería de siempre, de unos y otros. Bien mirado, no hay nada grave en lo que se ha sabido en estos días. Nada grave, nada nuevo. Se trata del funcionamiento ordinario de la administración pública: la asignación de sueldos, los gastos de representación, el revoloteo de los parientes; hasta donde se puede saber, además, está casi todo dentro de la ley o casi del todo dentro de la ley. Pero es motivo de indignación. Mucho más que la estructura del presupuesto, por ejemplo.

Como en otro tiempo, los políticos tratan de quitarle importancia al asunto. Unos con la cantinela de los malos elementos, casos aislados: los negritos en el arroz. Otros más con el gesto ofendido y los reproches a la prensa que está mal informada: no hay nada ilegal, riguroso apego y respeto irrestricto, ya se sabe. Tendrán razón, pero eso es lo de menos. Podríamos encontrar declaraciones casi idénticas, para acusaciones muy similares, en los últimos veinte o treinta años, que tampoco sirvieron de nada.

Insisto: los casos de los que se habla en estos días son verdaderamente menores. Vista en frío, la reacción es desproporcionada. Por eso también resulta reveladora. Habrá asuntos graves, acaso, pero sabremos poco de ellos, poco y turbio y a destiempo. Como siempre. Los grandes negocios de especulación inmobiliaria, los contratos discrecionales, el encubrimiento de fraudes, la protección de empresas y empresarios, todo eso pasará sin que se haga mucho ruido. Lo que debía ser escandaloso, por otra parte, la asignación del gasto general, las políticas públicas sobre salud y educación, el modelo de desarrollo que impulsa el Estado, lo que debía ocupar el centro de la vida pública queda en una mortecina gritería de diputados y grandes frases que no dicen nada. Uno empieza por sospechar y termina estando seguro de que nuestros políticos no tienen nada que decir al respecto, fuera de los conjuros ceremoniales para ahuyentar al “neoliberalismo”.

Por supuesto: es mucho más fácil de señalar lo que se gasta un funcionario en ropa de cama, el sueldo de un chofer, el subsidio que recibe la hermana del señor secretario. Tenemos todos un término de comparación muy concreto con nuestro propio sueldo. En eso consiste el escándalo, que no es tan trivial después de todo. Para empezar, hay una inconsistencia muy gruesa entre los discursos de campaña y esos pequeños lujos: el compromiso más concreto y el más ostentoso de todos fue la honestidad, la transparencia. Por otra parte, el eje de resistencia de su discurso sigue siendo la austeridad: hay decenas de miles de burócratas amenazados de despido, aparte de que se presione cada vez más sobre los salarios públicos de la generalidad de la burocracia, el personal de salud y educación. No hay dinero para nadie ni para nada. No es extraño que la gente se escandalice.

El asunto es viejo y acaso no tenga remedio. Pero tiene una importancia considerable. Desde hace tiempo, las acusaciones de corrupción están en el centro de nuestra vida pública. No los grandes negocios, aunque los hay, sino esos modestos lujos de los funcionarios, esos minúsculos favores: el modo de vida de la clase política, en lo más cotidiano e insignificante. No es por casualidad. Los pequeños escándalos afectan a la estructura básica del discurso de legitimación de nuestro Estado.

Acaso por una inercia decimonónica, nuestros políticos tienen que hacer exhibición de austeridad y devoto desinterés republicano; la función pública es un sacrificio, que aceptan si no hay más remedio, pero todos querrían volver cuanto antes a una vida tranquila: a su rancho, a su familia, volver a su patria chica, volver a la academia. La ambición desacredita a cualquiera. Pero hay más. Nuestro Estado sigue siendo revolucionario: en la legislación y en la orientación de las políticas públicas se identifica con el Pueblo, es decir, con más o menos hostilidad, se define por oposición al mundo de los ricos, al sistema de valores de los ricos. Y se propone, además, como modelo de orden para la sociedad, con una organización basada en la ley, moderna, igualitaria, racional. En eso se funda su legitimidad. Porque no bastan los votos.

Los pequeños escándalos ponen de manifiesto que todo eso es ilusorio, ridículo. Los políticos se portan como cualquier particular, usan el puesto para hacer favores y para darse caprichos, como cualquiera. En el orden de su vida cotidiana, los políticos son como los ricos. Aparte de que, además, los apoyen con prebendas o los protejan de cualquier modo. Lo grave es que son iguales, se portan como ellos. Dicho de otro modo: la gravedad de los pequeños escándalos está en que desacreditan al Estado, que ya no puede ser modelo de otro orden, ya no puede identificarse con el Pueblo. Es una tendencia que viene de lejos, de hace tres o cuatro sexenios. Sólo se confirma.

Los habrá que aplaudan ruidosamente, porque es un paso definitivo hacia la modernidad. Los habrá que lo encuentren lamentable, peligroso. El hecho es que nuestro Estado ya no es revolucionario: ni en el lenguaje ni en las aspiraciones, ni siquiera en los modales. Por ingenuidad, por inadvertencia, por convicción o por pura megalomanía, nuestros políticos no le dan mayor importancia a eso: tienen la democracia, la televisión y la promesa de la modernidad; están convencidos de que pueden prescindir de la Revolución.

La Crónica de hoy, 27 de enero de 2004