La imagen del presente

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Cuando se quiera resumir en unas cuantas imágenes la historia reciente de México habrá que incluir la fotografía de René Bejarano saliendo del reclusorio, la semana pasada. El personaje es secundario, la situación es bastante trivial, no hay nada de nuevo en un político acusado de corrupción que entra o sale de la cárcel, pero la imagen resulta desconcertante. Tiene mucho de lo más característico del clima actual. Aparece Bejarano sonriente, con la sonrisa un poco forzada, rodeado por una pequeña multitud, treinta o cuarenta personas que le tiran flores; tiene el brazo derecho en alto, con los dedos en señal de victoria. Cuesta trabajo pensar cuál sea la batalla, quién el enemigo, en qué consista la victoria. Será sólo un modo de saludar, un gesto impensado y casi automático, al verse rodeado de gente: incluso en ese caso y con más razón es revelador. Todo el aparatoso escándalo del último año, el proceso, la cárcel, son sólo episodios de una lucha política, sin otro sentido, como una campaña electoral, y por ahora puede cantar victoria, junto con los suyos. Es una imagen complicada, oscura, difícil de descifrar, pero también elocuente.

No pienso que haya ninguna trampa en el procedimiento ni que haya sido ilegal la sentencia que lo ha puesto en la calle: no tengo ni idea. La Procuraduría General ha protestado, como es su obligación, presentará algún recurso, pasarán meses de turbias vueltas judiciales y nada más. El señor Bejarano está en su derecho de defenderse, aprovecha las garantías procesales que deberían tener todos los acusados en este país y hace bien. Seguirá su proceso en libertad, porque tiene derecho a ello. Lo que llama la atención es el gesto, también el elogio que le dedicó López Obrador por su entereza: porque trataron de acabar con él y no lo consiguieron. ¿Quiénes trataron? ¿Quiénes eran ellos? Hubo un movimiento general de indignación, sin duda, un uso interesado de las imágenes: pero había esas imágenes. Eran indicio de algo. Se supone, además, que era el propio gobierno de López, a través de la procuraduría local, el que debía investigar los delitos. ¿Quiénes eran ellos? ¿De quién es la victoria, contra quién?

Para el sentido común, la trama de corrupción que podía adivinarse a partir de las imágenes ha pasado a ser una anécdota, insignificante. Lo que dice el sentido común es lo siguiente. René Bejarano era uno de los hombres de confianza de López Obrador, un intermediario básico para la organización del PRD en el Distrito Federal; se le acusó con la mira puesta en su jefe: el escándalo fue parte de una conspiración cuyo propósito era impedir que López fuese candidato a la presidencia. La libertad de Bejarano indica el fracaso del complot, es una victoria del PRD. Es decir: para el sentido común el procedimiento judicial es lo de menos, pura palabrería para adornar un forcejeo político. Así lo entiende López, así lo dice. De momento, a un año de distancia, sólo está en la cárcel Carlos Ahumada, como responsable de un surtido de fraudes y abusos; ahora bien: nadie supone que sea el único empresario dedicado a esa clase de tráficos, ni siquiera trata nadie de hacernos creer que ése sea el único caso de corrupción en el gobierno de la capital. Al contrario. Para todos está claro, así debe ser, que es un problema político. No hay motivo para asustarse: hay muchos otros contratos, promesas, negociaciones, muchos permisos pendientes, facturas con sobreprecio, obras inacabadas. No es cosa de provocar una espantada.

Bien mirado, no hay nada nuevo en el panorama. Nada salvo la ostentación. El gobierno del PRD en la capital hace aproximadamente lo mismo que los demás gobiernos en el resto del país, lo mismo que se ha hecho siempre. Oculta gastos, favorece a sus clientelas, otorga contratos discrecionalmente, deja las obras a medias, usa el presupuesto para financiar campañas políticas, extorsiona a algunos empresarios y recompensa a otros, usa a la procuraduría para perseguir a sus enemigos, permite pequeñas raterías y lo cubre todo con una demagogia espesa, quejumbrosa y gritona, perfectamente vacía. Como todos. La novedad está en que no hace casi nada por ocultar o disimular sus prácticas; oculta la información oficial, pero incluso eso lo hace con ostentación. Todo se sabe, se dice, se publica y no pasa nada: cuando no hay más remedio, el jefe de gobierno responde con una broma, una amenaza más o menos velada, un guiño de complicidad.

