La lógica del terror

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El primer impulso ante una atrocidad, como la masacre de Madrid del pasado 11 de marzo, consiste en buscar razones, imaginar los motivos de los asesinos. Es normal. Si hay alguna lógica, si hubo una buena razón para poner las bombas y ponerlas precisamente allí, entonces los demás no estamos amenazados. Cuanto más lógico y justificado se pueda imaginar el hecho, tanto mejor. No nos ocurrirá a nosotros, porque no hemos dado motivo. Es una reacción de miedo muy entendible. Lo mismo sucede con las víctimas de cualquier violencia o persecución, la gente busca un amparo más o menos supersticioso en la idea de que algo habrán hecho. Es un primer paso para identificarse con los verdugos, que después de todo han sido los más fuertes; lo desolador es que el resto del camino suele andarse a toda prisa, con una facilidad que asusta.

Lo hemos visto en estos días. Se condenan los atentados, desde luego, pero al mismo tiempo se reconoce y se acepta la lógica del terrorismo, la definición que los terroristas quieren dar de sí mismos: se acepta –insisto: con una facilidad que da miedo- la idea de la “causa”, incluso la justicia de la causa. Porque es la explicación que queda más a mano y ofrece la posibilidad de ponerse a salvo. No hace falta más. Cualquiera que lo piense dos veces puede darse cuenta de que es una injuria: para las víctimas y para la causa que se usa como justificación. Pero la lógica del terror cuenta con ese primer impulso y sabe aprovecharlo.

Sirve de ejemplo la airada declaración de Arnaldo Otegui, actuando casi sin disimulo como portavoz de ETA. Dijo, para empezar, que no podía admitirse “ni siquiera como hipótesis” que el atentado fuese obra de ETA. No por otra cosa, sino que esta vez no había sido ETA. La explicación de La Jornada es para ahorrar comentarios: “El grupo armado considera objetivos de sus acciones a miembros de la Guardia Civil, representantes del gobierno español y partidos «españolistas», empresarios vascos que se niegan a pagar lo que ellos llaman «el impuesto revolucionario», y promotores públicos de que el País Vasco permanezca bajo soberanía del Estado español”. Son más de ochocientos muertos: policías, sí, y políticos y periodistas, niños, empresarios, profesores, jubilados y quien estuviera en el camino, cerca de la bomba. La explicación no deja lugar a dudas, todos ellos se lo merecían. Los que mata ETA son sólo culpables y lo sabemos porque los ha matado ETA.

Pero no es todo. En la misma declaración, Otegui elaboró la justificación de la masacre. Con toda cortesía y conciencia profesional dijo que los muertos debían atribuirse a “sectores de la resistencia árabe”. Ni hablar de terrorismo. Igual que la de ETA, la de Al Qaeda es una guerra. Más: es una guerra justa. Iniciada por el gobierno español, que es el verdadero responsable.

Lo asombroso es que se haya caído masivamente en la misma explicación, casi con los mismos términos. Lo asombroso es que se admita, como si tal cosa, que los terroristas representan a la población de Irak, Afganistán y Palestina y actúan en legítima defensa. Sin pensar –para decir lo más obvio- que no hizo falta ninguna invasión para justificar el atentado de Nueva York. Los mismos que tienen siempre dudas de que los diputados que han sido elegidos representen verdaderamente a nadie, esos mismos aceptan como si fuese obvio que los terroristas representan al pueblo iraquí, al que están masacrando todos los días, al pueblo palestino al que tienen sometido con un sistema mafioso.

En todas partes, los terroristas aprovechan ese primer impulso que nos lleva a buscar razones. Así construyen “la causa”. Construyen su imagen pública parasitando el sufrimiento real o imaginario de un pueblo, sobre el que hacen recaer la culpa. En nombre de los palestinos o de los vascos asesinan a los judíos, a los norteamericanos, a los madrileños. Y hacen su juego. De modo que, finalmente, la responsabilidad la tiene el gobierno de los Estados Unidos, Israel o España. Ellos se han visto obligados al asesinato, sin ambición alguna. Los gobiernos, como dice La Jornada, podrían “ahorrarse horrores y sufrimientos” si cambiaran su política.

No han faltado en esta ocasión descerebrados que insinuasen que el atentado podría haber sido un montaje del gobierno español. Más vale olvidarse de ellos. Debería preocuparnos, en cambio, la facilidad con que se acepta la lógica terrorista y se adjudican los muertos a la “resistencia árabe”. Debería preocuparnos que ese primer impulso de miedo se junte con el resentimiento y que resulte finalmente en la alegría de que alguien, en alguna parte, ponga una bomba. Sucede entre nosotros, como si fuese la cosa más natural del mundo. En automático, sin pensarlo, se da por buena la lógica del terrorismo. Se acepta la justicia de “la causa”. De modo que la masacre es lo de menos, una cuestión de modales. Debería preocuparnos esa última injuria para el pueblo iraquí, para el pueblo palestino, para los muertos de Madrid.

 

La Crónica de hoy, 16 de marzo de 2004