La urgencia de crecer

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Sabemos que las palabras se gastan a fuerza de usarlas, hasta que prácticamente dejan de tener sentido; si se repiten con demasiada frecuencia una metáfora, una imagen, un concepto, se convierten en fórmulas huecas, que se dicen por decir y no significan nada. Sucede en particular en el lenguaje de los políticos porque muchas veces tienen que usar las palabras para disimular, para adornar realidades incómodas, incluso para defender lo indefendible; en sí mismo eso no es ni bueno ni malo, o si es malo también es inevitable. Y nadie se llama a engaño. La mayoría de las veces los políticos dicen lo que tienen que decir: no se preocupan de que sea más o menos exacto, honesto o transparente, sino de que sirva. Por eso mismo tiene su importancia y vale la pena fijarse en las palabras que usan.

Para ser eficaz el lenguaje político tiene que referirse al sentido común de la gente: de la gente en general y de los directamente interesados en cada caso. No es trivial, no da lo mismo decir justicia que generosidad, no es lo mismo decir que se actuará con firmeza o con responsabilidad. También tiene que estar en sintonía con lo que se llama el clima de opinión. Las modas son mucho más que modas. No es por casualidad que hoy sea casi obligatorio referirse a la Sociedad Civil y que difícilmente se oiga hablar de justicia social.

En particular me llama la atención el destino de la palabra “desarrollo”. Hace dos o tres décadas era indispensable, una de las piezas fundamentales de cualquier discurso político; hoy está en la plataforma electoral de todos los partidos pero casi siempre con adjetivos: desarrollo social, desarrollo integral o desarrollo humano, por ejemplo. Quiere decir que ya no está claro lo que significa la palabra o no dice lo suficiente por sí sola, no se puede hablar del desarrollo como si fuese algo obvio (cuando se habla de favorecer el desarrollo de ciertas ramas industriales, el desarrollo de los servicios de salud, el desarrollo empresarial o el desarrollo integral de las personas es que la palabra tiene poco peso, es casi sinónimo de “mejorar”). En cambio, la palabra fuerte, que no ofrece dudas, es “crecimiento”. Cuando hablan en serio, para dejar las cosas en claro, los candidatos no nos prometen desarrollo sino crecimiento. Es un cambio considerable.

La idea del desarrollo tuvo su auge en los años cincuenta y sesenta. Estaba asociada a una manera de pensar la historia y los procesos sociales vagamente eurocéntrica, voluntarista. Tal como se entendía entonces el desarrollo era un movimiento general, un cambio económico, político, cultural, dirigido por el Estado, para transformar a la sociedad tradicional y hacerla moderna (es decir: parecida a las sociedades de Europa y Estados Unidos). El programa era más o menos ingenuo, concedido, las políticas concretas con que se trató de realizarlo fueron con frecuencia desafortunadas. Bien. El propósito estaba claro, había que transformar el modo de vida entero: instituciones, prácticas, valores, patrones de consumo y ahorro, distribución del ingreso, oportunidades, cohesión social; incluso estaba más o menos claro el punto de llegada. Sabíamos cómo iba a ser el futuro. Y en la medida en que era un proceso que podía orientarse, se asignaba un papel fundamental al Estado, como portador de una especie de Razón Pública.

La idea hizo crisis en los años ochenta. Las políticas “desarrollistas” habían logrado mucho: industrialización, urbanización, alfabetización, integración nacional. A pesar de todo, el objetivo parecía estar igual de lejos que antes, si no más. México 1982, por ejemplo. Las críticas de entonces, de los ochenta, comenzaron como una moda y terminaron definiendo la ortodoxia que impera hasta la fecha; se centraban en las distorsiones que había provocado la intervención estatal en la economía (para ser exactos, señalaban las consecuencias a veces catastróficas de la politización de los mercados). La consecuencia lógica era que había que hacer a un lado el estorbo del Estado: desregular, privatizar, liberalizar.

