La impaciencia

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En estos días es casi inútil –también a veces abrumador- detenerse a pensar en lo que los políticos dicen. Es todo repetido, de una vulgaridad lamentable. Resulta mucho más interesante mirar sus gestos, lo que dicen sin querer o sin darse cuenta. Pienso ahora en los pasos cortos, apresurados e iracundos del procurador de la capital, Bernardo Bátiz, en el ademán de espantarse un enjambre de reporteros. Como cuadro, resume bien la situación de nuestra clase política en los últimos tiempos.

La imagen que recuerdo es de la semana pasada. Lo entrevistaba un grupo de periodistas a la mitad de la escalera de siempre, respondía él con frases sentenciosas, de ironía amarga, un poco burlón y un poco distraído. El tema era el funcionario de la procuraduría detenido mientras trataba de secuestrar a un empresario. Algún periodista le preguntó si habría que revisar los procedimientos de selección o los sistemas de vigilancia, insinuó –no sé con qué palabras- que algo debía estarse haciendo mal, puesto que los policías se metían a delincuentes; el procurador interrumpió la conversación de golpe, con gesto de fastidio, bajó la escalera a toda prisa: irritado, impaciente. Apenas respondió con un bufido: ¡De catorce mil, hay uno!

Se entiende el enojo del señor Bátiz. Desde luego, no sólo hay uno y tampoco sería poca cosa que hubiese uno. Pero todos sabemos de dónde venimos: la policía judicial no se formó anteayer y muchos de los vicios que hay en ella forman parte de un orden social que no es fácil modificar. Seguramente el procurador ha hecho las cosas lo mejor que puede, de buena fe, y sabe que no hay remedios milagrosos; piensa sin duda que el escándalo es desproporcionado, que no se le debía dar esa importancia al asunto. Piensa que es absurdo poner en entredicho todo su trabajo en la procuraduría por un caso así, de uno entre catorce mil. Tiene razón. Ahora bien: es lo bastante inteligente para poder darse cuenta de que él mismo ha contribuido, como muchos otros, a crear ese clima de opinión que busca el escándalo, la descalificación automática a partir de algún detalle más o menos colorido. Está, sin ir más lejos, la difusión en días pasados de la película en que aparecen René Bejarano y Carlos Ahumada, que no demuestra nada y que no tiene ninguna justificación: Bernardo Bátiz lo sabe perfectamente. Por eso ni siquiera intentó explicar jurídicamente su exhibición. La película no tiene otra utilidad sino servir de apoyo para que el jefe de gobierno repita sus acusaciones contra Carlos Salinas de Gortari, es decir: para alimentar este degradado sucedáneo de debate político donde no hay más que escándalos y todo se vale, donde un indicio mínimo, ambiguo, adquiere dimensiones apocalípticas.

El procurador no es el único que se enoja. Hace unos días el presidente también se quejaba, en una actitud similar, con los líderes del motín de Ciudad Juárez. Era una situación bastante absurda, en que los manifestantes protestaban contra la privatización del ISSTE, de la que no ha hablado nadie. Impaciente, irritado, el presidente decía a los cabecillas: “Nomás no me engañen a la gente”. Tenía razón. Sólo que tendría más autoridad para pedirlo si no hubiese hecho él exactamente lo mismo, desde hace mucho. Para sacar a la gente a la calle y organizar una protesta lo más sencillo es reducir los problemas, cargar las tintas, trampear un poquito e inventar un lema muy simple, pegadizo, que llame la atención. Eso mismo hizo el presidente cuando era candidato, eso mismo hace hasta la fecha cuando quiere golpear a sus adversarios, desautorizar al congreso o a los partidos.

Gobernar es una tarea complicada y a veces difícil de explicar. El espacio de la opinión pública, si se toma en serio, sirve precisamente para que se entienda, con toda su complejidad. Desde hace ya algunos años, nuestros políticos han renunciado a ello. Prefieren la arenga, la nota escandalosa, la injuria. Por consejo de sus publicistas o por sus propias limitaciones han decidido tratar a la gente como si fuese idiota, fácil de engañar con cualquier cosa, incapaz de ir más allá de los gritos y las imágenes; se ahorran los argumentos porque basta con una frase insidiosa, una fotografía, el hallazgo de una factura. De pronto se encuentran con que surgen acusaciones por todas partes, con cualquier pretexto, y el ambiente es irrespirable: se enojan, se impacientan. Tienen razón. Así no es posible hacer nada. Pero nadie más tiene la culpa, sino ellos.

Hay algunos que se sienten a gusto con las cosas como están. Recuerdo ahora la alegría con que Leonel Godoy, el líder del PRD, festejaba el efecto de algún escándalo reciente: “El que se lleva, que se aguante”. Está en su elemento, sin duda, y feliz. Los otros, los que tienen responsabilidades de gobierno (es un decir) empiezan a ver la otra cara de la moneda, que los miden con la misma vara, que tienen que hacerse cargo de una opinión superficial y agresiva. Se impacientan. Querrían acaso esquivar a los periodistas y sus preguntas impertinentes lo mismo que el procurador Bátiz. Pero no parece que vayan a escarmentar.

 

La Crónica de hoy, 27 de octubre de 2004