La cultura del terror

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Los atentados recientes contra los Estados Unidos, la destrucción del World Trade Center y del Pentágono, fueron en muchos sentidos algo nunca visto; por eso resulta tan atractiva, necesaria incluso, alguna explicación nunca oída. Pero no las hay. Buscar algo singularísimo y único: en la devoción islámica, en la organización, en la estrategia, puede ser más bien desorientador. Hay una diferencia en la magnitud de los atentados, en la complejidad de la operación, pero son actos de terrorismo que siguen la misma lógica que otros muchos. La novedad proviene sobre todo de la tecnología; en lo demás: la crueldad, el carácter masivo, se parecen a algunos atentados en Irlanda, en Italia, en Israel y Palestina, y en lo fundamental obedecen a la misma racionalidad que el asesinato de Miguel Angel Blanco o el de Aldo Moro.

Han sido distintas las consecuencias, y también importa subrayarlo. Porque nunca antes había parecido necesario que la comunidad internacional le declarase la guerra al terrorismo; la conciencia civil, humanitaria y democrática de la opinión mundial se detenía y se detiene todavía con muchos miramientos en las fronteras estatales: ETA es un problema de los españoles, el IRA es un problema de los ingleses, Hamas es un problema de Israel. Acaso eso signifique que los tiempos están cambiando -también la dictadura de Pinochet había sido hasta hace poco un problema de los chilenos, como la de Castro es de los cubanos- pero es difícil decir en qué sentido se orienta el cambio. No suena mal, desde luego, la idea de una alianza democrática internacional contra el terrorismo; lo malo es que la traducción práctica de la idea es difícil de imaginar como algo mínimamente eficaz y sensato. Quiero decir, algo que vaya más allá de las amenazas y que no sea sólo un recurso político de extorsión lo bastante flexible para echar mano de él cuando haga falta.

Otra cosa: en casi todas las declaraciones se habla no de terrorismo, sino del terrorismo internacional, en singular, como si estuviese claro lo que se dice con eso, como si fuese una entidad reconocible y distinta, que implicara una amenaza universal. Lo que significa, a fin de cuentas, que hay un terrorismo relativamente menos importante, menos grave, (que incluso podría estar justificado). Pero sobre todo, la imagen fantasmal de ese enemigo único sirve para justificar formalmente que se hable de una “guerra”, aunque no se pueda saber qué implica el uso del término.

En las últimas semanas, como es natural, han vuelto a barajarse las mismas conjeturas de hace dos décadas sobre la red internacional del terrorismo; entonces estaba detrás la mano de la Unión Soviética, hoy la del integrismo islámico: las pruebas y los argumentos son muy parecidos, igualmente probables y dudosos. Habrá hoy, con seguridad, vínculos de todo tipo entre organizaciones clandestinas, habrá negocios de armas y de droga mezclados en ello, y habrá un enredo de servicios secretos, aparatos de inteligencia de unos y otros tratando de pescar a río revuelto. Habrá pequeños intereses de pequeños grupos de la clase política aquí o allá, que se mueven discretamente aprovechando el escándalo de los atentados. No es una conspiración mundial, pero sí es una manera de hacer política a la que se recurre de manera general.

Puestos a especular, no parece disparatado suponer que quienes tuvieron años para preparar y organizar el atentado, también se ocuparan de calcular durante años las posibles consecuencias. Deben ser los menos sorprendidos con los recientes acomodos del escenario internacional, porque tampoco ha sucedido nada extraordinario ni imprevisible. Ahora bien: lo esperable es que, cualquiera que sea el itinerario, digamos, militar de la crisis, las mayores tensiones políticas se produzcan en los estados islámicos que aparecen como aliados de los Estados Unidos: Pakistán, Arabia Saudita, los emiratos del Golfo; y no sería raro que el resultado fuese un escenario favorable para movimientos revolucionarios islámicos, como sucedió en el Irán de Reza Pahlevi. Entra en lo previsible y parece razonable que incluso estuviese previsto, es decir: nadie estaría empeñado en el intento de destruir a los Estados Unidos o derrocar al Presidente Bush provocando una intifada en Boston, pero acaso sí en modificar el equilibrio de poder en el Oriente Medio, contando con la ayuda de los amagos y los bombardeos norteamericanos. Pero eso son especulaciones.

