La nueva guerra

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El gobierno de Estados Unidos ha declarado la guerra al terrorismo. Es una expresión muy sonora pero profundamente ambigua, casi hueca del todo, que se presta para justificar cualquier decisión de política exterior. El gobierno mexicano ha anunciado también, hace tiempo, una guerra contra las drogas: algo más modesto, que no complica al resto del mundo, pero termina en un pantano muy parecido. Se han firmado acuerdos entre los dos países en últimas fechas para coordinar las políticas de seguridad porque en algún punto se supone que coinciden las dos guerras, al menos en el espacio: el problema es la frontera. Mejor dicho: a los dos gobiernos les conviene simular que el problema está en la frontera, para que parezca estar casi bajo control.

La idea de la guerra es políticamente muy útil. Si hay una guerra significa que está todo muy claro, hay dos bandos, los nuestros y los otros, hay una lógica general en la violencia, también es posible la victoria; pero la guerra es algo grave, impone sacrificios, justifica medidas excepcionales, una guerra pide sobre todo disciplina. La guerra contra el terrorismo, como nuestra guerra contra las drogas, sostiene todavía la ilusión de un orden político que hace tiempo ha dejado de existir; el orden de antes, hecho a base de Estados, ejércitos, fronteras. Estados Unidos muestra una preocupación obsesiva por su frontera con México para decir, en la práctica, que el enemigo está fuera, tratando de entrar; nuestro gobierno somete zonas de la frontera a un orden casi militar no sólo por la cantidad de muertes, sino para hacer creíble la idea de que es un problema casi local: eso, una pequeña guerra, que se limita al consumo norteamericano.

No es así. Ninguna de las dos es una guerra en el sentido normal de la palabra. No hay el enemigo, reconocible, uniformado, pero tampoco hay la posibilidad de una victoria. El problema del narcotráfico, el del terrorismo, forman parte de un nuevo orden mundial que resulta todavía difícil de reconocer: el mismo en que se producen los motines de Cachemira, las masacres de Chechenia, las guerras interminables de Sudán, Angola y el Congo. Cada caso es distinto, todos tienen sus causas y su dinámica propia, pero tienen en común varios rasgos: la crueldad, la magnitud de la violencia, la facilidad con que se mezclan causas políticas, étnicas, con delincuencia común, intereses estratégicos de terceros países, redes internacionales de comercio legal e ilegal.

El caso extremo es el del Congo, invadido por seis países, con varias guerrillas de origen oscuro, donde el propósito básico de todos es mantener la guerra: cada ejército, o lo que sea, otorga concesiones para explotar las minas y los bosques en su territorio, para financiarse; con la peculiaridad de que los jefes militares resultan ser accionistas de esas mismas compañías, también de las que les venden armamento. Forman un primer atisbo de lo que sería un pequeño gobierno privado, transnacional. Aparte de eso, el desorden sirve para amparar el tráfico de diamantes, por ejemplo. Para que la prensa internacional explique algo están los odios ancestrales de los hutus, los tutsis, los kasai y media docena de otros grupos: extraños odios que son apenas de hace diez años o menos, y que justo cruzando la frontera desaparecen. Bien: México no es el Congo, tampoco es probable una invasión simultánea de Guatemala, Cuba y Honduras ni la fabricación de un conflicto étnico, porque no hay la base territorial para que arraigue. No es inútil tener presente el ejemplo.

Nuestras guerras, la de Estados Unidos y la nuestra, coinciden en la frontera. ¿Qué significa eso? No hay un ejército de terroristas agazapado en Ciudad Juárez y Tijuana, no hay narcotraficantes sólo en el norte de Tamaulipas. Centrar la atención en la frontera, concretamente en la línea fronteriza, tiene sobre todo una importancia simbólica porque es el único indicio ostensible, patente, al menos el indicio más obvio de la existencia del Estado. La guerra, en el sentido clásico de la palabra, se hace para defender las fronteras, que son zona de riesgo casi por definición. Ahora bien: lo que hay en nuestra frontera con los Estados Unidos es un proceso de migración masiva con el que se mezcla un extenso sistema de maquiladoras, cotidianas relaciones comerciales y financieras, el tráfico de la delincuencia organizada –armas, drogas, automóviles- y formas nuevas de delincuencia masiva, desarraigada, como la de la mara salvatrucha. Aparte de que haya algún grupo de terroristas islámicos, que puede haberlo. Eso quiere decir que la frontera es una zona que se extiende aproximadamente entre Chicago y Tegucigalpa y la guerra –nuestra guerra- es más bien un fenómeno de descomposición política.

Hasta ahora, según lo que podemos saber, las estrategias bélicas han sido contraproducentes. Los resultados de la invasión de Irak no son para festejar, no es probable que con eso se consiga el fin del terrorismo islámico. La detención de narcotraficantes produce sobre todo vacíos, zonas de dominio dudoso que se disputan a base de muertos, con una droga más cara y que deja mayores beneficios. El intento de controlar la migración aumentando amenazas y policías sólo hace más sencilla, más rentable, más feroz la violencia parásita de polleros y bandas, como la mara. Parece remoto todavía que haya vínculos entre narcotraficantes, pandilleros, terroristas, guerrillas: pero parece remoto sólo porque no queremos pensarlo. Mucho menos con la suma de policías, militares, caciques, empresarios y banqueros. Esto no es el Congo.

Miremos el ejemplo. El que sea: Congo, Liberia, Sierra Leona, Chechenia, Afganistán, Indonesia. Hay en todas partes procesos de reconfiguración política que rebasan la forma estatal y que se manifiestan con una dosis inusitada de violencia. Coinciden los dos fenómenos más festejados por las buenas conciencias, la privatización y la globalización, con su sombra, que ya no puede ocultarse: desigualdades crecientes, debilitamiento de las instituciones públicas, crecimiento de los mercados informales e ilegales, formas de acumulación salvaje, un nuevo patrimonialismo que adopta a veces formas casi feudales; hay zonas del planeta –en Europa Oriental, el centro de Asia, África- donde es difícil distinguir a la delincuencia del Estado o de la empresa privada, a las guerrillas del narcotráfico, el capital internacional y la policía.

En términos prácticos lo que hay es el surgimiento de un nuevo tipo de poder privado: señores de la guerra, empresarios, traficantes de todo, que medran con el retraimiento del Estado, con los recursos de la globalización y con la miseria. Donde es posible, el nuevo poder se consolida aprovechando diferencias étnicas o religiosas, donde la hay aprovecha la ayuda humanitaria, la burocracia o las fronteras. Eso es lo que tenemos delante, para el futuro inmediato, para hoy mismo.

Durante mucho tiempo hemos vivido con la ilusión de que la vecindad con los Estados Unidos era una garantía contra el desorden o la violencia. Hemos pensado siempre que Estados Unidos no permitiría un desarreglo mayor en su frontera, que no nos dejaría caer, que evitaría una catástrofe económica o política. Lo malo es que a lo mejor no quiere o no puede evitar nada, lo malo es que la fantasía de su guerra contra el terrorismo, junto con la fantasía de nuestra guerra contra las drogas, puede terminar de hundirnos. Hay demasiados ya entre nosotros con la idea de pescar a río revuelto. Y el río va revuelto.

 

La Crónica de hoy, 6 de julio de 2005