La transición al indigenismo del EZLN

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(Apareció publicado como: “La transición al indigenismo del EZLN”, Tribuna Americana, Año 1, n.4, Madrid, abril 2004)

1. El nuevo indigenismo es un fenómeno evidente y confuso. Tiene una identidad reconocible: una retórica, unos cuantos motivos ideológicos, redes y organizaciones propias, pero incluye movimientos y grupos tan dispares que es difícil evaluar su significado político. Es más que una etiqueta de moda, pero tiene sobre todo un valor simbólico en el escenario internacional, que puede usarse para propósitos muy distintos. Conviene un poco de cautela en el uso del término.

En los últimos diez años ha habido en varios países de América movimientos indígenas de importancia considerable. Sobre todo, han tenido una presencia en los medios de comunicación, en los organismos y en los foros internacionales que llama la atención. No es una novedad que los indígenas participen en la política de México, de Bolivia o Ecuador. No es una novedad tampoco que se exijan reformas legales, medidas administrativas y políticas públicas para atender las necesidades particulares de los grupos indígenas: no es nuevo el indigenismo. La diferencia de estos años pasados está en tres características de la movilización indígena que rara vez se habían presentado antes y desde luego nunca con semejante fuerza. Primero, que la identidad indígena en sí misma sea uno de los motivos básicos del discurso y que defina al menos en parte la orientación política de las protestas, es decir, que acusen una deriva identitaria. También es novedad la coincidencia de los movimientos y el desarrollo de los vínculos entre ellos. Finalmente, es inédita la actitud favorable de la opinión internacional: la atención que se ha prestado al indigenismo y el lugar que se le ha dado en algunos organismos internacionales.

La suma de esos rasgos contribuye a crear la impresión de una unidad y una coherencia del movimiento indígena que en la práctica es mucho más dudosa. Es poco lo que tienen en común los movimientos de Canadá y Ecuador, México, Bolivia, Brasil o los Estados Unidos. Sus intereses son diferentes, su capacidad de movilización y su influencia son diferentes. En Canadá o en los Estados Unidos, por ejemplo, se trata sobre todo de la defensa de leyes y políticas de discriminación positiva, también de la gestión de recursos y la orientación del gasto social; en Bolivia, en cambio, los líderes hablan incluso de la creación de una nueva república indígena, con el lenguaje y la imaginería del nacionalismo más clásico. Las situaciones son muy distintas.

Ahora bien: a pesar de ser en buena medida imaginaria, falta de un contenido político concreto, la identidad simbólica del nuevo indigenismo ha sido de una importancia enorme porque de ella dependía mucha de la simpatía que inspiraban los movimientos y sobre todo mucha de su influencia internacional. No es difícil de explicar. El fin del siglo veinte fue culturalista: la reivindicación de la identidad indígena fue sólo una de las derivaciones de un clima intelectual en que el derecho a la diferencia era moneda de uso corriente. Ya no sólo patrimonio de la derecha tradicionalista, sino también de una nueva izquierda necesitada de temas, clientelas y objetivos, dispuesta con frecuencia a definirse a partir de los motivos de la contracultura.

El nuevo indigenismo mexicano es peculiar, como lo son todos los demás. Eso sólo quiere decir que hace falta situarlo en un contexto, en la lógica de un sistema político, como parte de un proceso histórico. Algo importante de anotar es el lugar fundamental, absolutamente indispensable del pasado indígena en el discurso nacionalista mexicano del siglo veinte. En el orden simbólico, ser mexicano es ser indígena, descendiente de los indígenas que habitaban el territorio antes de la colonización española. Pero eso significa igualmente que ser indígena es ser mexicano. Es una situación paradójica para el discurso del indigenismo identitario, como el que adoptó el zapatismo: inspira una simpatía inmediata porque la afirmación de la diferencia indígena es asimilada a una afirmación de la identidad nacional. Por supuesto, todo el mundo tiene conciencia de que la cultura dominante en el país es mestiza, todo el mundo sabe que las etnias indígenas que persisten y que hablan su propia lengua son diferentes, tienen costumbres diferentes y formas de organización diferentes. Es inocultable la discriminación además. Pero en cierto sentido los indígenas son por eso mismo los “auténticos mexicanos”. No es gratuito que los dirigentes del EZLN apareciesen siempre acompañados de banderas mexicanas. Hace falta tenerlo presente para entender las profundas ambigüedades que han marcado el desarrollo del conflicto de Chiapas y el destino del nuevo indigenismo mexicano.

