La ruta más rápida y rentable

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Como sucede cada mes de mayo, tendremos un par de semanas de hablar sobre la educación. Habrá las protestas habituales del sindicato de maestros que servirán, sobre todo, para agitar las cosas dentro del PRI. Habrá también las declaraciones habituales de funcionarios del gobierno para decir que nunca se ha gastado tanto y que nada es tan importante como la educación. La verdad es que les importa un pimiento. Hace tiempo que nuestro sistema educativo –de escuelas públicas y privadas, da igual- es una zona de desastre y los políticos son el mejor ejemplo de ello; lo peor es que, por eso mismo, son incapaces de verlo, mucho menos de entender sus consecuencias.

Entre los fracasos más notorios y trágicos de los gobiernos posrevolucionarios está su incapacidad para formar a las elites. Puede verse en la rapacidad miope de los empresarios, en el ánimo pendenciero y mezquino de los políticos, en la desoladora incultura de los funcionarios, en su falta de imaginación, puede verse en la pomposa oquedad de los personajes públicos, puede verse en la sonrisa de los economistas. En el desinterés de todos por la educación. Con una alegría obtusa se han dedicado entre todos, desde hace años, a desbaratar hasta el más ridículo adarme de Estado que pudiera haber porque son ostentosamente realistas, adultos, responsables, es decir: pueden reducirlo todo a un cálculo de rentabilidad, de pesos y centavos. Su sabiduría política, cuando se ponen sabios y políticos, consiste en hacerlo todo participativo y sobre todo barato, o sea, hacer lo menos posible o no hacer nada. Han convertido la idiotez en criterio de gobierno y además se sienten satisfechos.

Hay que fijarse, insisto, en la sonrisa de los economistas. También en el desconcierto de todos cuando empieza a desmoronarse el orden y amenaza eso que llaman la “ingobernabilidad”. De verdad, no entienden lo que sucede. La educación superior es un ejemplo perfecto. Ni siquiera se imaginan que tenga que ver con algo que no sea el mercado; piensan (es un decir) que es un negocio y siempre les parece un mal negocio. Por eso no saben qué hacer con ella y no se les ocurre otra cosa más que abaratarla: cada vez más estudiantes, más títulos, con menos profesores, menos libros, menos recursos. Se puede, por supuesto. Ya tenemos un sistema de educación superior productivo y eficiente, es decir, barato: estéril e insignificante.

Decía la semana pasada el ex-rector de la UNAM, José Sarukhán, que se desperdicia el noventa por ciento de la capacidad intelectual, la inteligencia y la creatividad del país porque sólo uno de cada cinco jóvenes asiste a la universidad. Es peor que eso. Mucho peor. Porque los pocos que ingresan a las universidades –públicas o privadas- se encuentran sin maestros, sin bibliotecas, sin una comunidad académica.

Cualquier cifra que se quiera mirar es alarmante; también debe ser motivo de celebración para las elites que nos gobiernan. Escojo la más obvia: según el censo del Conacyt, hay en México una persona dedicada a la investigación por cada cien mil habitantes, una por cada ciento veinte mil, incluyendo médicos, filósofos, biólogos, historiadores, físicos, antropólogos y demás. No todos son brillantes ni originales, ni habría razón para esperar que lo fuesen; además, una buena parte está en edad de jubilación; con todo, para tranquilidad de nuestros políticos, son poquísimos y además resultan muy baratos: los de más alto nivel en el Sistema Nacional de Investigadores cuestan menos que un jefe de departamento, mucho menos que un gerente de sucursal de un supermercado. Haría falta muy poco, una fracción insignificante de lo que se dedica al pago de la deuda o a la publicidad de los partidos, por ejemplo, para duplicar los ingresos de esos investigadores y comenzar a reconstruir una comunidad académica; pero no lo van a hacer –ni en el gobierno ni en el Congreso- porque no pueden verle ningún propósito. Dicho con claridad, estamos en la ruta más rápida y rentable para acabar de destruir el sistema de educación superior del país. Alegremente.

Aun así, a los señores Secretarios y a los diputados y demás notables les parece poco; querrían deshacerse de lo que queda de investigación básica, porque no entienden para qué sirve, y por eso exigen que esa colección de parásitos se vincule con el “sector productivo”. Lo tienen claro y no se andan por las ramas: producir es hacer galletas. Descubrir una forma más barata de fabricar galletas, inventar una nueva receta para las galletas, incluso calcular un posible impuesto a las galletas. Lo demás es entretenimiento. Lo dice cualquier economista, con una sonrisa triunfal: si la investigación no sirve para hacer galletas, no sirve. Y si desaparece, no importa.

No entienden, de verdad no entienden que el orden social –y la gobernabilidad, el desarrollo, la civilidad- depende de una trama cultural que necesita de modo indispensable la educación superior y la investigación básica. Como no se calcula en pesos, no pueden imaginarse que haya un vínculo entre una comunidad académica sólida, una elite responsable, unos partidos políticos con imaginación y buen sentido, una opinión pública sensata. Quieren hacer galletas y gastar lo menos posible. Lo demás esperan que venga de milagro.

La Crónica de hoy, 6 de mayo de 2003