La revolución ya no es lo que era

Etiquetas: , ,

Hasta hace poco, en este país, la revolución era algo bueno: cualquier revolución, la idea misma, la palabra. Ante cualquier manifestación de protesta lo correcto era decir que uno comprendía los motivos, que simpatizaba con la causa. De pedrada para arriba, había que rechazar los medios sin dejar de subrayar que los fines eran justos, sin duda. No era una ideología, sino algo más y menos: el lenguaje de nuestro sentido común. Y de verdad, con mayor o menor hipocresía o mala conciencia, era un lenguaje compartido, casi general. Ya no.

Todavía a los redactores de La Jornada les sucede que un atentado terrorista se les convierta en una manifestación de inconformidad social, lo mismo que los guerrilleros se les vuelven luchadores sociales o presos políticos. Resulta extraño en la prensa de hoy, pero son hábitos mentales, automatismos que tienen vigencia todavía para mucha gente. La esposa de un miembro del EPR preso, por ejemplo, explicaba hace unos días en un reportaje de La Jornada que no había motivo para que su marido y otros guerrilleros estuviesen en un penal de alta seguridad: “se ha demostrado que no representan un peligro para la sociedad; si acaso, representan un desafío para el gobierno”. Es también el lenguaje de la APPO, de algunos dirigentes sindicales y agitadores políticos. No encuentra el mismo eco que en otro tiempo.

En el espacio público domina una manera de hablar enteramente distinta. Es cada vez más frecuente, no ya en la prensa, sino en la radio y la televisión, que los sindicalistas resulten ser haraganes y parásitos, que viven de los que pagamos impuestos, lo mismo que las manifestaciones son obra de alborotadores. Lo correcto hoy en día es abogar por los consumidores, hablar en nombre de los contribuyentes, defender los derechos de los ciudadanos. Teóricamente seríamos todos, pero en la práctica a nadie se le oculta que es un lenguaje de clase.

La decadencia del viejo sentimentalismo revolucionario no tiene mucho misterio, coincide con la decadencia del PRI. El lenguaje que lo ha sustituido –no menos sentimental ni más lúcido—revela también una nueva agresividad de la clase media, seguramente indicio de una renovada inseguridad en el fondo. No faltan razones.

Milenio, 6 de noviembre de 2007