 

 

 

2.

En enero de 1994 apareció repentina y violentamente el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, en Chiapas, con una declaración de guerra al gobierno mexicano. Según sus proclamas y sus declaraciones de los primeros días, era una guerrilla de inspiración marxista que tenía la intención de avanzar hasta la ciudad de México para derrocar al gobierno y tomar el poder. Proponía, en un lenguaje perfectamente clásico, expropiar y colectivizar los medios de producción. No había nada ni en su declaración de guerra ni en su programa que fuese particularmente indígena. De hecho, ni siquiera se mencionaba una cultura indígena. Había algo de lenguaje marxista y mucho del discurso habitual del régimen posrevolucionario. Nada más.

Para los territorios liberados, el EZLN proclamó en esos primeros días una serie de leyes destinadas a organizar la economía, el gobierno y la guerra. Ninguna de ellas se refería a los indígenas ni daba lugar alguno a las tradiciones indígenas. Dicho en una frase, con toda claridad: en el momento de su aparición el EZLN no era un movimiento indigenista. Ni en su retórica ni en su programa ni en la definición de su identidad política.

No sólo era algo insólito, espectacular, sino que también resultaba incomprensible. Durante meses hubo la sospecha de que fuese todo una provocación, un montaje, producto de alguna misteriosa conspiración de la clase política priísta. No podía tomarse en serio un programa marxista, cinco años después del derrumbe de los gobiernos soviéticos europeos. De hecho, nadie se lo tomó en serio. Para la izquierda y para buena parte de la opinión mexicana era básicamente un síntoma de la miseria, una reacción contra el autoritarismo del PRI, contra la política económica liberal del gobierno de Salinas de Gortari. Por otra parte, era difícil admitir la violencia o justificar la vía armada cuando todo el discurso de la oposición se basaba en la idea de la “transición a la democracia”.

El único hecho obvio, incontestable, era que los rebeldes eran campesinos y eran pobres, quejándose violentamente de su pobreza. Frente a eso no había argumentos. El resultado fue que todos los actores políticos, empezando por el gobierno, se vieron obligados a decir que la causa era justa pero el método estaba equivocado. Todos, empezando por el gobierno, terminaron diciendo que estaban de acuerdo con el EZLN en los fines, pero no en los medios. Aunque eso significaba hacer a un lado los fines declarados, los objetivos explícitos del EZLN, la causa por la que decía luchar, para poner en su lugar los propósitos que eran aceptables para la clase política: la democracia y la supresión de la miseria.

Pocos días después de iniciado el conflicto, en cuanto los guerrilleros se retiraron de las ciudades que habían ocupado, el gobierno federal decretó una tregua unilateral y presentó ante el Congreso una ley de amnistía para abrir un proceso de diálogo con la dirigencia del EZLN. De acuerdo con la lógica tradicional del sistema político mexicano, el movimiento fue interpretado como un motín que debía terminarse con una negociación. Así ha sido en México desde el siglo diecinueve. Tuvo su influencia la presión de los partidos de oposición, la mirada de la prensa internacional, también la cultura política del México posrevolucionario. Lo fundamental fue que se detuvo el conflicto armado y se creó con eso una situación en que el EZLN tenía que definir de nuevo su identidad y su propósito, en un proceso de diálogo, es decir: en un espacio en que era decisivo el peso de la opinión pública.

