La cuadratura del círculo

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Hace una semana publicó la OECD su “Panorama de la educación 2005”. No le prestó atención casi nadie en la prensa mexicana. El portavoz de la presidencia encontró un dato “sin duda positivo” en el informe, lo había: la inversión educativa en México equivale al 6.8% del PIB, mientras que para el promedio de los países miembros de la OECD equivale a 5.9%. El periódico Reforma aprovechó la ocasión para denunciar de nuevo lo que cobran –injustificadamente—los maestros; el titular: “Mejoran salarios, pero no educación”. Otras notas en El Universal, en La Crónica, también en Reforma, destacaron algunas otras cifras del informe que explican con trazos muy gruesos los defectos de nuestro sistema educativo.

Hablando mal y pronto el informe dice que nuestra situación es lamentable, en general una de las peores y en algunos aspectos la peor de la OECD (que reúne al grupo de países –son treinta—a los que querríamos parecernos: Estados Unidos, Canadá, Francia, Noruega, Japón, España, etcétera). Ha aumentado la proporción del producto que se dedica a la educación, eso lo vio bien el portavoz del presidente; sin embargo, el gasto por estudiante está muy por debajo del resto: en números redondos México dedica mil quinientos dólares por cada estudiante de primaria mientras que el promedio de la OECD es de cinco mil trescientos dólares; por cada estudiante de preparatoria México gasta dos mil cuatrocientos dólares, donde el promedio de la OECD es de siete mil cien dólares; para universitarios México destina seis mil dólares por estudiante, el promedio de la OECD es de casi once mil. Son promedios, conste, que incluyen los datos de Eslovaquia, Polonia y Turquía, y los de Noruega, Japón y Alemania, que son considerablemente superiores. Es decir: por mucho que haya aumentado la inversión educativa, está todavía muy por debajo de la de los demás países del grupo (en realidad, para algunos de esos rubros, una comparación más apropiada sería con los países del África subsahariana).

Gastamos mucho en educación, como proporción del PIB. Gastamos demasiado poco en educación, si se mira la inversión por estudiante. Eso quiere decir que nuestro producto es bajo, que somos un país pobre. Y tiene una consecuencia importante: la mayor parte del dinero es para gasto corriente, es decir, salarios de maestros. Los datos: la inversión en infraestructura en México es inferior al 3%, el promedio de la OECD es superior al 8%; el gasto corriente no salarial –materiales educativos, por ejemplo—representa en México de menos del 6% del gasto, en los demás países el promedio es superior al 18%. Eso significa un deterioro constante del sistema educativo: se gasta en lo que no hay más remedio, porque son compromisos laborales adquiridos, pero no se invierte lo que sería necesario para hacer fructífera esa inversión.

Los salarios, pues, que son lo que tanto preocupa al Reforma. Han aumentado 40% en la última década. Según lo que dice el periódico, ese aumento de salarios y el aumento en el gasto por estudiante no se traducen en una mejor calidad; como términos de comparación la nota menciona a Finlandia, donde creció la inversión en una proporción similar, y a Holanda, que elevó el gasto por estudiante de modo parecido: los dos obtienen mejores resultados en la evaluación de estudiantes (aquí es donde el lector de Reforma empieza a lamentarse por el modo de ser de los mexicanos, porque no tenemos remedio). Si se mira bien, la diferencia no es extraña. Todo depende del punto de partida, es decir, de la inversión anterior, la calidad y salarios de los maestros antes, la calidad de la infraestructura escolar antes. Los porcentajes dicen poco –nada o menos que nada—si no se toma en cuenta eso. Las medidas de comparación no dicen que un maestro mexicano de primaria o secundaria gana entre cuatro y cinco mil pesos al mes. ¡Cuánto le cuesta a Reforma ponerlo en blanco y negro, decirlo así! Los salarios no son el único factor para explicar la baja –a veces subterránea—calidad de la educación en México, por supuesto que no. Haría falta una preparación mucho más larga y rigurosa, mecanismos de actualización y formación permanente, sí, mucho más: lo malo es que al final habría que pedirles a esos (posibles) magníficos profesores, bien formados, actualizados, que viviesen con cuatro o cinco mil pesos (sin contar todavía lo que costaría la infraestructura y el material didáctico que les haría falta).

