La costumbre de mentir

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La naturalidad con que se puede mentir es uno de los rasgos más característicos de nuestra vida pública. No hablo de los políticos, sino de periodistas e intelectuales que se aprovechan de la ignorancia general y de la escandalosa tolerancia del medio, que lo permite casi todo. Entre muchos, un caso. Hace unos días el señor Humberto Musacchio publicó en el Excélsior un artículo titulado “La loca cruzada contra los vascos”: es una oblicua apología de ETA –ya se sabe: no son nunca asesinos ni terroristas, sino víctimas de la opresión—basada en una extravagante serie de mentiras e insidias. Llama la atención por el descaro.

En el origen, dice, está el problema de las autonomías, que “se regatearon hasta el exceso” a Cataluña y el País Vasco, porque la derecha “rechazó todo lo que fuera opuesto a la idea fascista del Estado unitario y centralizado”; además, dice, “el Pacto de la Moncloa se negó a incluir a Navarra dentro de las provincias vascongadas” y “viejas demandas de los vascos, como la enseñanza en su propia lengua, se han visto permanentemente saboteadas por los poderes de Madrid”. Lo más grave –sigue—ha sido la proscripción de Batasuna “a la que una y otra vez Madrid tilda de ‘brazo civil’ de ETA, sin que hasta la fecha haya podido demostrarlo”.

La estrategia retórica es la del delirio: de un lado “los vascos”, que implícitamente están representados por ETA, y del otro el conjunto de las instituciones, reducidas a la voluntad de “Madrid”. Lo grave son las mentiras. El señor Musacchio sabe que en España no hay un Estado unitario y que el País Vasco tiene la mayor autonomía jurídica imaginable en el orden europeo, con competencias en materia fiscal, educativa, cultural, económica, de salud, infraestructura, etcétera. Sabe también que desde hace treinta años gobierna el Partido Nacionalista Vasco, que la educación pública es monolingüe en euskera, que para solicitar cualquier empleo en la burocracia, en el sistema educativo o de salud en el País Vasco es indispensable demostrar dominio del euskera (no así del español). En los Pactos de la Moncloa no se habló de Navarra porque su objeto era la política económica del gobierno de Suárez, y no otra cosa: el ordenamiento territorial figura en la Constitución, cuyo artículo cuarto transitorio establece que Navarra podrá incorporarse a la Comunidad Autónoma Vasca si así lo decide el parlamento foral y se aprueba en referéndum en Navarra. “Madrid” no tiene nada que ver. Navarra ha sido un territorio distinto desde el siglo XI y, sencillamente, aunque algunos hablen euskera, los navarros se sienten navarros. También sabe el señor Musacchio que la vinculación financiera, logística y política entre ETA y Batasuna fue demostrada con detalle en el sumario 35/02 Y, del 26 de agosto de 2002, integrado por el juez Baltasar Garzón.

Sus motivos no me interesan ni mucho ni poco. Lo lamentable, por lo que dice de nuestro periodismo, es que pueda mentir con ese desparpajo, sin miedo de que nadie lo llame mentiroso.

Milenio, 13 de noviembre de 2007