La polvareda

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Es difícil saber lo que significa la reciente trifulca del PRI. Parece razonable que haya algo más, aparte de la desinhibida ambición de unos cuantos notables. Pero no llega a entenderse bien. Ha habido numerosas interpretaciones en estos días, a cual más tranquilizadora: por lo visto, aquí no pasa nada. Según la idea de la maestra Gordillo no hay nada sustantivo, no más que politiquería. El señor Slim está de acuerdo: es sólo una “polvareda” que no va a afectar ni al partido ni al congreso, ni siquiera a las esperadísimas reformas. Será. Pero llama mucho la atención: el mayor partido del país se divide, con enojos que llegan a los golpes, con ocasión de los proyectos de legislación fiscal y energética, y resulta que no es nada, la polvareda que levantan los niños cuando juegan.

En sí mismo, el hecho no es insólito. No hay nada de extraordinario en que haya discusiones, enemistades enconadas y golpes bajos en un partido político. La izquierda dogmática de hace tiempo se dividía cada tanto, por motivos de dogma. Pero no hay ninguno que sea una balsa de aceite. Vienen a la memoria, por ejemplo, las maniobras del grupo parlamentario del Partido Conservador, en Gran Bretaña, para desplazar a Margaret Thatcher, también los penosos ataques emboscados dentro del PSOE para eliminar a Joaquín Almunia o Josep Borrell. No es agradable de ver, pero sucede, y en general tiene su lógica. Desde luego, existe el riesgo de que esa política de aparato termine por dominar la vida del partido. Ha sucedido en el PSOE, sin ir más lejos, con el resultado de que ha perdido prácticamente todas las elecciones de la última década, salvo en los feudos de un par de “barones” socialistas: ha perdido votos hacia la derecha, hacia la izquierda y hacia la abstención, y en lugar de programa tiene un surtido ininteligible de declaraciones personales. Sucede. Incluso sucede con relativa frecuencia. Pero no es nunca una mera “polvareda”.

En el caso del PRI se podría ver, poniendo mucho optimismo, la oposición entre una derecha y una izquierda del partido. Una derecha empresarial, de simpatía panista, en la línea de Ernesto Zedillo, y una izquierda nacionalista y vagamente popular, al estilo de Luis Echeverría. Unos querrían la privatización del sector energético y una reforma fiscal regresiva, para alentar la inversión, y los otros estarían en contra de ambas cosas. La verdad es que el panorama no da para tanto. Lo que puede verse, de un lado y otro, es un oportunismo ilimitado. Con la derecha –o lo que sea- tratando de acomodarse y estar a bien con el gobierno, por si acaso, con la izquierda –si lo es- sin otra idea aparte de una voluntad caprichosa de hacer oposición no al gobierno, sino a sus enemigos en el partido.

El PRI no ha destacado nunca por su consistencia ideológica. Hay que contar eso entre sus méritos. En cuanto a sus cuadros, lo habitual ha sido que alternasen la disciplina y el amago, con una retórica sinuosa, de grandes frases y alusiones oblicuas. En todo ello el PRI era una extraña reproducción de la dinámica política del país entero: sus inconsistencias reflejaban los contrastes imposibles de esta sociedad y lograban darles un significado político más o menos inteligible. Era de esperarse que algo de eso, o mucho, cambiara después de la derrota electoral del dos mil. Ha cambiado. Como el resto de nuestra clase política, los priístas han pasado de la ambigüedad a la mentira y de la indefinición al más perfecto desconcierto. Se diría que no saben a quién representan ni para qué. Peor: se diría que no les importa. Pueden declarar lo que sea, hacer hoy una cosa y mañana la contraria: confían en un voto inercial, lo mismo que el PAN o el PRD, que siguen administrando el antipriísmo.

Es posible que la “polvareda” no afecte a las reformas, que ya no le importan ni al Presidente. El oportunismo admite eso y más. El anuario de The Economist para 2004, que acaba de publicarse, asegura que en México finalmente se aprobarán las reformas fiscal y energética, aunque algo diluidas. Lo que queda en el camino es la posibilidad de contar con un sistema de partidos capaz de darle coherencia al país. Hasta donde puede verse, es verdad que el fondo de la crisis es pura politiquería: por eso es grave. Irremediable.

La Crónica de hoy, 2 de diciembre de 2003