La crisis global

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El nuevo orden mundial empieza a resultar bastante confuso. La interminable crisis del Cáucaso sigue sin resolverse, porque acaso no hay modo de resolverla, tampoco se detiene la sangría de los Balcanes ni la de Palestina; siguen las guerras de Angola, Congo, Costa de Marfil, siguen los enfrentamientos menudos y feroces de indios y pakistaníes en Cachemira, la tensión entre Siria y Líbano. Si se mira con algún detenimiento aparecen guerrillas, traficantes de armas y drogas, oscuras alianzas de policías y delincuentes en Colombia, Guatemala, Brasil, Indonesia, Sudáfrica, Nigeria, tiranías delirantes y rapaces en Kazajstán y Turkmenistán, en Corea.

Nada de eso es nuevo. El mundo no ha sido nunca pacífico. A diferencia de lo que sucedía en otro tiempo, sin embargo, hoy no sirven de gran cosa para poner orden ni las acrobacias diplomáticas de la ONU ni las amenazas de Rusia o Estados Unidos; de hecho, la intervención de la comunidad internacional –a través de sanciones, armamento o ayuda humanitaria- sólo ofrece recursos para agravar los conflictos, ni de lejos afecta a las raíces del desorden.

Sirven de ejemplo las noticias de la semana pasada, porque son iguales a las de cualquiera otra. Hubo elecciones en Zimbabwe: ganó otra vez el partido de Robert Mugabe, que gobierna desde hace veinticinco años; como otras veces, hubo una extensa campaña de intimidación por parte de simpatizantes del partido oficial y presuntos veteranos de la guerra de independencia, incontrolados. El presidente Mugabe ofreció una rueda de prensa, satisfecho y divertido, y se dedicó a payasear con los periodistas: hizo chistes con un par de leones disecados que tenía detrás, dijo que empezaría a pensar en un sucesor cuando cumpliese cien años, también amenazó a sus opositores con la violencia del pueblo, que no tolera el colonialismo. Hubo algunas protestas, frases amargas en Londres y poco más. Todo seguirá como hasta ahora, sobre todo porque nadie sabe qué otra cosa se podría hacer. Hace mucho ya que el gobierno de Mugabe no tiene ni programa ni estrategia, fuera del saqueo: confiscó hace años todas las propiedades de los blancos, para repartirlas a sus allegados, envió un cuerpo de ejército al Congo para lucrar con las minas –lo mismo que Uganda, Ruanda y Angola, dicho sea de paso- aprovechando la última guerra civil. Hasta ahí llega su política. Mantiene una retórica populista, incendiaria, violentamente antieuropea.

También la semana pasada consiguió el Consejo de Seguridad de la ONU aprobar una resolución para que se juzguen en La Haya los crímenes contra la humanidad cometidos en Sudán, en la guerra de Darfur. Estados Unidos se abstuvo. Sería una gran cosa si fuese a servir de algo, pero no. Sudán está en guerra desde hace quince años. Duró una década el enfrentamiento entre el gobierno islámico de Jartum y las guerrillas de los nuer y los dinka en el sur, después vino el desplazamiento forzoso y la aniquilación de la minoría de Darfur, en el Oeste, por parte de grupos incontrolados con apoyo oficial. Han sido doscientos o trescientos mil muertos, nadie lo sabe. El problema se complica porque involucra a los otros gobiernos islámicos, también porque en el centro del país, precisamente en la línea del frente, hay yacimientos petroleros considerables, que se han explotado con inversiones de China.

Hubo otras noticias: un confuso golpe de estado en Kirguistán, para derrocar al presidente Askar Akaev y poner en su lugar a un par de antiguos colaboradores suyos; una masacre en un restaurante en Brasil, treinta muertos, parte de una larga trama de venganzas entre policías, por lo visto, mezclados con el tráfico de drogas.

La política se trata siempre de violencia, retórica y dinero en combinaciones más o menos complicadas; lo único nuevo es que se ha ido haciendo más simple y más brutal. Durante cien o doscientos años el Estado, incluso la sola idea del Estado sirvió para civilizarla un poco: había al menos la ambición de crear un espacio público, mínimos de responsabilidad y decoro. Hemos acabado con eso en dos décadas. Hoy es imposible desenredar los intereses de las empresas petroleras o las multinacionales de la comunicación del tráfico legal e ilegal de armas, drogas, diamantes, el juego de las identidades religiosas o étnicas, el negocio de los ejércitos privados; en términos prácticos, las fronteras y el reconocimiento internacional de la soberanía son recursos útiles para la contabilidad fiscal o para administrar costos de producción, para tener acceso al sistema financiero internacional, poco más. El furioso entusiasmo libertario de fines del siglo veinte ha desembocado en esta mezcla de negocios, delincuencia y demagogia que define al nuevo orden mundial, el de Chávez y Mugabe, también el de Berlusconi, Putin y Bush.

 

La Crónica de hoy, 7 de abril de 2005