No son difíciles de entender las omisiones de la nota. Reforma ofrece el soporte para la publicidad de la educación privada: concretamente, de la educación superior. Y para eso necesita desacreditar al sistema de educación pública. Es un engañabobos. La clasificación de universidades que ofrece el periódico encuentra que las mejores del país son las privadas, por supuesto, evaluadas con criterios como las instalaciones deportivas y el servicio de cafetería: es lógico, porque si presentase datos objetivos y susceptibles de medida como la proporción de profesores de tiempo completo, el tiempo que tienen para investigación, la producción académica de la planta, todo lo que hace a una universidad, el resultado sería catastrófico. Diría que las únicas universidades dignas del nombre son las públicas. Y eso no puede ser.

En México, hoy, uno de los grandes negocios es la educación y lo único que necesita para seguirlo siendo es que el sistema público sea un desastre y que, por comparación, por inercia o mediante la publicidad la gente pueda hacerse la ilusión de que el privado es mejor. Para construir una universidad hoy por hoy no hace falta calcular más que el precio de los ladrillos: los profesores cuestan menos que el personal administrativo, se contratan por horas y son más fáciles de sustituir que un electricista. Se puede añadir además, como adorno, la vinculación con universidades europeas, porque todas ellas necesitan alguna clase de relación con el Tercer Mundo para acceder a subsidios públicos que figuran como ayuda para el desarrollo. La picaresca de un lado del Atlántico se ajusta a las mil maravillas con la del otro lado. Los padres de familia gastan entre medio millón y un millón de pesos por un título que, hablando en serio, es poco más que un signo de distinción.

El panorama es lamentable, pero no desesperado. Hay mucho que hacer y hay que hacerlo con urgencia, pero no partimos de cero. En el sistema de educación superior hay ya mecanismos de evaluación establecidos y fórmulas –con sus defectos, mejorables—de apoyo a la investigación: tenemos un cuerpo de investigadores reducido pero bien preparado, con capacidad y vocación; hasta ahora se ha puesto énfasis sobre todo en que su trabajo se ajuste a los “estándares internacionales”, se ha descuidado en cambio la integración de una comunidad académica nacional. Los cambios que hacen falta son relativamente menores y, salvo por el escollo de los intereses creados, no debería ser difícil ponerlos en práctica. En secundaria, la reforma de hace un par de años está muy bien encaminada: cuando se anunció hubo un escándalo más o menos artificial y perfectamente estéril porque alguien dijo –no es así—que se estaba eliminando la historia del México prehispánico, y la discusión se quedó en eso. En la práctica, lo fundamental del cambio consiste en que el tiempo de docencia se concentra en cuatro materias: español, matemáticas, ciencias sociales y ciencias naturales (el resto, una cuarta parte del tiempo, es para inglés, deportes y actividades estéticas); los contenidos de las viejas materias de física, química, biología, geografía, historia, civismo, se reorganizan para favorecer un estudio mejor integrado. Es una buena idea. Faltan los maestros, falta infraestructura, faltan los padres de familia y las familias que tendrían que apoyar el estudio, faltan muchas cosas, pero –insisto—no partimos de cero.

Los problemas. Hace falta invertir más e invertir bien, pero no hay recursos para ello. Los empresarios mexicanos no gastan en investigación y desarrollo tecnológico salvo si les reporta un beneficio inmediato y tangible: en general se limitan a parasitar el sistema público (donde una idea torcida de la “vinculación” con el sector productivo estimula sobre todo ese tipo de investigación); aparte de eso, han encontrado un “nicho de mercado” muy rentable en el sistema de educación privada, carísimo y de muy mala calidad, sin controles ni evaluaciones serias, de modo que prefieren que todo siga como está. El sindicato de maestros podría ser un apoyo para la mejora del sistema, pero con frecuencia es un obstáculo (con más razón ahora que se ha constituido en grupo de presión formal, con representantes en el Congreso) puesto que los bajos salarios son uno de los recursos fundamentales del poder de los líderes.

Invertir sin dinero, apoyar a los maestros incluso en contra del sindicato de maestros, lograr que los empresarios mexicanos no se comporten como empresarios mexicanos, eso es todo lo que hay que hacer. Encontrar la cuadratura del círculo.

 

La Crónica de hoy, 20 de septiembre de 2006