Lo cierto es que la fantasía estadounidense está viviendo el “choque de las civilizaciones” y lo está viviendo como una guerra santa. Por eso hace falta insistir en que el terrorismo no es una novedad ni es exclusivo del Islam militante; es verdad que en la violencia de los últimos tiempos suele haber un ingrediente religioso más o menos sustantivo: en Cachemira, en Palestina, Irlanda, Bosnia, Croacia, pero también es verdad que las religiones (que tienen su historia sangrienta casi todas) han comenzado a participar en la lógica terrorista relativamente tarde. De hecho, el terrorismo tal como lo conocemos es básicamente un resultado –perverso, retorcido- de la cultura política secular del racionalismo occidental, un resultado de la “política ideológica”.

En el lenguaje religioso se habla con naturalidad de valores absolutos, hay el Bien y el Mal, también puede exaltarse la muerte, el sacrificio y el martirio y se puede justificar y hasta santificar la guerra. Pero en los últimos dos siglos la mayor parte del fervor homicida ha sido laico: nacionalista, comunista, fascista, anarquista. Dicho llanamente, no hace falta la devoción fanática de ninguna religión para explicar el terrorismo; podría ser, en cambio, que la estructura cultural de la Modernidad ayudase a explicar la deriva terrorista de las religiones.

Hagamos un aparte. Hay en los atentados terroristas, en éstos recientes como en otros cualesquiera, un factor básico, irreductible: la voluntad asesina de un grupo de individuos, su disposición para matar calculadamente, sin animosidad personal alguna. Sin eso no habría terrorismo. Quiero decir: todo lo demás, las causas y la lógica política, los intereses, el fanatismo, todo lo que hay alrededor sería nada si no contase con la voluntad consciente de esos pocos. Y eso es algo que no se combate ni con misiles ni con tratados internacionales ni con ninguna otra cosa; es algo que no se explica ni por la política norteamericana ni por las quimeras revolucionarias.

Hace falta tenerlo presente para evitar las vaguedades retóricas de la “culpa colectiva” y la decadencia de la civilización: podemos ser todos decadentes, miopes y enajenados, pero no todos somos asesinos. Sin embargo, también hay que decir que es una vía muerta, o casi. El terrorismo no es un problema sicológico. Por lo visto, la especie produce con notable abundancia ejemplares de ese tipo, que tampoco son de una complejidad exquisita: no se parecen a los terroristas de Dostoievski o Camus, de Heinrich Böll o Doris Lessing; los que conocemos no son personajes atormentados, de sensibilidad morbosa y extremada, sino gente bastante vulgar y carente de imaginación. Lo importante es lo que hay en el “espíritu del tiempo” que contribuye a convertirlos precisamente en terroristas.

Otra vez hay que decir que no hay nada muy nuevo ni sorprendente; el terrorismo es un resultado de la “política ideológica” que ha predominado en Occidente desde el siglo XVIII. Por supuesto, hay que contar con las condiciones de la vida moderna: el anonimato de las ciudades, la disponibilidad de recursos técnicos de destrucción, la presencia de medios de comunicación masiva, etcétera; no obstante, lo fundamental es una mentalidad que concibe la política como un enfrentamiento entre principios absolutos, donde cualquier atropello presente es autorizado y justificado por una Verdad superior: la Voluntad del Pueblo, la Nación, la Historia, lo que sea. Materialmente, una estrategia terrorista pretende imponer la voluntad de una minoría, pero es una minoría convencida de encarnar esa Verdad que, tarde o temprano, resultará evidente para todos y provocará o bien una revuelta o bien la rendición de los tiranos.

