La crisis interminable

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Leo una serie de artículos de Raymond Aron sobre el conflicto de Oriente Medio. Habla de los ataques de guerrilleros palestinos y de las represalias de Israel, habla de las amenazas de guerra, de los riesgos de la intervención de todas las potencias y los riesgos de que se abstengan de intervenir, habla del modo en que se emplea al estado de Israel en la política interna de los países árabes y musulmanes. En algunas cosas, podrían haber sido escritos la semana pasada: son de 1967. El cambio más importante es el fin de la guerra fría. Hace cuarenta años todos los movimientos eran interpretados a partir de la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética, que era una amenaza porque alteraba constantemente los equilibrios locales; también era una garantía de que no habría una guerra generalizada. Era una de las convenciones básicas de la guerra fría: las potencias no iban a enfrentarse directamente y podían en todo momento controlar a sus respectivos clientes, para poner límite a los conflictos. Ya no hay esa garantía, por precaria que fuese. El escenario se ha vuelto mucho más incierto, imprevisible, incluso para los Estados Unidos.

Algo interesante: en 1967 el mayor enemigo de Israel, factor de desestabilización permanente en la región, era Egipto. Hoy es, por ponerlo así, una de las potencias sensatas. Significa que en la complicada geopolítica de Oriente Medio pueden cambiar mucho las cosas, con relativa rapidez, los enemigos de ayer pueden ser aliados mañana. También hay constantes. El liderazgo regional de Nasser se basaba en una hostilidad beligerante hacia Israel (lo decía sin muchos adornos: “Nuestro objetivo fundamental es la destrucción total del estado de Israel”); ahora bien, ese antagonismo, esa declarada enemistad absoluta, era un recurso simbólico de enorme importancia para justificar una política agresiva contra los gobiernos árabes conservadores. Egipto aparecía como representante legítimo de la causa palestina y, por extensión, de los pueblos árabes. Funcionó durante algún tiempo. Sirvió también para explicar y amparar la represión de cualquier disidencia interna, empezando por la del islamismo radical de los Hermanos Musulmanes.

Nadie tiene hoy una posición equivalente a la de Nasser, pero la lógica de la política regional es muy similar. Han cambiado los términos: se ha “islamizado” la causa palestina, se interpreta con frecuencia como parte del antagonismo imaginario entre el Islam y Occidente. Incluso como el eje de ese antagonismo. Es una de las consecuencias del fracaso del socialismo árabe de Nasser, consecuencia también de la revolución iraní, la guerra de Líbano y la derrota soviética en Afganistán. Los radicales de hoy, que buscan una hegemonía en la región, son los movimientos islámicos, con el liderazgo bastante problemático de Irán; la definición primaria de su política internacional es la oposición absoluta al estado de Israel, que sirve para acreditar su carácter popular, para justificar medidas represivas y para presionar, como siempre, a los gobiernos árabes e islámicos conservadores, empezando por Arabia Saudita, o para intervenir directamente en Líbano o Palestina. La ocupación norteamericana de Irak no modifica en lo fundamental esa mecánica, pero aumenta las ocasiones para la desestabilización.

En ese contexto hay que entender las varias crisis actuales de la región. Irán no puede aceptar el ultimátum del Organismo Internacional para la Energía Atómica, no puede ceder a las presiones de Francia e Inglaterra, porque está en juego su prestigio como potencia regional; de momento, tiene a su favor los altos precios del petróleo y el desgaste que significa para Estados Unidos la guerra de Irak. Eso y la renovada militancia islámica en toda la zona. Europa, según se ha demostrado, no puede hacer mucho: la amenaza de sanciones económicas no es creíble, porque perjudicaría a las economías europeas incluso más que a Irán; nadie está dispuesto a ir a la guerra: no por ahora, no contra Irán, no como medida preventiva por el temor de que en el futuro pudiera usar su capacidad para enriquecer uranio para desarrollar armas nucleares que podrían usarse en una guerra de agresión contra sus vecinos. Eso descontando que la autoridad moral de Europa en el mundo islámico, en Asia y África, es bastante dudosa; desde luego, Irán podría en el futuro invadir a sus vecinos, como podrían hacerlo India o Paquistán, pero de momento es sólo una conjetura, esgrimida como argumento por los países que hasta hace unas décadas mantenían a la mitad del mundo en un sistema colonial.