El éxito de López Obrador, un éxito espectacular hasta ahora, consiste en haber sabido aprovechar el sentido común de la gente. En lugar de oponérsele, lo sigue. Dice lo que todos saben: que el gobierno es corrupto, que los jueces actúan por consigna, que los diputados son “levantadedos”, que hay clientelas, apadrinados y favoritos, que las cosas importantes se arreglan entre dos o tres grandes personajes, “en lo oscurito”. Con eso la vida pública queda reducida al problema sectario y en el fondo trivial de que ganen los míos o los tuyos, porque todos son igual de tramposos y eso no tiene importancia. No hay sutilezas ni falta que hacen. El caso Bejarano es político, el de Carlos Ahumada, el de los taxis piratas, las obras del periférico, las invasiones: lo único que hay en el fondo es que López quiere ser presidente y sus adversarios quieren que no sea. Todas las astucias, las trampas se valen. Esa desoladora vulgaridad es el único contenido de la política mexicana, hoy por hoy.

La izquierda está metida en un brete. El PRD de López encarna lo peor de la tradición política revolucionaria: el caudillismo, la corrupción, el acomodo oculto con los poderes fácticos, la demagogia, la manipulación más o menos violenta de clientelas, incluso el arreglo del “dedazo” (digo lo peor porque hubo cosas buenas en los gobiernos de la revolución, un sentido de Estado y una responsabilidad política que hoy no se ven por ninguna parte). Pero además lo hace ostensible. En pocas palabras, López dice que no hay más izquierda que el PRI ni más política que la del PRI. Por eso está en condiciones de ganar la presidencia. Hablando en serio, no es ni siquiera populista: en el populismo había una dignidad y una ambición histórica que no aparecen en la práctica de López ni remotamente; el gasto irresponsable y la preocupación demagógica por “los humildes” es en el mejor de los casos una parodia, si no una inversión del sentido político del populismo.

Cárdenas –y con él muchos- tiene sus dudas. Se separa del PRD sin salirse. Toma su distancia, sin romper del todo. Supongo que no puede imaginarse formando parte de un gobierno de López, en un gabinete en que podrían estar René Bejarano, Dolores Padierna, Francisco Garduño, Berta Luján, Joel Ortega, Manuel Camacho, Martí Batres; tendría su lugar, López Obrador respeta mucho al ingeniero y sin duda lo nombraría director de Caminos y Puentes Federales. No creo que le entusiasme la perspectiva. También podría ser que pensase que su lucha de veinte años ha sido por erradicar precisamente esas prácticas, esa manera de hacer política; podría ser que renegase de su herencia, que pensara que el enemigo a vencer hoy ya no es el PRI, sino el nuevo priísmo desvergonzado, sectario, ostentoso, de López Obrador. Podrá ser contradictorio con su práctica, acaso sea consistente con la imagen que se ha hecho de sí mismo.

Una cosa es segura: López no va a cambiar. El estilo le ha dado buenos resultados y va a seguir en lo mismo. Es posible que cuente con que las deserciones hacia la izquierda juegan finalmente a su favor, porque lo confirman como hombre de centro, moderado, un priísta de los de antes. Ha conseguido, además, lo que nadie en los últimos veinte años: las acusaciones de corrupción no le hacen mella, aunque aparezcan en la televisión, con todo y las maletas llenas de dólares que la gente había imaginado siempre; hasta eso termina siéndole favorable. Eso dice, a fin de cuentas, la imagen triunfal de Bejarano: la corrupción no importa, no hay más que el quítate tú para ponerme yo. Densa, triste, trágica imagen del presente.

 

La Crónica de hoy, 13 de julio de 2005