La moral de la horda

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Siempre es arriesgado generalizar. Para todo hay excepciones. Pensar por ejemplo que haya una sicología o una moral del mexicano es una tontería. No obstante, de vez en cuando se producen -aquí como en todas partes- fenómenos de masa, movimientos de opinión que encuentran o fabrican una unidad básica de las mentalidades, una inclinación uniforme, un mecanismo elemental, compartido masivamente. Sucede en momentos de crisis: todos los temores y los resentimientos se condensan en un conjunto de imágenes de una simplicidad absoluta, que pintan un mundo en blanco y negro, ordenado para tranquilizar a cualquiera. Un mundo de buenos y malos, donde nada es producto del azar y donde impera con toda naturalidad la lógica del “chivo expiatorio”: la urgencia de señalar al otro, al malvado que debe ser destruido para restaurar la armonía. Es la moral de la horda.

Esos movimientos pueden fabricarse, sin duda, pero necesitan el apoyo de un sistema de creencias más o menos general. Son eficaces porque la operación no se nota: la maldad de los malos resulta evidente para todos, natural. De modo que no hace falta más que nombrarlos. Por supuesto: es un mecanismo primitivo; se supone que la civilización debería servir para erradicarlo, para que dejáramos de imaginar una causalidad diabólica de todos los males. Pero está siempre ahí, siempre igual de tentador. El retroceso moral se produce abiertamente, sin que nadie caiga en la cuenta de ello. Puede verse hoy mismo, entre nosotros, en el lenguaje de los periodistas y los locutores de radio y televisión: con una insistencia asfixiante todos ellos –perdón: todos- se refieren al señor Carlos Ahumada una y otra vez como el empresario “de origen argentino”. La expresión aparece dos y tres veces en cada nota, se repite todos los días, como un estribillo, desde hace meses; no hace ninguna falta, no dice nada importante para el relato, no tiene ningún valor informativo: se dice porque la expresión tiene un efecto tranquilizador, se dice como un conjuro. Este desbarajuste en el que estamos tiene una explicación obvia, que ni siquiera tiene que exponerse puesto que se puede señalar el estigma.

Nuestros políticos han puesto lo suyo: han entrado en una euforia juarista que sería de risa si no tuviera otras consecuencias. La crisis los ha dejado a todos mal parados. A falta de ideas, todos han subido y se mantienen a base de escándalos, injurias y filtraciones. En eso están unos y otros. Y donde las dan, las toman. Tienen muy buenos motivos para avergonzarse: por eso gritan tanto, por eso invocan a Juárez. Necesitan usar a la Nación para cubrirse un poco. Necesitan descargar su ira y su vergüenza sobre algún extranjero; que sea cubano o argentino da lo mismo, puesto que todo el que haya pasado por la primaria tiene presente al traidor Pittaluga, a Maximiliano, a Henry Lane Wilson, causantes de innumerables desgracias. Esto, que parece tan bochornoso, es sólo otro capítulo en la epopeya nacional. A nadie le conviene que se vea claro y por eso tratan de mezclarlo todo invocando la moral de la horda. Y no hace falta más que nombrar a los extranjeros. Leonel Godoy ha logrado resumirlo en una frase de dramatismo inolvidable: “Los maximilianos quieren fusilar a los juárez.”

En este caso, los que importan sobre todo son los periodistas, que contribuyen a crear ese clima de opinión vengativo y perfectamente irracional. La prensa subraya el estigma y construye la imagen del enemigo: disoluto, perverso, poderosísimo. Como otras veces, la revista Proceso ha puesto el ejemplo y ha señalado el camino. En su número de la semana pasada Carlos Ahumada –el empresario “de origen argentino”, por supuesto- resulta ser “el hombre que provocó la peor crisis diplomática” entre Cuba y México, nada menos. Pueden lavarse las manos todos los demás, incluidos Castro y Fox, los líderes del PRD, el gobierno del DF y los secretarios de Gobernación y Relaciones. Aparecen también en el reportaje los señores Bejarano e Imaz, pero son ahora “víctimas del propietario del Grupo Quart.” Así, literalmente: “víctimas del propietario del Grupo Quart”. En el mundo trastornado por la lógica del “chivo expiatorio” puede suceder cualquier cosa, nada es lo que parece porque todo ha sido contaminado por el extraño.

El resultado final del escándalo, con todas sus secuelas, es desolador. Ha servido para que nuestros políticos se exhibiesen de cuerpo entero y el espectáculo ha sido penoso. También ha mostrado que sigue vigente entre nosotros la moral salvaje de la horda, como si fuese lo más natural del mundo. Es angustioso de ver porque el mecanismo funciona con una eficacia absoluta. Sin pensarlo siquiera, sin reparar en ello, los periodistas repiten diariamente el conjuro: satisfechos, ufanos, pulcros, sólo dicen lo obvio, que detrás de esta lenta catástrofe hay un empresario “de origen argentino”. No faltan a la verdad: el señor Ahumada es “de origen argentino”. Se ha nacionalizado, pero es “de origen argentino”. Por si alguien se ha olvidado, hay que decirlo de nuevo: es “de origen argentino”. Habrá que decirlo mañana otra vez: es “de origen argentino”. Nadie se aburre de repetirlo, nadie se aburre de oírlo repetido. Resulta tan tranquilizador, que siempre podrá decirse de nuevo.

 

La Crónica de hoy, 18 de mayo de 2004