La iglesia en campaña

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La iglesia católica está metida en la campaña electoral con una beligerancia poco frecuente. Con la ambigüedad y la hipocresía de siempre, pero en un nuevo tono, mucho más desenvuelto, incluso amenazador. En especial llama la atención, por su originalidad, el reciente manifiesto del señor Florencio Olvera, que trabaja como obispo en Cuernavaca. No sé si haya mucha gente que se tome en serio el instructivo y lo consulte antes de ir a votar, no sé tampoco si sea una guía suficiente. A primera vista, aparte de idiota, el documento parece completamente innecesario: donde no es redundante, no dice nada. Pero creo que importa como síntoma.

Nunca ha estado claro el lugar de la iglesia católica en el sistema político mexicano ni la medida de su influencia real y me imagino que los señores obispos y arzobispos son los menos interesados en descubrirlo. Según lo más probable, puestos a usar su capacidad material de agitación lograrían acaso apoyo mayoritario para algunos puntos de su programa, muy concretos, pero no para otros, no para prohibir el divorcio, por ejemplo; es más que dudoso que su arrimo pudiera ser decisivo para que el PAN ganase las elecciones y, desde luego, una plataforma explícita y consistentemente católica sería imposible. Los obispos lo saben, como lo puede saber cualquiera. Sin embargo, mientras no se mida de un modo concreto pueden dar a entender que hablan a nombre de ochenta millones, noventa millones: los que quieran. Por eso lo suyo son las intrigas, las insinuaciones y los amagos.

Lo nuevo, de los últimos tiempos, es la agresividad de algunos, como el señor Sandoval Íñiguez, directamente metidos en una campaña de intimidación, las untuosas insidias de todo el episcopado contra la Procuraduría General de la República, también la intervención explícita en la campaña electoral. El conjunto ofrece un aspecto desorganizado y confuso, como si no se hubiesen puesto de acuerdo en lo que hay que decir. Tengo la impresión de que no es eso. Se trata de golpear a diestra y siniestra y negociar en el camino, sin quitar el dedo del renglón. A la iglesia católica le interesa finalmente el descrédito de todas las demás instituciones: sabe que la suya es la cosecha de la miseria y la desesperanza; pone de su parte lo que hace falta –de suspicacia, de lamentaciones y denuncias- , en la práctica no tiene más que esperar a la quiebra del Estado, al fracaso del mercado, a las últimas, siniestras boqueadas de la Modernidad.

Hay para imaginarse que, en particular, el manifiesto del señor Olvera sea producto de alguna negociación: concretamente, dice que los curas ya no le hacen ascos a la política partidista y que están dispuestos a entrar al mercado para alquilar su influencia, lo mismo que el SNTE. Me interesa también por otros motivos. Entre otras cosas como indicio de la ignorancia, la zafiedad y la desoladora incultura de los jefes católicos, que en eso están a la altura (es un decir) del resto de nuestras elites.

Para empezar, lo único que se le ocurre como recurso publicitario es amenazar a sus fieles con la ira de dios, inventándose pecados extravagantes como el de “perder el ánimo” o el de votar “sin conocer al candidato”. Lo más triste, sin embargo, lo que da grima es la imagen del mundo que se expresa en el documento, una imagen infantil y delirante, donde aparecen “los inmorales” en confuso montón tratando de hacer obligatorio el divorcio, el aborto, el consumo de drogas y toda clase de enormidades. La idiotez llega al extremo de imaginar partidos que “fomentan el alcohol, la droga, la pornografía, la prostitución y el secuestro”; por supuesto, es pecado votar por ellos. Ahora bien: en medio de esa colección de sandeces –es pecado ser prepotente, vender el voto, no aceptar la realidad- aparece también, con todas sus letras, el programa de la iglesia: “es pecado votar por proyectos en contra de la familia monogámica e insoluble” y por “proyectos que quitan a los padres el derecho de educar a sus hijos”. Se puede decir más alto, pero no más claro.

Supongo que es el precio que se puso al manifiesto, al menos el primer pago. En estricto sentido, la pasquinada dice que es pecado aceptar y defender el orden jurídico mexicano, que reconoce el divorcio y establece la educación laica. Es decir: la iglesia quiere lo de siempre, volver atrás dos o tres siglos. Y hay quienes tienen la idea de que ya es tiempo de empezar. Estamos avisados.

La Crónica de hoy, 27 de mayo de 2003