Se ha escrito mucho sobre la habilidad y la inteligencia de la estrategia de comunicación del zapatismo, sobre su capacidad para usar la prensa. Es indudable. No hay que olvidar, sin embargo, que fue posible porque había una ley de amnistía y un cese de hostilidades declarado por el gobierno federal mexicano. Es decir: porque no había muertos que apareciesen cotidianamente en la prensa, junto a las declaraciones de la comandancia zapatista. No había esa confusión moral que suele producirse en las situaciones de guerra, de modo que el EZLN pudo estar en sintonía con una opinión internacional que se inclinaba a su favor pero era básicamente pacifista. Pudo darse una nueva definición, además, porque estaba en un proceso de diálogo en el que nadie quería hacer caso de su declaración de guerra ni pensar en la dictadura del proletariado.

En esas circunstancias se produjo la “transición al indigenismo” del EZLN, como producto de una coincidencia accidental entre los intereses de la izquierda mexicana y las afinidades electivas de la opinión pública internacional. Porque era inaceptable para todos una guerrilla marxista, pero nadie podía oponerse a una lucha en defensa de la dignidad indígena.

Aunque debe ser obvio, no sobra decirlo: hay un componente indígena considerable en el EZLN, hay necesidades de los indígenas de Chiapas que han encontrado representación en el EZLN. No obstante, su vuelco hacia la política de la identidad, el hecho de que terminara por definirse casi exclusivamente como movimiento indígena e indigenista obedeció sobre todo a las oportunidades que ofrecía el clima de opinión dominante.

 

 

3.

La transformación no fue inmediata. En la primera mesa de negociación que se organizó en San Cristóbal de Las Casas, apenas un mes después del cese de hostilidades, no había tampoco una reivindicación de la identidad indígena. Lo que el EZLN propuso y el gobierno mexicano aceptó fue una mezcla de políticas asistenciales, ayuda para el desarrollo y gasto social, con algunos aditamentos del viejo indigenismo de integración: todo dentro de la ortodoxia del nacionalismo revolucionario mexicano.

Fue una victoria extraña para el zapatismo. El gobierno tenía mucha prisa por resolver el conflicto pacíficamente, porque se aproximaba la elección presidencial del mes de junio. Necesitaba además un gesto muy espectacular que acreditase su carácter popular y que lo situara, en efecto, como simpatizante de la “causa” atribuida al EZLN. La negociación fue brevísima y en todo favorable a las exigencias explícitas del zapatismo: el gobierno se comprometía a satisfacer prácticamente todas las demandas que fueron presentadas. Sin embargo, la dirigencia del EZLN rechazó el acuerdo pocos días después de haberlo firmado; no dio otra explicación, sino que las comunidades se habían manifestado insatisfechas.

Es difícil saber lo que sucedió. No hubo nuevas exigencias del zapatismo ni amenazas concretas. Sólo la interrupción del diálogo, la ruptura de las negociaciones, que sería de ahí en adelante el único recurso de fuerza del EZLN, su forma de ejercer presión sobre los sucesivos gobiernos de Ernesto Zedillo y Vicente Fox. En esa primera ocasión lo más probable es que la retirada estuviese basada en algún cálculo sobre la elección presidencial, en la expectativa de un resultado dudoso o un fraude capaz de provocar una crisis política mayor, si no una rebelión general. En todo caso, fue un error. En el mes de marzo fue asesinado el candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio, y la situación del EZLN cambió por completo: la opinión pública mexicana reaccionó con un rechazo masivo e inmediato de la violencia que afectó directamente a la imagen de la guerrilla, y el nuevo candidato del PRI ganó la elección sin dificultad. Ya no tenía el gobierno ninguna urgencia para negociar.

