La nueva izquierda

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Por lo visto, tenemos hoy en la Ciudad de México un gobierno de izquierda. Es difícil reconocerlo en casi nada, si no es en el estilo: autoritario, oportunista, amenazador. Pero no es cosa de López ni del PRD, sino del espíritu del tiempo. Resulta difícil saber lo que significa hoy en día ser de izquierda: usamos el término sin pensarlo mucho, a partir de una idea aproximada que prácticamente no tiene sentido. No hay una política de izquierda, no hay ningún programa ni medianamente claro que se pueda reconocer como orientación de la izquierda. De otro tiempo queda una inercia igualitaria y la convicción de que podría usarse el poder del Estado para redistribuir el ingreso, poco más. Es muy sintomática la esperanzada incertidumbre con que se mira al Presidente de Brasil, por si se le llega a ocurrir algo que sea defendible como modelo para un gobierno de izquierda.

Probablemente sea un fenómeno superficial, pero da la impresión de que todo el orden cultural del que dependían las identidades políticas está cabeza abajo. La publicidad de los bancos, por ejemplo, se dirige a los que disfrutan el riesgo y desafían el orden establecido, a los inconformes, aventureros e iconoclastas, amantes de la libertad. La rebeldía es un valor que se cotiza en los mercados financieros. Las bandas de sedicentes anarquistas, en cambio, que han estado en el candelero las últimas semanas, se preocupan de ofrecer una imagen de respetabilidad: dicen que “reflexionan mucho antes de actuar” y que “se les tacha de vándalos para hacerlos quedar mal”, dicen que respetan “todas las filosofías” y piden seriamente “que se juzgue a los que cometen ilícitos”, que no son ellos; el suyo es un anarquismo pacífico y legalista, que no se entiende en absoluto.

Durante mucho tiempo la izquierda se definió por una ortodoxia ideológica, la militancia en un partido comunista y la adhesión más o menos hipócrita a la política de la Unión Soviética. Fuera de eso había versiones diluidas, relativamente adulteradas según su distancia del modelo, pero el canon no ofrecía dudas. Hoy no hay ni ortodoxia ni ideología, ni siquiera programa electoral, no hay partidos comunistas ni la guía de la Unión Soviética para cohonestar el oportunismo. Quedan sólo vestigios de aquello, gestos anacrónicos, el reflejo condicionado por el que se defiende a Castro o se jalea el terrorismo de ETA o del integrismo islámico como episodios de una gran lucha que ya no se sabe cuál es: la degradación última de la fantasía revolucionaria, convertida en esperpento.

En su expresión autóctona, nuestra izquierda tuvo costumbres propias, derivadas de la ortodoxia y ajustadas a los hábitos del país: el vandalismo rutinario, que manifestaba la justa ira de los oprimidos, puesto que toda propiedad era aproximadamente un robo; el bloqueo de carreteras, de pozos petroleros, pequeños sabotajes que debían contribuir a la Revolución Mundial, aparte de ser demostraciones de repudio de la legalidad burguesa; la intransigencia de quienes no iban a gobernar nunca ni tenían nada que ver con el poder, la soberbia de quienes se sabían de antemano absueltos por la Historia. Por supuesto, las costumbres son mucho más difíciles de desarraigar que las ideas, de modo que han persistido y son hoy casi lo único que queda como identidad de la izquierda.

Esos atavismos vacíos ya de cualquier contenido programático producen un gobierno de inclinación básicamente oportunista y autoritaria, dado a improvisar sobre la marcha, como lo hacía el priísmo más arcaico. En eso es ejemplar el gobierno de la Ciudad de México. El propósito último se deja a la imaginación de cada quién: de momento hay que conservar el poder, aumentar la popularidad del jefe, preparar la elección que viene, todo con el pragmatismo desembozado de siempre, justificado por un futuro luminoso del que no se puede saber nada. En el discurso de López, la falta de contenido se remedia con el recurso de un populismo primario: la insistente oposición entre “el Pueblo” y “los poderosos”, la descalificación pareja de todos los políticos, los alardes de modestia y austeridad personal del jefe, que sigue siendo del Pueblo; a eso se suman los automatismos de la izquierda, como el menosprecio del orden institucional, la ostentación de la ilegalidad como signo de virtud, la soberbia ilimitada de quien tiene la Historia a su favor.

Seguramente lo más grave es la subordinación sectaria del derecho a la moral. En la lógica de la vieja ortodoxia de la izquierda el valor de la ley era puramente instrumental: podía usarse de vez en cuando, si era útil, pero eso no significaba nada, porque había un orden moral superior que permitía justificar literalmente lo que fuera, del asesinato en adelante. En el combate de la Virtud contra el Vicio, del Futuro contra el Pasado, se valía todo. Entre nosotros, además, podía darse por supuesto que los legisladores, la policía y los jueces eran todos corruptos, de modo que no había razón para obedecer. Esa misma lógica, una vez en el gobierno, abre la puerta para cualquier arbitrariedad. Lo que hemos visto es sólo el principio.

La Crónica de hoy, 14 de octubre de 2003