Lagun significa amigo

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Me encuentro en un café con Ignacio Latierro, que junto con María Teresa Castells lleva desde hace décadas la librería Lagun, de San Sebastián, una de las más interesantes, y desde luego para mí la más entrañable de España. Sobrevivió al acoso de los ultras del franquismo, y de los turiferarios de ETA después, su existencia explica con toda sencillez las afinidades entre la cultura del libro y la experiencia de la libertad.

Hablamos de libros, le pregunto por el extraño marasmo de la industria editorial en lengua española. Cientos de miles de títulos cada año, grandes premios, elogios desorbitados, un nuevo Thomas Mann, un nuevo Cervantes cada tres meses, contratos millonarios, tirajes de muchos ceros –y es difícil encontrar nada que valga la pena. No en las mesas de novedades, por lo menos. Imposible orientarse en el conjunto: ¿qué pasa, qué ha pasado? ¿De dónde viene esto?

Ignacio explica sin hacer aspavientos. No es la crisis. No son las nuevas tecnologías, no son las nuevas generaciones, que no leen. Acaso los jóvenes lean menos, y los adultos. Pero hay más lectores que nunca, se siguen vendiendo libros –y tal vez se sigan leyendo también, aunque esa es otra historia. El problema es que se han roto unos cuantos acuerdos básicos, de confianza, de los que dependía la circulación de los libros hasta hace relativamente poco tiempo, veinte o veinticinco años.

En primer lugar, el acuerdo de confianza con las editoriales. Hasta hace poco, un sello editorial significaba muchas cosas. Un determinado nivel de calidad, por supuesto, pero no sólo eso. Las editoriales tenían personalidad, un criterio reconocible –a falta de otras referencias, uno podía fiarse de lo que publicaban Mortiz, Paidós o Espasa Calpe, sin más referencia que el sello. O bien: Molino, Diana u Oniro, según el gusto. Ya no. La inmensa mayoría de las editoriales se han integrado en grandes corporaciones multi-media, que han pasado como apisonadoras sobre los catálogos de todas ellas, y que para ahorrar personal, y complicaciones, han eliminado a los editores –porque el trabajo que importa es el del gerente comercial. José Manuel Lara, el dueño del grupo Planeta, presumía alguna vez de que podría vender un libro con las hojas en blanco: es el ideal de la nueva industria. En el catálogo de Espasa, por ejemplo, puede uno encontrarse a Valle-Inclán, un libro de cocina derivado de un programa de televisión de moda, o un panfleto escandaloso sobre la política española. Traducciones imposibles, libros sin índice, sin bibliografía, libros que del manuscrito a la mesa de novedades, nadie ha leído.

En segundo lugar, se ha roto la confianza que había en la crítica de libros. Hasta hace poco, algunos años, los periódicos serios tenían un suplemento de libros que había que leer, y las revistas tenían una sección de crítica. Servían para que uno conociera nuevos autores, para tener una idea de lo que estaba en circulación. Y para apreciar incluso a los más conocidos. Ningún autor, y desde luego ninguno de los que escriben una novela cada año, o cada dos años, tiene una producción homogénea –la crítica sirve, o servía, para decir eso, y explicarlo. Ya no. Salvo un par de excepciones, la crítica ha desaparecido. Los suplementos que sobreviven son folletos publicitarios, sin ningún interés.

Finalmente, se ha roto también el pacto de confianza con el librero. El librero sabía de libros, naturalmente: de literatura y de historia, de arte, de muchas otras cosas, pero sabía también lo que había en circulación, conocía las editoriales, y entendía a sus clientes, los diferentes gustos, las aficiones. Y por eso sabía aconsejar, orientar. Para la mayoría de la gente, hoy en día, ese es un personaje de cuento, inverosímil. Porque actualmente, lo que hay en lo que queda como librerías son empleados de almacén, que tienen que acudir a una terminal de computadora para resolver la pregunta más simple.

Al paso, aparece otro acuerdo de confianza perdido: los premios, los reconocimientos. Recordamos dos o tres de los más recientes, entre los premiados mayores. Alguno de ellos se dejaría leer en un avión, en un viaje de diez horas, si no hubiese nada más a mano, otros ni eso. El premio sólo suma una nota a la estridencia ambiente.

La situación es la misma en México –un poco peor, de hecho.

No va a desaparecer la cultura del libro, pero tendrá que reconstruirse de otra manera. Paseando por Lagun encuentro nuevas ediciones de dos libros de Julio Camba, la narrativa completa de Valle-Inclán, una historia mínima del País Vasco de Jon Juaristi, una traducción del Stoner de John Williams, la conversación de Ignacio Latierro. Me doy cuenta de que es un espacio de otro tiempo.

 

La Razón, 4 de enero de 2014