En ese contexto se inició la deriva identitaria del EZLN. Comenzó en un diálogo no con el gobierno mexicano, sino con la “sociedad civil nacional e internacional”, en la larga serie de comunicados del Subcomandante Marcos. A mediados de 1994 hay declaraciones en que se simula un lenguaje indígena, a fines de año el zapatismo es un movimiento indígena, a principios de 1995 representa ya a todos los indígenas de México. Así se abre el segundo proceso de negociación, mucho más largo y tortuoso, del que resultarán los acuerdos de San Andrés Larráinzar: un producto de los “asesores” del EZLN -antropólogos, sociólogos, historiadores- y que es ya un programa identitario. Confuso, contradictorio, pero centrado en la defensa de la cultura e identidad indígena y reducido muy pronto a un único punto: la aprobación de una Ley sobre Derechos y Cultura Indígenas, que es el momento culminante del indigenismo identitario mexicano.

La enorme popularidad que llegó a tener el EZLN dentro y fuera de México se debió precisamente a su identificación con la causa indígena. Su existencia habría sido insignificante si se hubiese conformado con la victoria pacífica de los acuerdos de San Cristóbal. Lo curioso es que esa popularidad no se tradujo en influencia política real para conseguir alguna otra cosa; los temas económicos, de desarrollo y gasto social que estaban contemplados en el programa de negociaciones de Larráinzar ni siquiera están previstos para discutirse. La coyuntura política e intelectual del “diálogo con la sociedad civil” permitió que el EZLN adquiriese un valor simbólico como expresión de la dignidad indígena y eso lo hizo muy útil para muchas cosas: la imagen del Subcomandante Marcos se exhibía en las calles de Roma, París o Barcelona, convocaba a los intelectuales mexicanos para discutir el problema de la identidad. Es difícil saber lo que significó todo eso para la situación de los indígenas mexicanos.

 

 

4.

A mediados de la década del noventa la prensa internacional estaba predispuesta a favor del indigenismo. En particular, desde luego, la prensa progresista y ese confuso conglomerado de grupos que se define por estar “a la izquierda de la izquierda”. En México como en otras partes la causa indígena permitía volver a los temas más clásicos del izquierdismo, como los tópicos de la descolonización, con la conciencia mucho más tranquila, y juntarlos con la moda intelectual del multiculturalismo, la denuncia genérica del “modelo occidental” y la defensa del derecho a la diferencia. Es decir: la militancia en favor del zapatismo era un recurso para que una parte del público europeo y estadounidense definiera su propia identidad política; las expresiones de solidaridad servían para construir el capital simbólico del zapatismo y para aprovecharlo también.

Por supuesto: hay una dimensión moral del tema, que no deja de ser complicada. Por ahora no me interesa entrar en ella. Me quedo con el simple hecho de que el auge del indigenismo, en particular en su deriva identitaria, fue un proceso político internacional bastante más ambiguo y complejo de lo que podría parecer. Cuando los jóvenes italianos o españoles marchaban con el lema: “Todos somos indios” estaban ofreciendo un apoyo simbólico a los campesinos chiapanecos y a la vez estaban apropiándose del valor simbólico producido por el conflicto. Al convertirse en indios: víctimas de la miseria y la discriminación, conseguían que sus propias luchas estuviesen amparadas por la misma justicia que la rebelión de Chiapas.

Una vez iniciado el proceso de negociación, el EZLN ofrecía otras ventajas para la opinión internacional: siendo un movimiento guerrillero, no cargaba con el lastre moral de la violencia, que hace imposible la solidaridad automática con las FARC o Sendero Luminoso, por ejemplo. No se planteaba tampoco la conquista del poder, estaba fuera del sistema de partidos y fuera de la política. Su sola existencia era una justificación del antiparlamentarismo: podía representar el ánimo contestatario más radical y hacerlo pacíficamente.

En cuanto a la izquierda mexicana, el zapatismo le ofreció un discurso de sustitución para recuperar su identidad política. La dificultad no era menor. Inmediatamente después del desplome del comunismo soviético, en 1989, la izquierda se disolvió por completo en el cardenismo: se fundió en el Partido de la Revolución Democrática, con el liderazgo indiscutido de Cuauhtémoc Cárdenas y adoptó el discurso del priísmo tradicional, el nacionalismo revolucionario, con el objetivo concreto de impulsar la “transición a la democracia”. Es decir: se hizo irreconocible como izquierda. La popularidad del presidente Salinas, además, la aceptación general del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos y de la política de modernización económica hacían muy difícil articular un programa alternativo digno de crédito.

