La doctrina Bush

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En un viejo, magnífico ensayo decía Richard Hofstadter que los norteamericanos se entusiasman con cualquier cosa que se anuncie como “nueva” o “grande” y que fácilmente convierten los problemas políticos en materia de cruzadas morales. Hubo todo eso en la ceremonia de inicio del segundo mandato de George W. Bush: espectáculo, multitudes, bailes, todo nuevo y único y enorme, y retórica moral para hartarse. El discurso del presidente fue de un idealismo desaforado, con toda la ambigüedad que permiten las grandes frases. Dijo en todos los tonos que defendería la libertad. Suena bien. Lo malo es que puede significar cualquier cosa.

Casi todo el discurso de Bush estuvo dedicado a explicar su política exterior, pero con un tono deliberadamente vago; podía entenderse que hablaba a veces de Europa, de Oriente Medio: no había más que elipsis, abstracciones y alusiones oblicuas, en una pepitoria sentimental hecha a base de dios y los ideales de la humanidad. Incluso los atentados del once de septiembre quedaron en una metáfora: “un día de fuego”. Tal vez sea esa su idea de lo que es un discurso grandioso, para la historia, uno en que sólo hay conceptos y declaraciones generales; tal vez sea que prefiere tener manos libres y no adquirir ningún compromiso concreto. Sin mencionar a nadie, amenazó al mundo entero, con toda naturalidad.

Es lo mismo de siempre y es otra cosa, porque hay motivos para pensar que verdaderamente cree que Estados Unidos puede decidir el destino del mundo. Y la coyuntura le ha permitido justificar la intervención general, masiva, directa, en cualquier parte, empleando las razones clásicas del aislacionismo norteamericano. El propósito único, al que remite todo lo demás, es la seguridad de los Estados Unidos; ahora bien: mediante una acrobacia retórica, que se apoya en los atentados de Nueva York, puede decirse que esa seguridad requiere una política exterior agresiva, dedicada a difundir la libertad en el mundo. La fórmula tiene su importancia como aditamento ideológico para explicar la necesidad de “guerras preventivas”; con el tiempo llegará a llamarse la “doctrina Bush” o algo parecido. Está enunciada en una frase: hoy se identifican nuestros intereses vitales y nuestras más hondas creencias, son una misma cosa. Es decir, en la misma política hay ideales conmovedores para quien quiera idealismo y hay sólidos e inmediatos intereses nacionales, para quien los prefiera.

Es una rara combinación de la retórica de Wilson y la de Theodore Roosevelt, o la de Nixon y Carter si se quiere, que tiene como apoyo un argumento muy sencillo: las tiranías son belicosas, las naciones libres son pacíficas; las tiranías imponen el odio y el resentimiento, provocan guerras, la libertad lleva consigo la tolerancia y la paz, de modo que el mejor modo de garantizar la seguridad de todos consiste en expandir la libertad. Muy sencillo, muy claro y carente de todo fundamento. Tampoco importa.

No imagino que sea el anuncio de una cruzada democratizadora que amenace a los gobiernos de Pakistán, Kuwait o Arabia Saudita, ni siquiera a los de China y Corea. Todos sabemos que, en la práctica, una sociedad libre es una sociedad que no amenaza los intereses de los Estados Unidos, nada más. Aun así, la ambición de transformar el escenario internacional para hacerlo más amistoso hacia los intereses norteamericanos implica una política de desestabilización más o menos sistemática. Lo saben los asesores del presidente Bush como lo puede saber cualquiera. No creo que se equivoquen en eso ni que sean ingenuos. La inseguridad es el peor fantasma imaginable para la gente común y corriente, y con razón: resulta angustioso pensar que uno podría ser la próxima víctima de un atentado, de una salvajada como la del once de septiembre; no es así para el gobierno y mucho menos para una potencia: la inseguridad es también un recurso político que permite por ejemplo arrinconar a los aliados y ponerles condiciones, en casa sirve como argumento para arreglar el orden jurídico o cambiar el equilibrio de poderes y sirve para ganar elecciones, aparte de que pueda ser un negocio fabuloso para las nuevas, grandes empresas de seguridad. Es difícil explicarlo sin que parezca que uno hace una caricatura, porque todo es un poco caricaturesco: digamos que con la doctrina Bush el gobierno norteamericano intenta definir su lugar en el nuevo orden mundial y cuenta con que la inseguridad es uno de sus ingredientes básicos, no como obstáculo sino como instrumento.

Hubo algunas críticas, tímidas, en la prensa de Estados Unidos. Ninguna que pusiera en duda la ecuación absurda de libertad y seguridad. Los demócratas, por lo visto, quieren concentrar sus energías para impedir que se apruebe el Tratado de Libre Comercio con Centroamérica.

 

La Crónica de hoy, 26 de enero de 2005