Israel por su parte no puede permitir el desarrollo del programa nuclear de Irán. Llegado el caso, no es impensable un ataque preventivo, localizado, como ya lo hubo contra Irak en circunstancias similares. No sólo por la declarada hostilidad del gobierno de Ahmedinayed, sino por la singularísima posición estratégica del estado de Israel: porque no tiene asegurada su existencia como estado. Todos los países de la región –Egipto, Siria, Jordania, Líbano, Irak, Irán- han perdido varias guerras en las últimas décadas, guerras entre ellos, con Israel y con Estados Unidos; siguen existiendo como estados, con algunas modificaciones de fronteras de poca importancia. Israel, en cambio, no puede permitirse perder una guerra: una única derrota significaría su aniquilación definitiva, porque el objetivo explícito de sus enemigos es su desaparición. Por otro lado, lo decía ya Raymond Aron hace cuarenta años, Israel puede no ser derrotado en una guerra, pero nunca puede obtener una victoria por la vía militar. Antes y después de cada conflicto sigue rodeado de estados árabes, hostiles. La única victoria imaginable para Israel sería la negociación de un tratado de paz, con reconocimiento de fronteras estables.

Eso complica mucho las cosas: un acuerdo de la Unión Europea con Irán, si fuese posible, para detener su programa nuclear, no tendría por qué favorecer a Israel. Al contrario. Significaría fortalecer la economía iraní con recursos europeos y acaso también una mirada más benevolente hacia la política exterior del régimen de Irán, que incluye el financiamiento de Hezbollah y Jihad Islámica. En términos prácticos, para Israel es preferible que Irán sea considerado un paria en la comunidad internacional.

Más todavía: la defensa de la causa palestina sigue teniendo un enorme valor simbólico para los países de la región. Es demasiado útil para que se renuncie a capitalizarla. Egipto firmó la paz con Israel al precio de verse marginado de la política árabe. La representación del pueblo palestino, con todas sus ganancias, pasó a otros actores, en la misma lógica. Algo similar sucedió a Arafat y sus partidarios después de los acuerdos de Oslo: otros grupos, en particular Hamas, se convirtieron en los auténticos representantes de la dignidad nacional y los intereses del pueblo palestino, traicionado por sus líderes.

No es sólo un problema simbólico. El prestigio de Hamas no se debe sólo a su intransigencia. La corrupción, la ineficacia, el autoritarismo, la violencia represiva de la Autoridad Nacional Palestina han contribuido en mucho a su descrédito, hasta hacer odiosos a sus representantes, mientras que los grupos islámicos han desarrollado un extenso sistema de asistencia social: escuelas, hospitales, oportunidades de empleo y han emprendido incluso obras de infraestructura –carreteras, pozos-, de modo que se han convertido, por decirlo así, en un sustituto del estado. El asesinato de Musa Arafat hace unos días es sólo un indicio de un conflicto profundo, de difícil solución.

El dilema en que se encuentran Ariel Sharon y Mahmud Abbas es propiamente trágico. La única solución estable, de largo plazo, para ambos es la negociación de un tratado de paz con reconocimiento de fronteras de dos estados; cada paso que se da en esa dirección, sin embargo, debilita su liderazgo y favorece a los radicales –palestinos e israelíes- que no necesitan otra cosa para justificarse. Israel se retira de Gaza y Hamas lo festeja lanzando desde la frontera no menos de cincuenta misiles contra asentamientos israelíes en el desierto de Neguev, mientras Netanyahu exige elecciones internas para hacerse con la dirección del Likud. Por ahora, es cosa de días, Sharon ha conseguido mantenerse en el poder, Mahmud Abbas ha conseguido que Hamas declare un cese temporal de hostilidades. La crisis sigue, con rasgos muy similares a los que tenía en 1967.

 

La Crónica de hoy, 28 de septiembre de 2005