La virtud de los diputados

Etiquetas: ,

Comenzamos esta semana enterándonos de una buenísima noticia: que las fracciones parlamentarias se habían puesto de acuerdo para que los diputados cobrasen un pago especial de liquidación. En cuanto se supo, sin embargo, les faltó tiempo a todos para salir a desmentirlo haciendo aspavientos. Y es una lástima.

Supongo que lo hacen en plan de quedar bien y para congraciarse con la gente. Incluso es posible que ellos mismos hayan inventado la noticia sólo por poder darse el gusto de desmentirla. Yo no lo entiendo. Me parece ridículo, un poco tonto y hasta peligroso que se juzgue a los políticos por lo que ganan, que sea éso lo importante y no si hacen bien o mal su trabajo. También supongo que la cosa no tiene buen remedio.

Las razones del puritanismo son muchas, a veces extravagantes y en general muy poco convincentes. Lo que suele venir más a mano es decir que resulta inmoral que los políticos ganen tanto dinero cuando la mayoría de la gente de este país vive en la pobreza; puestos a pensarlo, parece más inmoral que, en tales circunstancias, sean incompetentes, peleoneros, exhibicionistas y demagogos. Al fin y al cabo, lo que se gasta en sus sueldos no va a ninguna parte, pero sí es grave, preocupante lo que dejan de hacer por andar estorbándose unos a otros, poniéndose zancadillas y haciendo alardes de pureza.

Se dice también que el servicio del Pueblo (léase, la política) no debería ser un negocio. Que con salarios menos que medianitos, o de plano simbólicos podríamos ir tirando. Y también podría ser. Sólo que, en ese caso, se dedicarían a la política quienes no pudieran aspirar a otro mejor empleo, o bien los ricos, con dinero bastante para pagarse el capricho. Y ninguna de las dos cosas parece muy razonable.

La verdad es que la idea misma de la pureza no es razonable. No resulta de ningún razonamiento, sino que responde a impulsos bastante rudimentarios, emociones y fantasías que en cualquier otro terreno parecerían disparatadas. En política, no obstante, encuentran eco porque tiene ésta todavía un vago aire religioso, de asunto superior, trascendente, heroico.

En la práctica no hay nada de eso, por cierto: los políticos son profesionales que viven ejerciendo su oficio, como los críticos viven de criticar y los ciudadanos vigilantes, incorruptibles, viven del espectáculo de su incorruptibilidad. Pero ésa es harina de otro costal.

El hecho es que la retórica de la pureza todavía es atractiva y convincente. Por cuya razón hay tantos políticos que posan de héroes: abnegados, inflexibles, angélicos. Es sólo eso: una pose, pero no por ello menos peligrosa. La pureza es siempre algo terrible, inhumano; la pureza fingida es mucho peor, porque los simuladores están obligados a demostrar su integridad con gestos cada vez más imperiosos, más drásticos. Hasta que empiezan a matar gente para que no quede duda de su virtud.

Señores diputados, cobren ustedes su dinerito en paz y disfrútenlo en buena compañía. Que a estas alturas es preferible una lección de sensatez, de conciencia profesional, que no una nueva exhibición de pureza.

El Universal, 1997