La rebelión zapatista cambió las cosas. Era una reproducción a escala de la Revolución Socialista que permitía recuperar la retórica de otro tiempo. Casi de inmediato la adhesión al zapatismo se convirtió en el criterio de identificación de la verdadera izquierda. Lo interesante es que el EZLN se fue haciendo más atractivo conforme se volvía más pacífico y más indígena porque permitía que se adoptasen posturas cada vez más rígidas, radicales e intransigentes: con respecto a Chiapas, con respecto a los indígenas y finalmente con respecto a la dignidad de la cultura indígena, es decir, fuera del escenario político principal. La adhesión al zapatismo era un índice de pureza ideológica que no implicaba la definición de un programa político.

Dicho con otras palabras, la defensa del indigenismo identitario que se encarnaba en el EZLN permitió disimular el hecho de que no hubiese un programa político de izquierda. Más todavía: cuando la definición de la izquierda pasó a estar referida únicamente a los acuerdos de Larráinzar y la dignidad indígena, ni siquiera hacía falta un programa. El antiparlamentarismo de Marcos fue en más de una ocasión motivo de conflicto con el PRD; no obstante, la insistencia con que repetía que no buscaba el poder y que no aspiraba a ningún poder entusiasmó sobre todo a los intelectuales. Acaso –es una conjetura un poco aventurada- porque podían festejar su propia impotencia y exhibirla como signo de superioridad moral.

En un principio, la identificación del EZLN con el indigenismo hizo que fuese bien acogido en general por la opinión mexicana. Después de todo, se trataba de la raíz de la identidad nacional. La estrategia identitaria enfrentó más dificultades. De hecho, fue recibida con entusiasmo básicamente por parte de la población urbana de clases medias, jóvenes, universitarios e intelectuales. Es lógico: tal como se definió a través de los comunicados de Marcos, la política del reconocimiento resultaba ser una derivación de la contracultura. Contra los políticos, contra la política, contra los partidos, contra la sociedad de consumo. Los festejos en la selva que marcaron el apogeo del zapatismo eran una reedición de las revueltas festivas de los sesenta, incluyendo el culto a la autenticidad, la idea del retorno a la Naturaleza, la denuncia global del materialismo de Occidente. Nada de eso es para un público masivo. Mucho menos cuando todo quedó reducido a la aprobación de la Ley sobre Derechos y Cultura Indígenas. Precisamente, el predominio absoluto de la lógica identitaria significaba que no había nada con lo que la gente se pudiera identificar.

Es de lo más revelador que el entusiasmo zapatista produjese un aluvión de textos de intelectuales que evocaban un mundo indígena perfectamente quimérico. Textos líricos, que parecen sacados de la literatura pastoril, donde la identidad indígena se define por la armonía, la solidaridad, la comunión con la tierra, porque es el opuesto exacto de la racionalidad del mundo occidental.

 

 

 

 

5.

El resultado práctico del proceso es conocido. El EZLN sigue ocupando el territorio definido por la ley de amnistía de 1994, con un cerco militar y sin que haya fecha para la reanudación del diálogo. En las elecciones federales de 2003 el tema indígena ni siquiera se mencionó en los discursos de campaña y apenas tenía alguna mención en la plataforma de los partidos políticos nacionales. En Chiapas ganó el PRI.

La deriva identitaria sigue teniendo un peso considerable para la opinión pública de Europa y los Estados Unidos, pero ya no necesita del indigenismo. No es que se haya olvidado por completo: forma parte del capital simbólico que se emplea en las protestas contra la mundialización y todavía sirve como distintivo de la izquierda. Pero ya no es lo que era. En México, la transición al indigenismo del EZLN tal vez haya sido, como el 68 descrito por Raymond Aron, ocasión para un psicodrama colectivo que no tiene razón de ser cuando hay la perspectiva de ganar elecciones.