La ilusión de la paz

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La invasión de Irak sirvió para demostrar que es fácil derrocar a un gobierno del Tercer Mundo. Mucho más para los Estados Unidos. Los meses que lleva la ocupación militar han servido para demostrar otra obviedad: es incomparablemente más difícil imponer un arreglo político estable. Y desde luego es imposible hacerlo con un ejército extranjero. La situación actual es acaso menos catastrófica de lo que sugieren algunos medios: no ha habido un movimiento masivo de refugiados, se ha recuperado la producción de petróleo y el suministro de agua potable, hay negociaciones y acuerdos a pesar de la violencia; por otra parte, es sin duda mucho peor de lo que se prometían los asesores del gobierno estadounidense: no parece que se haya logrado nada, salvo eliminar a Saddam Hussein, que no es gran cosa. No ha aumentado en nada el prestigio de los Estados Unidos ni su influencia diplomática, ni siquiera su capacidad para dar estabilidad a la región en el futuro próximo. Como negocio ha sido ruinoso.

Nada que resulte muy raro o que hubiera sido imposible de anticipar. Incluso los vaivenes de la opinión internacional eran previsibles. La política es siempre confusa y para entenderla hace falta suponer que tiene una lógica, tan simple como sea posible; por eso se ha vuelto en este caso a los automatismos de la Guerra Fría, que eran enormemente cómodos y tranquilizadores. Lo malo es que no está la Unión Soviética del otro lado. La “guerra contra el terrorismo” empieza por ser un disparate y termina siendo una fuente inagotable de discordias, incluso con los aliados: es difícil de sostener como justificación y prácticamente inservible para explicar lo que sucede; en el campo contrario, la defensa intransigente de la “autodeterminación de los pueblos”, sin precauciones ni matices, es puro cinismo.

El problema básico es que nadie puede imaginar un orden estable en el futuro. Las explicaciones maniqueas, típicas de la Guerra Fría, servían porque todos los conflictos podían cerrarse tarde o temprano con la victoria de unos u otros. El resultado era la “paz”. Ya no puede contarse con ello. Más bien sucede lo contrario: cualquiera que sea el desenlace, en Irak como en Kosovo o Somalia, no será ni estable ni pacífico.

La fantasía norteamericana de hacer la guerra al terrorismo a base de bombarderos y misiles es ejemplar. También la idea de que todo pueda resolverse con la democracia, porque los pueblos quieren la paz. Ahora bien: si se quitan esas dos ideas resulta que no hay justificación para la guerra, ni moral ni pragmática, porque el mundo no va a ser un lugar más seguro ni más pacífico después de la invasión.

Del otro lado está la fantasía de que habría paz si los países occidentales se retirasen, si nadie se entrometiera en la política de los pueblos árabes, de las sociedades islámicas. Suena bien: cada quien en su casa y dios en la de todos. Lo malo es que no es así. No eran pacíficos los gobiernos de Afganistán e Irak, ni lo son los de Irán, Pakistán o Siria, no es pacífica la elite política de Argelia o Arabia Saudita. Los atentados terroristas de los últimos tiempos han complicado las cosas para el pacifismo, pero los argumentos no cambian. Se añade, eso sí, cada vez con más frecuencia, la hostilidad hacia Israel.

Es imposible predecir el futuro inmediato. No es imaginable que Estados Unidos se retire de Irak en breve, no es fácil que reconstruya sus vínculos diplomáticos con Europa y Rusia. Tampoco va a desaparecer el terrorismo, desde luego. La Unión Europea no puede mantenerse al margen, porque el problema le afecta de modo directo. La elite política de los países islámicos seguirá jugando a dos barajas, utilizando hasta donde pueda el integrismo, haciendo valer mientras pueda su capacidad de control. Es decir: no hay solución. No hay una solución pacífica y estable a la vista. Más vale no hacerse ilusiones.

La Crónica de hoy, 13 de abril de 2004