Sólo algunos lo dijeron de modo explícito pero la idea general era que el atraso –la pobreza, la desigualdad, la ineficiencia- era resultado precisamente de las políticas de desarrollo. No era una casualidad ni era tampoco inevitable, sino la consecuencia de un error básico que hacía falta corregir. El problema estaba en la “fatal arrogancia” –según la expresión de Hayek- de haber intentado dirigir un proceso de cambio que sólo puede ser espontáneo. La nueva consigna fue dejar que el mercado marcase el ritmo y el sentido del cambio. Poco a poco dejó de hablarse de desarrollo, por lo que implicaba de intervención estatal, y se adoptó como criterio de evaluación el crecimiento, es decir, el resultado material del libre juego (es un decir) de las fuerzas del mercado, medido por el volumen de producción.

Se puede ver en el Plan Nacional de Desarrollo del gobierno de Vicente Fox. No está hecho para que nadie lo lea y no supongo que nadie lo haya leído. Se elaboró, se publicó porque es una obligación constitucional del ejecutivo, un arcaísmo, y sin embargo resulta de lo más elocuente. En la introducción general y en varios de los capítulos se habla del desarrollo, pero es el “desarrollo humano” , el “desarrollo incluyente”, el “desarrollo integral de las personas” y cosas así, de una vaguedad absoluta. Hay, por otra parte, un capítulo entero dedicado al “crecimiento”.

Las plataformas de los partidos siguen un esquema muy similar. Lo único que no necesita ni adjetivos ni calificaciones es el crecimiento. Y todos nos prometen crecimiento, como es natural.

Con el crecimiento hay la ventaja de que se puede medir objetivamente y comparar: permite decir que China crece nueve por ciento anual porque admite la inversión privada en energía, decir que Estados Unidos crece cinco por ciento porque su mercado laboral es muy flexible, y Europa en cambio no crece por su absurdo esquema de bienestar público; son utilísimas las comparaciones y no podrían hacerse igual si hubiera que tomar en cuenta otras dimensiones. Los economistas pueden calcular el crecimiento y fijarlo, con seguridad de economistas, en tres o cuatro o siete. Cosa que era imposible de hacer con el desarrollo. Ahora bien: el crecimiento calcula tan sólo el volumen de producción de las empresas. Es un criterio de medida absolutamente unilateral, que no se refiere a la educación ni a la salud ni al modo de vida (eso son cosas que “se desarrollan” o que caben en el cajón de sastre que es el “desarrollo social”). Se supone –a fuerza de buena fe- que todo lo deseable puede lograrse con un crecimiento adecuado de la economía. A la larga, se traducirá en mejores empleos, salarios más altos, lo que sea.

Es un modo de pensar todavía más simplista que el anterior, más ingenuo, sobre todo enemigo de la intervención pública en la economía. Pero revela algo más, de extraordinaria importancia: si el propósito fundamental es el crecimiento, si lo que nos ofrecen los políticos es crecimiento, eso significa que hemos perdido la capacidad para imaginar el futuro. No sabemos cómo será. Hacer más, producir más, trabajar más, consumir más, crecer: eso no es nada, es una forma fantasmagórica del futuro que ya no logramos imaginar. Los aditamentos: salud, educación, son eso, aditamentos, ni hablar de la integración social porque la sola expresión evoca el fantasma totalitario.

Propone por ejemplo el pronunciamiento de Chapultepec “crecimiento con empleo” y en eso coinciden casi todos, hacen falta más empleos; de acuerdo: que haya más está muy bien, el problema es la calidad del empleo. Personalmente, no estoy seguro de que la reforma laboral que se pide, para “flexibilizar” el mercado de trabajo, resulte en empleos de mejor calidad. Y creo que hay razones fundadas para dudar de ello. Propone López que haya más escuelas y más universidades, hasta treinta nuevas universidades; sea: que haya más está muy bien, pero ¿cómo serán esas treinta nuevas universidades? ¿Cómo y para qué hacerlas? ¿Para contratar a qué profesores y enseñar a qué estudiantes, con qué propósito?

Ese mínimo desplazamiento semántico, que se haya hecho casi insignificante la palabra desarrollo y que ocupe su lugar el crecimiento, eso sólo es un buen indicio de la magnitud de la crisis de nuestra vida pública. Nadie sabe lo que es el desarrollo, desarrollarse no es nada; lo que queda es la posibilidad, la urgencia de crecer.

 

La Crónica de hoy, 25 de enero de 2006