Rafel Segovia. Lapidaria política

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SEGOVIA, Rafael. Lapidaria política, México: F.C.E., 1996. 572pp

Leer reunidos los ensayos breves de don Rafael Segovia de los últimos treinta años es una experiencia considerable, que no debería ahorrarse nadie que se interese por la política en México. Lapidaria política es, sin duda ninguna, uno de los pocos libros de lectura indispensable para entender la política mexicana, y uno de los más agradables, de los más incisivos para estudiar la política sin más. Eso hay que decirlo, porque es verdad, pero casi sale sobrando porque ya se sabe (y se sabía antes de que el volumen apareciese publicado); no es frecuente, en cambio, que se mencione en particular su estilo: la sobriedad, la exactitud y la agudeza expresiva que hacen de él uno de los mejores prosistas con que contamos.

El estilo de Segovia, como el de cualquiera, tiene varias y distintas fuentes que sería arduo, y seguramente innecesario, dilucidar. Tiene sentido, en cambio, parar mientes en sus afinidades electivas porque en los ensayos se ofrece una extraordinaria cartografía intelectual de la que hay que sacar provecho; los textos invitan a leer a Aron y Lipset y Jouvenel y Cosío Villegas, por ejemplo, pero invitan también de otro modo más discreto a leer a Machado, Gracián, Quevedo, de quienes pueden sacarse enseñanzas muy apreciables.

Leyendo a Segovia, de inmediato se vienen a la memoria los nombres de Ortega y Alain; con ambos comparte esa extraña vocación por ejercer el magisterio desde los periódicos, que es un poco predicar in partibus infidelium. Por eso sus artículos, leídos de un tirón, ofrecen el aspecto de una continuada meditación con las pausas, los incisos, reparos y recovecos de cualquier conversación inteligente. De Ortega están también la sabiduría enciclopédica y la curiosidad, la capacidad para remontar vuelo con ocasión de cualquier minucia; de Alain, en cambio, la mesura y la brevedad, la afición por la escritura aforística: rigurosa, exigente.

Segovia escribe siempre bajo el apremio de lo inmediato, metido, como dice él, en el espesor del presente; los textos, no obstante, ganan hondura con una facilidad pasmosa, buscan y encuentran horizontes amplísimos con toda naturalidad. Con la naturalidad y el desenfado que hacen falta para ocuparse de los asuntos serios; algo en lo que, por cierto, se descubre también la huella de Voltaire, con quien lo unen tantas cosas. Como Voltaire, Segovia es un militante partidario de la Ilustración que encuentra las cosas humanas a veces trágicas, a veces divertidas, casi siempre ridículas y descaminadas, pero no puede evitar que le importen. Como a Voltaire, a Segovia tampoco le hubiesen convencido a fin de cuentas ni Federico II ni Rousseau, no por faltos de inteligencia, sino de buen sentido y de humanidad.

Lo más apreciable de su humor, empero, no viene acaso de Francia sino de España. Segovia tiene una rara sensibilidad para el esperpento que no es, aunque parezca, producto de una inclinación moral, sino de una sabiduría del idioma que en castellano es herencia de Quevedo, Valle-Inclán y Camilo José Cela. Los tres asoman en la escritura de Segovia que, sin embargo, no es esperpéntica por una razón muy sencilla: el esperpento debe ser despiadado y Segovia no lo es. Lo modera en esto, curiosamente, ese pesimismo educado y prudente, compasivo, que es también el de Machado y el de don Manuel Azaña.

No cuesta trabajo ver, en sus ensayos, que Rafael Segovia disfruta escribiendo con corrección pero prefiere evitar los adornos, los tecnicismos y cualquier otra afectación; la prosa descompuesta y malsonante le resulta seguramente tan antipática como la cursilería. Contra lo que se acostumbra en el periodismo, no busca impresionar con astucias retóricas de ninguna índole sino que procura sobre todo la claridad, la exactitud. En eso y en la socarronería distante y alusiva a que recurre de vez en cuando cabe reconocer, junto a la presencia de Azaña, la de Josep Plá, tan poco frecuentado hoy que no cabe siquiera decir que se le haya olvidado.

Hablar de política es fácil y asequible casi para cualquiera; hacerlo con claridad y sensatez, conservando el decoro es otra cosa. Otra bastante más complicada. Sobre todo porque los avatares de la vida pública suelen ser apremiantes y turbios y desarreglados; con mucha frecuencia hay que tomar partido aun a disgusto y decir, perentoriamente, sí o no, esto o aquello, con el Rey o contra el Rey. Y esos encajonamientos pueden ofuscar incluso a inteligencias más que modestas. Mantener, como se dice, la sangre fría y la decencia en situaciones semejantes es difícil; ésa es una de las más perdurables enseñanzas de Rafael Segovia.

Lo primero que sorprende, como cosa inusual, es que no rehuye los dilemas ni pretende oscurecerlos con circunloquios. Puede parecer estúpido el escoger, en ocasiones, pero con frecuencia es también forzoso hacerlo; cuando hace falta, Segovia dice sí o no, esto o aquello, con todas sus letras y sin dejar lugar a dudas: toma partido con la franqueza característica de Alain. Pero lo hace -y eso sorprende aún más- sin encono, sin animosidad alguna y sin pedantería, convencido, así parece, de que ofrecer razones es ya bastante para pretender encima tener la Razón.

Resulta difícil clasificar a Segovia porque es, en el más riguroso sentido, sui generis. Es un Voltaire dubitativo y amable, un Quevedo más sobrio y contenido, es Azaña después de La velada en Benicarló, y es además Pla y Ortega y Alain, más Rafael Segovia, que es lo que importa.