La letra pequeña

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No sé ustedes, pero yo estoy absolutamente harto de oír hablar de la fiesta de la democracia, del gran día de los ciudadanos, de la jornada ejemplar, estoy harto de las aparatosas adulaciones al pueblo, del festejo de la actitud responsable y cívica de la ciudadanía y de la sandez de que ganó México. Fui a votar como cualquiera, como he hecho desde hace veinticinco años, y en ningún momento me sentí en una fiesta. Ni creo que haga falta ni me gusta que se celebre eso como si fuera algo de enorme importancia, un sacrificio o una demostración heroica de virtud. No es. La insistencia celebratoria, con el tono paternal que adoptan todos, más bien me da asco. Resulta más molesto todavía, insoportable, que se haya encontrado el modo de seguir una semana más –o dos o tres o las que sean—con las cifras de las encuestas, los porcentajes, los dos puntos arriba o abajo. Peor: que estemos de regreso en las impugnaciones, las actas que no coinciden y la especulación sobre tres millones de votos que “no aparecen” (tres millones, nada menos: el equivalente a la votación total de Aguascalientes, Colima, Nayarit, Campeche, Durango, Zacatecas, Guerrero y Baja California Sur).

Las elecciones dicen muchas cosas: confusas, discutibles, desconcertantes. De lo poco que puede sacarse en limpio, que está casi todo en la letra pequeña, destaco tres temas: el peso del voto corporativo, la distribución territorial de los votos y la precariedad del equilibrio en tercios de la representación. Todo lo cual dice que el futuro del país depende de la reconstrucción de los partidos y que la pieza fundamental es el PRI. Entre otras, una moraleja que es cosa de la pequeña política, casi anecdótica: a los priístas les urge deshacerse de Roberto Madrazo.

Lo primero es un mensaje transparente para los expertos politólogos que desde hace tiempo nos vienen encareciendo las virtudes de la reelección, entre otros adornos igualmente modernos para la legislación electoral. El voto corporativo, un voto disciplinado hasta el cinismo, tiene una vitalidad envidiable. Basta ver los números. Ese extraño engendro que es el Partido Nueva Alianza puede movilizar puntualmente cerca de dos millones de votos y situarlos exactamente donde quiere; no es un voto primitivo, de clientelas adormiladas e incultas. El partido consiguió con holgura su registro, pero no desperdició prácticamente nada en la elección presidencial. Estará, en adelante, en todas las negociaciones del congreso y será cotizadísimo como socio en las elecciones futuras sin necesidad de tener ni siquiera el borrador de un programa. Quienes nos vienen diciendo desde hace años que los caciquismos son cosa del pasado, que no hay motivos razonables para temer que la reelección produzca feudos personales, tienen material para pensar: la lógica que organiza y orienta ese voto no es un arcaísmo.

Sería posible golpear todavía más el sistema de partidos. Hay varias iniciativas de ley con esa intención y resmas de papel impreso, de intelectuales y periodistas, hablando sobre la necesidad de romper la disciplina partidaria, eliminar la representación proporcional, permitir la reelección. Sería posible hacerlo. El resultado, hasta donde puede conjeturarse, no sería el florecimiento de una nueva conciencia cívica, de individuos libres puestos a razonar cada voto personalmente, sino la configuración de un sistema de representación corporativa –más fragmentado e inestable—donde los ciudadanos buscarían proteger su interés colectivamente en formaciones locales o profesionales disciplinadas, de más fácil manejo, como el PANAL.

La distribución territorial de los votos tampoco es muy tranquilizadora. En las elecciones locales ganó el PAN donde ya gobernaba (Jalisco, Morelos, Guanajuato) y ganó el PRD donde gobierna, en el Distrito Federal. La polarización de la competencia presidencial contribuyó a eso, desde luego, y terminaron formándose mayorías casi soviéticas en algunos estados. Si se miran las circunscripciones el panorama es asombroso: entre el Bajío y el Bravo el país es azul, del Altiplano al Suchiate es amarillo; vistas por estado las votaciones para el Congreso hay algunas anomalías: Zacatecas, Yucatán, Sinaloa, Chiapas, Nayarit, es decir, se matiza un poco el cuadro. Me interesa el trazo más grueso de las circunscripciones en primer lugar porque las diferencias son muy grandes: en ese extenso norte el PAN tiene más del doble de votos que el PRD, en ese extenso sur el PRD tiene casi el doble de votos que el PAN (puesto en otros términos, no hay duda ninguna de quién ganó las elecciones en México Norte, no hay duda de quién las ganó en México Sur, la dificultad está en ganar las elecciones en México).

