La propaganda de ETA

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La lógica del totalitarismo se manifiesta sobre todo en la propaganda, en la intención de deformar la realidad hasta sustituirla por una fantasía paranoica que sirve para justificar cualquier cosa. En apariencia es frágil: su eficacia depende finalmente de la censura porque toda información que no haya sido filtrada es una amenaza; por otra parte, tiene que recurrir a mentiras tan flagrantes que un poco de sentido común debería bastar para contrarrestarla. Sin embargo, la historia del siglo veinte es un testimonio desolador de su eficacia. No es extraño. Pienso –porque está muy a mano el ejemplo- en alguien que tenga como fuente de información habitual el diario La Jornada y trato de imaginarme la idea que se hará del terrorismo de ETA, del sistema político español. Es algo que da miedo.

La semana pasada fueron detenidos en México varios ciudadanos españoles cuya extradición ha sido solicitada por el gobierno de España, que los identifica como miembros de ETA. La Jornada le dedicó al asunto buena parte de su espacio, con varias notas al día, artículos y editoriales; publicó entrevistas con los presos, con sus abogados, amigos y familiares. Nada, ni una letra que pudiera poner en duda su inocencia o que explicase los motivos del proceso. Lo que asusta no es eso, lo que da miedo no es que el periódico adopte como línea editorial la defensa más o menos oblicua del terrorismo de ETA, sino que lo haga mediante una retórica hecha a base de eufemismos, mentiras y vaguedades, con la deliberada intención de engañar. Lo que da miedo es la naturalidad con la que se sustituye la información por la propaganda.

La estrategia es relativamente simple. Comienza por negar la realidad o distorsionarla de modo que toda otra información sea puesta en entredicho; a continuación se fabrica una explicación fantasiosa y paranoica pero perfectamente coherente, que confirma los prejuicios y miedos más elementales del público al que se dirige. Vale la pena mirarlo con un poco de atención.

Todos los textos de La Jornada –son más de una docena- siguen las mismas reglas. En todos ellos se habla de los detenidos como “vascos”, “ciudadanos vascos” o “ciudadanos de Euskadi” y no se dice en ningún lugar que sean ciudadanos españoles. Debe quedar claro que son dos cosas completamente distintas. Se habla de ETA como la “organización separatista”, la “organización independentista”, alguna vez se menciona como “organización armada”: nunca se dice que se dedique al terrorismo. De hecho, cuando se menciona, la palabra terrorismo aparece entrecomillada, para dejar bien claro que se trata de una adjetivación sospechosa. Se dice, con buena lógica, que “los prisioneros” han sido detenidos por “presuntos vínculos con ETA”; lo curioso es que todo se vuelva igualmente presunto, supuesto y dudoso: hay la “supuesta guerra antiterrorista”, la “aparente estructura financiera” de ETA, incluso una “presunta investigación” para justificar las detenciones (y un “supuesto comando” que colocó las bombas en los hoteles de Benidorm y Alicante el martes pasado). Nada es verdad, no hay más que suposiciones malintencionadas.

Ahora bien: si no hay ni investigación ni estructura de ETA, ni comandos ni guerra antiterrorista ni terrorismo, hace falta explicar la solicitud de extradición de alguna otra manera. Lo que La Jornada ofrece a sus obedientes lectores es una mezcla de declaraciones de los detenidos y sus familiares, conjeturas, glosas y especulaciones más o menos aventuradas: en el origen de todo hay “una campaña creada por el Estado español para ‘involucrar y criminalizar’ a todo individuo que no esté de acuerdo con sus intereses” que se traduce, en particular, en “una causa sin cuartel contra todo lo que suene a vasco”. Como instrumento de esa campaña está el juez Baltasar Garzón “que se ha caracterizado por perseguir a vascos” y que en esta ocasión ha abierto nada menos que “un nuevo juicio sumario” (¿Sabe usted, señora Petrich, lo que es un juicio sumario?) con “acusaciones genéricas de asociación ilícita, vínculos con terrorismo y lavado de dinero”. Los apuntes de contexto explican que hay “una predisposición linchadora de la prensa española ante el conflicto vasco” y una “ilegalización de las ideas” señalada por la “proscripción del partido Batasuna”.

En esas circunstancias, es lógico que haya “perseguidos vascos” que como “fugitivos de la represión” vienen a México confiando en la “tradicional política de asilo y de refugio para los perseguidos políticos”. Pero el Mal no tiene reposo. El gobierno español, con “actitudes abiertamente injerencistas” y en una “violación inadmisible de la soberanía nacional” de México, exige que “las autoridades mexicanas subordinen no solamente la política exterior sino también el cumplimiento de las leyes a las necesidades e intereses extranjeros”; en vista del “servilismo” del gobierno mexicano, urge tratar de evitar las extradiciones porque “hay razones fundadas para creer que [los detenidos] están en peligro de ser sometidos a tortura”, aparte de que con ellas “el estado español intenta extender a México un conflicto que debe resolverse mediante el diálogo y los medios pacíficos, políticos y legales”. También se explica en el periódico que los españoles detenidos tenían documentación falsa por muy buenas razones que no se dicen y que sus operaciones financieras parecen extrañas pero son muy lógicas; por supuesto, “los seis aseguran que no tienen cuentas pendientes con la justicia”: se les persigue por pura maldad.

Es la lógica de la propaganda totalitaria con el cinismo de siempre. En México, en el democrático despuntar del siglo veintiuno.

 

La Crónica de hoy, 29 de julio de 2003