La duda de siempre

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Se abre el periódico después de un mes, dos y seis y un año, y sorprende un poco ver que siguen siendo noticia las mismas cosas. Ha pasado ya no sé cuánto y seguimos con los linchamientos de Tláhuac, los dineros de Bejarano, el financiamiento de las campañas del 2000, eso aparte de los temas mayores: las cifras de la delincuencia, del desempleo, el volumen de la economía informal, que cada tanto aparecen en titulares. Tenemos una vaga idea de todo ello, informaciones parciales, sesgadas, documentos que se conocen a medias, filtraciones interesadas, acusaciones, insidias. Todo ello sigue siendo noticia porque todo puede ser empleado como arma arrojadiza, es decir: porque no sabemos en realidad lo que ha pasado, no tenemos datos ni informes confiables de casi nada. En cualquier momento puede aparecer una revelación escandalosa sobre Tláhuac, sobre los negocios de Ahumada o sobre el asesinato de Colosio; vuelve la misma gritería, el ir y venir de opiniones, injurias, un periódico que quiere desacreditar lo dicho, otro que lo adopta como verdad definitiva.

No es nada nuevo, ya lo sé. Estamos acostumbrados a vivir en esa incertidumbre. Nos hemos hecho ya a la idea de que nada se sabe con seguridad en los asuntos públicos: ninguna información es enteramente confiable, ninguna estadística, ni las investigaciones judiciales ni el cálculo de la inflación. En el mejor de los casos nos queda siempre alguna duda, mucho más si la información puede favorecer a algún político, sea quien sea. Aparte de lamentarse, porque es lamentable, vale la pena pensar en las consecuencias.

En cualquier país del mundo hay falsificaciones; se falsifican pasaportes, licencias, documentos de identidad. Ahora bien: si esos documentos fingidos son hechos por la propia autoridad encargada de emitirlos resulta que, en estricto sentido, no son falsos. Son documentos tan verdaderos como los demás, aunque basados en datos falsos. El efecto de ello no es que haya un mayor número de falsificaciones, sino que no hay documentos verdaderos, porque todos son sospechosos. Las autoridades no pueden fiarse ni siquiera de los documentos que ellas mismas han emitido. Por eso entre nosotros no basta un antiguo pasaporte para solicitar uno nuevo ni una licencia vencida sirve para pedir otra. Hacen falta otros dos o tres documentos de identidad, de distintos orígenes, públicos y privados, todos igualmente dudosos. El mismo fenómeno afecta al conjunto de nuestra vida pública: no es que se digan muchas mentiras, sino que nadie dice la verdad.

En la política aparecen las repercusiones más obvias. Siempre es posible desacreditar al contrario tan sólo a base de sospechas, esquivar acusaciones, poner en duda las cifras de una secretaría de estado, las investigaciones de la procuraduría, también los resultados electorales. No hay nada sólido. Cada quien ofrece información para sus partidarios, que la aceptan con cinismo bastante transparente: porque les conviene. Lleva las de ganar siempre quien mejor explota la suspicacia, quien siembra más dudas. En la práctica da lo mismo que suban o bajen los índices de delincuencia, que haya más o menos empleo, los resultados de cualquier investigación son para tomarse a broma, porque todo se reduce finalmente a la propaganda. No es una situación ideal para todos, pero sí muy ventajosa para los más trapaceros, los que saben vadear el pantano.

Lo más curioso es el efecto que tiene esa incertidumbre sobre la opinión pública. No hay datos ciertos de nada, ninguna investigación concluye con resultados definitivos. Eso significa que no hay modo de cerrar nunca una polémica ni avanzar en ninguna discusión, se podrá seguir sosteniendo hasta el fin de los tiempos que Salinas asesinó a Colosio, que la responsabilidad por los sucesos de Tláhuac fue de unos o de otros, lo que se quiera. Hay más: tampoco puede haber periodismo serio ni análisis político en la prensa, porque no se sabe nada con entera seguridad. Los periódicos, casi todos casi siempre, derivan hacia el panfleto de modo casi imperceptible: publican su información, desestiman o desacreditan la del contrario. Nadie miente, porque nadie puede decir la verdad ni se sabe cuál sea. Algunos exageran la nota –como La Jornada o Proceso– y tratan la información del resto del mundo como si fuese igualmente dudosa, con el resultado de que no ofrecen sino conjeturas, especulaciones más o menos aventuradas pero ideológicamente aceptables para su capilla. Con el análisis sucede algo parecido, porque no hay una base sólida de datos para apoyarlo: cada quien escoge la fuente que le parece más digna de crédito, pero esa decisión pone de manifiesto de entrada una preferencia política, casi imposible de justificar.

Paradójicamente, lo que tiene más audiencia y mayor credibilidad son las filtraciones, los documentos robados, las revelaciones confidenciales, los chismes, cualquier cosa que no haya sido dicha oficialmente, que no tenga el respaldo de una autoridad pública. Por eso sucede que en lugar de análisis político tengamos normalmente columnas dedicadas al chismorreo, donde se habla de la agenda privada de los políticos, sus relaciones personales, todo lo que no dirán en público, lo que se sospecha, lo que sólo se puede insinuar. El resultado final es una degradación de la vida pública cuyo alcance es incalculable.

Insisto: es cosa sabida, de siempre, pero como fenómeno tiene su interés: es el indicio más obvio e inmediato de la catastrófica debilidad del estado.

 

La Crónica de hoy, 5 de enero de 2005