La política y la bondad

Etiquetas:

La política consiste en tomar decisiones desagradables todos los días. Desagradables, inciertas y a veces vergonzosas: decisiones que ninguna persona decente querría tomar, pero que no pueden evitarse. Para eso están los políticos. Puesto en los términos más simples, es el dilema que plantea Dostoievski en Los hermanos Karamazov: imagínese que se pueda conseguir la felicidad futura de toda la humanidad pero que sea necesario, para lograrlo, torturar y asesinar a una niña pequeña; sólo eso: el futuro bienestar de todos a cambio del sufrimiento irredimible de un inocente. Por supuesto, la alternativa es moralmente inaceptable, escandalosa. Sin embargo, es algo que se hace todos los días y sin pensarlo. Hacer política significa, siempre, haber aceptado esa clase de intercambio; con una agravante: ni siquiera se puede asegurar la felicidad futura de nadie.

En general, no hace falta ningún asesinato, mucho menos de ninguna niña inocente. Es decir: no hace falta la voluntad malvada de hacer sufrir a nadie. Casi todo puede contarse como “daño colateral” o algo así. Pero eso no cambia mucho las cosas. Se decide, por ejemplo, ofrecer garantías de estabilidad y orden financiero que inspiren confianza a la inversión. Y está muy bien. Lo malo es que eso significa adoptar una política monetaria concreta, reducir el gasto público y muchas otras cosas; cuyas consecuencias las padece gente inocente. Incluso es posible –digamos que no sería tan raro- que una pequeña niña inocente sufra por falta de atención médica, porque no hay dinero bastante para el sistema de salud pública. Se dirá que es inevitable, se dirá que no hay otro modo mejor de hacer las cosas. Aun así, el hecho no cambia. Hay la decisión de aceptar el sufrimiento presente de alguien, de muchos, para procurar el bienestar futuro de otros. Peor todavía: si se decidiera algo distinto, por ejemplo gastar sin límite en médicos y hospitales, también habría como consecuencia el sacrificio de alguien. En eso consiste la política.

Referirse únicamente al dolor de las víctimas es una simplificación, sin duda: es incurrir en el sentimentalismo más primitivo. Significa no haber entendido la política. Pero no verlo, no mencionarlo, hacer como si no existiera o tratarlo como si fuese una fatalidad, un hecho natural, implica una incomprensión casi idéntica. Con un detalle adicional: permite que los políticos conserven su buena conciencia y se sientan, de verdad, inocentes y hasta bondadosos. De modo que puedan tomar sus decisiones libres de todo peso, seguros de actuar en favor del “bien común”.

En el lenguaje de moda todo eso puede reducirse a un cálculo de costos y beneficios. Suena bien y servirá, seguramente, para salvar los escrúpulos de alguien, pero en los hechos no hay modo de comparar un millón de desempleados con una tasa de inflación del 5%, ni un millón de desempleados hoy con dos millones de empleos posibles el año que viene. No son problemas de matemáticas. Por cierto: aunque las decisiones sean ineludibles, tampoco se trata de que el fin justifique los medios; los medios son moralmente injustificables, por más que sean políticamente útiles o necesarios. Y es absurdo pedir que la gente sea comprensiva: nadie tiene por qué comprender que su sacrificio pueda ser fructífero o provechoso para las generaciones futuras. Dicho de otro modo, las decisiones políticas nunca dejarán de ser desagradables, penosas, incluso trágicas. Sobre todo, culpables. Hace falta tener estómago para ello: o dedicarse a otra cosa.

A estos políticos nuestros de hoy les pasa eso, que no tienen estómago. No quieren hacer política: quieren ser buenas personas y quieren que se reconozca su buena voluntad (y descuento a los simples sinvergüenzas, porque siempre los hay; que no ven ni el sufrimiento presente ni la felicidad futura ni falta que les hace). En el mejor de los casos, si no hay más remedio, recurren al expediente cínico de los números y las ineludibles necesidades técnicas; en general, se quedan pasmados o se meten en la cama. Como si la indecisión no fuese igualmente culpable. Pueden ser más o menos frívolos o beatos, pero nunca pierden esa ligereza característica de las buenas conciencias. Cuando no invitan al “diálogo constructivo” nos dedican sermones bienintencionados y esperan los aplausos: de verdad, piensan que son inocentes. Y seguro que les parecería intolerable la pregunta de Dostoievski.

 

La Crónica de hoy, 8 de abril de 2003