la nueva industria de la nueva cultura

Etiquetas: , ,

El auge de la piratería es un buen indicador para ver los cambios de la industria cultural en los últimos diez o quince años; entre otras cosas, dice que tiene un mercado transnacional y multimillonario no sólo de películas y música popular, sino incluso de libros, algunos con cifras de venta inverosímiles. Tengo la impresión de que hay no sólo un cambio de escala, sino un cambio en la naturaleza misma de lo que se produce y en los criterios para apreciarlo. Pienso en particular en los libros, donde hay el contraste más claro con la lógica de un mercado tradicional bastante antiguo. Y otra vez, para ver las novedades, sirve de orientación la piratería: el de hoy es un mercado cuya dinámica se concentra en unos pocos títulos de vigencia efímera, es decir, que está prácticamente en las antípodas de lo que hasta hace poco hubiésemos pensado que era la literatura, múltiple, heterogénea y duradera.

No quiero exagerar. El fenómeno es relativamente reciente y no tenemos perspectiva ni siquiera para entenderlo del todo, pero es indudable que algo ha cambiado en el mercado de los libros. Basta pasear por una librería, curiosear cualquier suplemento cultural. Siempre ha habido, junto a la gran literatura –Flaubert, Stendhal, Tolstoi, Clarín—una abundante producción de narrativa ligera, más o menos estandarizada, previsible, para entretenimiento, una literatura industrial mucho más vendida, más popular, que se olvida pronto y pasa sin pena ni gloria. La novedad es tal vez que eso que estaba en la periferia de la literatura ocupa ahora el centro.

Me remito a lo que está a la vista para cualquiera. Los escritores que se conocen, los que reciben premios y son festejados por la crítica son, prácticamente todos, autores de novelas de folletín, narraciones más o menos estereotipadas en las que importa sólo la peripecia, como en los programas de televisión. Libros que igual podrían haberse escrito hace cien años, en los que no hay ni siquiera un atisbo del horizonte literario abierto por Proust, Borges, Broch, Faulkner, Joyce o Perec. No tiene nada de raro que sea la literatura que más interesa a los editores, porque es la que permite imaginar ventas millonarias. Eso no es una novedad. Lo que ha cambiado es la posición que ocupan los grandes grupos editoriales, que les permite capitalizar no sólo el entretenimiento, sino el prestigio asociado a la gran literatura en la medida en que acaparan no sólo el espacio en las librerías, sino los medios de valoración y crítica.

En cualquier país, en cualquier idioma hay actualmente cuatro o cinco grupos editoriales que controlan hasta el ochenta por ciento del mercado de libros; son grandes grupos multinacionales –Bertelsmann, Hachette, Pearson—que han adquirido docenas de sellos editoriales, y que por lo general incorporan periódicos, revistas, cadenas de radio y televisión: tienen con eso una caja de resonancia que les permite agigantar la fama de cualquier escritor o el éxito de un libro, que se convierte en película o serie de televisión. De hecho, lo que producen es materia de entretenimiento adaptable a los distintos medios. Su público natural es la masa de lectores ocasionales, para quienes la lectura conserva todavía algún prestigio, aunque sea borroso, pero que no tienen ni el tiempo ni el interés para formarse un criterio propio: compran lo que más se anuncia, prefieren que se les garantice que es de gran calidad.

Al principio, hace de esto quince o veinte años, cuando comenzaron a formarse los grupos multimedia, se descubrió la posibilidad de convertir el nombre de un escritor en algo parecido a las marcas de modistas. Entre nosotros, comenzó con lo que se conoce como el boom. Media docena de nombres, bastante reconocibles, que se identificaban cada uno con un país, se convirtieron en los nuevos clásicos. Cualquier cosa que llevase su firma era, de antemano, genial: lo decía la prensa, lo repetía la televisión. De modo que los lectores –los compradores, en realidad—podían presumir de cultura y refinamiento porque habían comprado cualquiera de los libros de marca: llevar lo último de Vargas Llosa, lo último de Fuentes o García Márquez era como llevar un Gucci o un Cartier. O algo parecido.

Al paso del tiempo cambiaron los términos. Ya no hacía falta esperar a que apareciese un gran escritor: la televisión podía hacer la fama de cualquiera. Y los libros entretenidos, de trama cinematográfica, prometían como siempre las mayores ventas. Sólo faltaba –no era gran cosa—que en los suplementos culturales de la prensa, en los programas de radio y televisión se convirtiera eso en literatura, faltaban premios y sillones en las academias para que los folletinistas fuesen reconocidos como grandes escritores. Faltaba el prestigio. El resultado es el aparatoso simulacro que está a la vista: los libros de literatura industrial, hecha en serie, se han transformado ya en libros de marca.

No está en riesgo la literatura: sólo que es cada vez más elitista y, para la vida pública, marginal en todos los sentidos. Sucede algo similar en los demás campos. La cultura superficial, estereotipada, derivativa, que produce la gran industria es lo que está más a la vista y con frecuencia lo único al alcance de la mayoría. Seguramente no tiene remedio, sin duda es un buen negocio: como para hacer tentadora la piratería.

México, D.F.  2008