Hay algo más. Las diferencias, digamos, ideológicas tienen un referente territorial: la demografía, la estructura productiva, la infraestructura, son diferentes en esos dos grandes bloques. Si continúa la polarización ideológica, si se mantiene la tendencia por la que el PAN puede perpetuarse en Jalisco o Guanajuato, lo mismo que el PRD puede perpetuarse en el Distrito Federal, si seguimos teniendo ese tipo de resultados, donde México Norte vota en un sentido y México Sur en sentido opuesto, ¿qué haría falta, cuanto tiempo para que esas identidades geográficas se convirtieran en identidades políticas completas, separatistas? ¿Alguien tiene motivos para pensar que México no puede nunca dividirse?

Hasta ahora y de momento, pensando sólo en los partidos, lo que tienen en común el norte y el sur es el segundo lugar: en veinticinco estados el segundo lugar lo ocupa el PRI, con todo y la disminución de su electorado (donde más se reduce la votación priísta, vale la pena anotarlo, es en los estados de dominio consolidado del PRD: Michoacán, Zacatecas, Baja California Sur, Distrito Federal). Son casi once millones de votos en las elecciones para el Congreso, donde el PRI tendrá una fracción mermada pero muy significativa, indispensable para legislar: lo único que haría falta sería que esa representación que puede ser nacional tuviese un sentido claro, que significara algo concreto un voto del PRI o un voto por el PRI. Importa más que nunca porque ese segundo lugar no está asegurado y el significado de sus votos es distinto en el norte y en el sur: en la elección presidencial –es decir, en caso de polarización—el voto por el PRI disminuye de modo dramático, pasa al PAN en el norte, al PRD en el sur.

Y llego con eso a mi tercer tema, el de la representación. En principio, una representación a tercios como la que habrá en el Congreso (tercios desiguales, ya lo sé) ofrece un escenario casi ideal: con el voto de dos fracciones es posible conseguir una mayoría amplia, sólida, pero es posible sólo a partir de una negociación. El mundo perfecto, diálogo con la oposición y mayoría indudable. Lo malo es que para que eso funcione hace falta que los partidos tengan una identidad reconocible, que permita acuerdos programáticos, más o menos estables y entendibles; será imposible si siguen todos pendientes de sus encuestas y esperando la revancha del 2012.

Llevamos años, décadas denostando a los partidos: porque son una oligarquía, porque son parásitos, porque defienden intereses “partidistas”. Ya vendría siendo hora de que entendiésemos que sólo un sistema de partidos sólido, con referentes ideológicos y programáticos claros, sirve para poner algún orden en la representación política, darle sentido. Y sólo eso, una identidad partidista clara, permite que se firmen acuerdos para legislar y gobernar. Para empezar, no estaría mal que cayesen en la cuenta de eso los líderes de los partidos, que han hecho lo posible en los últimos años por desdibujarlos, aparte de votar en el Congreso a la buena de dios, con una consigna que cambia de hoy para mañana según lo que digan las encuestas o el humor del jefe.

La pequeña moraleja, en frío. Con el liderazgo de Roberto Madrazo el PRI perdió la mitad de sus diputados en tres años, perdió los votos del PANAL, perdió el Estado de México, perdió el apoyo de una buena parte de sus notables: Elba Esther Gordillo, Diódoro Carrasco, Genaro Borrego, Luis Téllez, Jesús Reyes Heroles, Tomás Ruiz, Roberto Campa, Manuel Bartlett, Oscar Cantón Cetina, perdió en la elección presidencial todos los estados de la república: todos. Roberto Madrazo tuvo ocho millones de votos, el PRI tuvo casi once millones. Imagino que habrá alguien en el partido que se haya dado cuenta, imagino que habrá quienes piensen que hay que hacer algo: aunque es cosa suya, nos importa a todos.

 

La Crónica de hoy, 5 de julio de 2006