La Revolución Francesa inaugura el imperio de la “política ideológica”, y su expresión más nítida, perfectamente transparente, está en el panfleto de Trotski, Su moral y la nuestra: es moralmente bueno todo lo que contribuya a facilitar o acelerar el triunfo de la Revolcuión, es inmoral todo lo que dificulte el progreso de la Revolución. A esa estructura mental el siglo veinte le añadió, además de la capacidad tecnológica, la costumbre de la devastación. A partir de la guerra del Catorce pierde sentido progresivamente la distinción entre objetivos civiles y militares, los muertos comienzan a contarse por millones y decenas de millones, el horizonte es el de la “guerra total”; la conciencia humanitaria es más aguda y despierta que nunca antes, también es más extensa, más honda la indiferencia.

Decía Octavio Paz que el terrorismo finisecular de las sociedades europeas era no una forma de crítica, sino un síntoma del verdadero mal: la disolución de los valores establecidos en una indiferencia pasiva. Lo paradójico es que, durante la Guerra Fría se hiciese habitual la coincidencia de un partidarismo cerril, superficial y mecánico, con esa casi perfecta indiferencia en particular hacia otras vidas humanas, incluso la del vecino: de eso está hecha la mentalidad terrorista, tanto en los asesinos como en quienes los contemplan; eso hubo en los alemanes que presenciaron la Shoah, eso ha habido en los vascos que contemporizan con ETA, eso hay en los que dicen por lo bajo –y son muchos- que, a fin de cuentas, los norteamericanos se tenían merecido algo como lo que sucedió en Nueva York.

En ese escenario, las religiones ingresan tardíamente y sólo comienzan a tener importancia en la justificación de la violencia cuando se desacreditan otros recursos ideológicos (en el caso del Oriente Medio, después del nacionalismo, el socialismo, el panarabismo). Cabría decirlo con una fórmula algo extravagante: la religión aparece como sustituto de los sustitutos de la religión; no está en el origen del terrorismo, sino que es parasitada por el mecanismo de la era ideológica.

Por supuesto, es imposible saber lo que sucederá en adelante, pero hay tendencias que no ofrecen ningún misterio. Podría tratar de combatirse el terrorismo, en efecto, mediante la cooperación internacional; de hecho, sería la única forma de hacerlo, puesto que la supervivencia a largo plazo de los grupos clandestinos necesita el amparo de las fronteras. No es probable que se haga, o al menos no de un modo general. Haría falta no sólo la colaboración judicial y policiaca de buena fe, sino claridad y solidez bastante en las convicciones civiles para desmantelar los automatismos de la mentalidad terrorista, y eso no lo hay por ahora. No lo hay en los gobiernos, que siguen encontrando muy útil y aprovechable la política ideológica, y tampoco lo hay en las sociedades.

Continuará habiendo terrorismo de grupos radicales islámicos porque continuará la inestabilidad en el Oriente Medio, en el Golfo Pérsico, en Pakistán, en la frontera sur de Rusia; de hecho, lo probable es que las cosas empeoren en el futuro inmediato. El lenguaje bélico que ha adoptado el gobierno de los Estados Unidos, secundado por la Asamblea General de Naciones Unidas, es un intento de dar forma a un “nuevo orden internacional” con mecanismos de aspecto jurídico; todo lo más, podrá ofrecer como resultado una reiteración de la Guerra del Golfo, de las intervenciones en Bosnia y en Kosovo.

Lo más significativo de la crisis es otra cosa. Una sociedad libre es una sociedad vulnerable; eso lo sabemos todos. Hasta ahora, en trances durísimos, las sociedades occidentales de las últimas décadas han escogido la libertad a pesar de todo; la sociedad norteamericana, en cambio, sin dudarlo y de manera masiva, instantánea, ha dicho que no quiere seguir siendo vulnerable de ese modo. No es algo nuevo tampoco, pero pocas veces había estado tan claro.