La más absoluta

Etiquetas: ,

Las multitudes dolientes no me conmueven gran cosa. No más que las multitudes entusiastas. Tienen todas, siempre algo de exhibición y de happening, algo de contagio, más o menos impostado: que suena a hueco. Esas riadas de gente llorando a gritos las hemos visto en el cortejo fúnebre de Franco, en los de Jomeini, Diana de Gales, Juan Pablo II, Kim Jong-Il, y la de efecto más duradero resultó una llamarada de petate, o poco más. Afortunadamente.

Tampoco creo que haya que tomarse muy en serio los elogios a pie de féretro, que son lo que son –y vistos los entretelones, nada muy apetitoso. Pero no se me van de la cabeza algunos de los excesos de estos días pasados. En particular, la voz trémula de Nicolás Maduro: “¡Juro a nombre de la lealtad más absoluta…!” Algo hay del chavismo que se deja ver en la fórmula.

La efusividad de la oración fúnebre es sencillamente cursi, de una cursilería subida incluso para una ocasión así. Pero en los entierros se dicen cosas de ese estilo: “Y está aquí invicto, puro, transparente, único, verdadero, vivo, para siempre, para todos los tiempos…” Sería de mala educación decirle que ni transparente ni vivo tampoco –aunque lo más extraño es lo de la pureza. Dejémoslo estar. Tiene más interés político, con una temperatura parecida, la declaración de Diosdado Cabello sobre la cabriola jurídica para juramentar a Maduro: “Hacemos esta juramentación apegados al artículo 233 de la Constitución, que tanto el Tribunal Supremo de Justicia como el pueblo, interpretaron muy bien”. La interpretación es torticera y tramposa, pero eso no tiene nada de particular. Es notable, en cambio, que meta en danza al pueblo, que ni podría interpretar ni ha interpretado nada. La hinchazón retórica señala un hueco, algo que falta –y que se nota demasiado.

Vuelvo a ese juramento “a nombre de la lealtad más absoluta”. De entrada dice que no hay una fórmula establecida para jurar el cargo, sino que cada quien improvisa su fervorín, jura a nombre de lo que quiere, en los términos que quiere. Y eso no es trivial. Además dice que en la gramática del presidente Maduro incluso los superlativos tienen superlativo. Una cosa y otra señalan una radical falta de estructura, que se suple a base de aire.

La desmesura oratoria es frecuente. Siempre ofrece indicios. Otro ejemplo, aquí al lado. Enrique Dussel alardea de sus motivos para asumir la rectoría de la UACM: “Soy esclavo de mi conciencia ética”. El exhibicionismo es lo de menos. El exceso hace falta porque el señor Dussel sabe que está metiendo baza en uno de los más turbios entre los pleitos turbios de la izquierda del DF –sólo podía ser por eso, porque se lo impone su conciencia ética. De manera absoluta, supongo, incluso muy absoluta.

La Razón, 12 de marzo de 2013