La farsa internacional del libro

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A primera vista, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara resulta antipática porque es una gigantesca farsa. Cientos de editoriales, cientos de miles de títulos, docenas de escritores, premios, crónicas en prensa, radio y televisión, en un país con un sistema de bibliotecas miserable, donde la mayoría de la población nunca aprendió a leer con fluidez, donde ha desaparecido en una década la mitad de las librerías, donde a duras penas sobrevive una industria editorial pequeña, periférica, básicamente escolar y subsidiada. El espectáculo es tan aparatoso, tan obviamente vacío que llama la atención. La grandilocuencia con que se festeja la Feria corre pareja con la desaparición de la cultura del libro, y no por casualidad.

Leo los artículos y reportajes de estos días pasados: corresponden casi todos no a la sección de cultura, sino a la de sociales. En todos hay una retahíla de nombres, celebridades paseando, comiendo, grandes autores que se encuentran, felices. Y uno casi siente la misma alegría. En la televisión es peor. Dos o tres escritores famosos repiten trivialidades en un diálogo incoherente; interminables tres minutos de nada, al cabo de los cuales el locutor exclama: ¡Qué delicia de conversación! ¡Qué maravilla, poder asistir al diálogo de las luminarias de la literatura, en México! Y el público –supongo—cae en la cuenta de que es deliciosa, una maravilla, esa intimidad con el genio.

La Feria tiene su utilidad para el negocio de los libros, pero es mucho más importante el espectáculo: una vez al año todos, del presidente abajo, pueden lucir su cultura con sólo pasearse por Guadalajara, decir alguna vaguedad sobre los libros y tomarse una foto junto a Carlos Fuentes o Gabriel García Márquez. Es muy tentador para quien no ha leído un libro en su vida ni piensa leerlo.

Hay todavía un valor simbólico de la cultura y los libros, que vagamente se asocia con la posición social. Nuestras elites necesitan todavía exhibir una especial familiaridad con la cultura, necesitan hacer ostentación de su refinamiento y presumir de sus lecturas. Pero no leen. Los medios de comunicación también tienen que dignificar un poco su imagen, los periodistas y locutores tienen que acreditar su autoridad difundiendo cultura, pero ni saben ni pueden. La Feria de Guadalajara resuelve el problema: con los libros integrados a la industria del espectáculo, a través de los grandes grupos editoriales, la gran cultura se reduce a una serie de nombres de celebridades que tenemos hasta en la sopa y que son geniales de antemano. Tanto que basta el aura de su presencia. Cualquiera se siente más sabio si puede cenar con Pérez-Reverte, saludar a Elena Poniatowska, hablarles de tú a Gabo y Héctor y Enrique, o al menos tocar a Carlos Monsiváis.

El baile de las celebridades es tanto más importante cuanto menos se lee. Es decir que la Feria de Guadalajara tiene asegurado un porvenir cada vez más espectacular. Y mejor nos olvidamos de los libros. De leerlos, quiero decir: ya no hace falta.

 

4 de diciembre de 2007