La voz del Pueblo

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Es difícil saber lo que piensa el Jefe de Gobierno de la Ciudad de México. Por comodidad, un poco por inercia, damos por hecho que es de izquierda; la verdad es que no puede saberse a ciencia cierta. Tendrá sus ideas, pero se guarda mucho de explicarlas. Sucede en general con los demagogos: son de afirmaciones enérgicas, violentas, pero de una vaguedad irremediable; no pueden someterse a un programa ni adoptar un sistema de ideas porque necesitan una flexibilidad ilimitada, para estar siempre del lado del Pueblo.

Es posible que López comparta las ideas de Pro Vida y de la iglesia católica. Es posible que piense que la familia es la base de la sociedad, la institución más sólida de México, como dicen los jefes católicos. Es posible que piense que la Ley de Sociedades de Convivencia es un atentado contra la naturaleza humana, que va en detrimento del matrimonio. Es posible, eso dijo, que piense lo mismo que Pro Vida, que es un asunto demasiado grave para dejarlo en manos de la Asamblea: por eso ha detenido la ley y quiere someterla a referéndum. Es posible, pero no se puede saber. Si se le preguntara, respondería con una broma, un juego de palabras, con el estribillo de una canción.

También es posible, como han dicho algunos, que haya detenido la ley no por convicción, sino por oportunismo. Es posible que haya hecho caso de la amenaza de Pro Vida, que haya tomado en cuenta el “costo político” de la ley y, sobre todo, que haya visto una buena ocasión para congraciarse con la derecha católica, mostrándose valiente, sensible y firme en contra de una minoría, de votación insignificante. Insisto: no se puede saber.

No obstante, cualquiera que sea el motivo, lo fundamental es el gesto, la decisión de aprovechar otra oportunidad para desacreditar al poder legislativo, sobre todo ahora que está dominado por el PRD y hace falta dejar en claro quién manda. Lo mismo habría sido con una nueva ley inquilinaria a la que se hubiera opuesto el Frente Popular Francisco Villa. De eso sí podemos estar seguros, porque el jefe de gobierno ha mostrado una consistencia notable.

Si se mira a su contenido, la serie de pleitos de López no tiene ninguna lógica. Sus momentos épicos han sido el horario de verano, la construcción de un puente, la ley de transparencia, el pago de una indemnización. Ahora bien: en todos los casos se repite un mismo mensaje, idéntico. Es necesario defender el interés del Pueblo en contra de las instituciones y López, personalmente, es el único capaz de hacerlo. Para esa idea, importa tanto la imagen grandiosa del líder como la beligerancia, hacen falta los pleitos, hace falta demostrar en la práctica que las instituciones son un estorbo, que los partidos y el congreso y los jueces son un estorbo. No hay ningún misterio, es la estrategia del bonapartismo, con algunos aditamentos de cursilería priísta.

Tiene su chiste saber usar la retórica de la democracia para socavar los mecanismos de representación política. No cualquiera puede. El Presidente Fox, sin ir más lejos, ha fracasado en toda la línea. Sin embargo, la belleza de un intento bonapartista está en que todos los adversarios contribuyen al ascenso del jefe precisamente porque tratan de impedirlo. Una vez que se ha escogido el camino de los pleitos, una vez que se ha decidido romper con el orden institucional, o subordinarlo, toda oposición puede aprovecharse porque representa los intereses mezquinos, malignos, corruptos, que el caudillo quiere combatir. No hace falta más que provocar el conflicto, los otros ponen el resto. Cuanto más enconada sea la resistencia, tanto mejor. Si hay suerte, terminan todos los demás en confusa coalición, defendiendo un procedimiento, un límite legal, un sistema de atribuciones y competencias o algo igualmente oscuro en contra de la limpia voluntad personal del líder, que escucha al Pueblo sin protocolo ni impedimento. Es decir: lo importante no es hacerse ocasionalmente popular con unos u otros, sino escenificar una y otra vez el mismo pleito, hasta que parezca obvio.

Vista así, la beligerancia de López tiene su método. Se manifiesta precisamente donde sus adversarios tienen que oponerse por cuestión de principios: se niega a publicar una ley de la Asamblea, desacata una sentencia judicial, ejerce presupuesto sin autorización, se rehúsa a integrar un organismo de supervisión de su gobierno. Hasta que se queda solo en la lucha contra una maquinaria estorbosa y corrupta. Los grandes empresarios están encantados, por supuesto: es mucho más cómodo arreglarse con un solo jefe, sin formalismos; los miembros de su partido, de pasado priísta o comunista, están acostumbrados a obedecer; la gente en general disfruta de ver que alguien pone en su lugar a los políticos, a los jueces. Todo suma.

En esta ocasión, el gesto pinta a López de cuerpo entero. Ama al pueblo con amor desbordado, posesivo e impaciente, y va a defenderlo a golpes si hace falta. No piensa que haya ninguna prisa para la ley de Sociedades de Convivencia. De hecho, no le importa la ley, ni le importa la asamblea ni la división de poderes. No hay nada que se le ponga por delante. Queda claro lo único que tenía que quedar claro: es muy macho.

 

La Crónica de hoy, 23 de diciembre de 2003