Las razones de la antipolítica

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La cruzada por el voto en blanco es lo más entretenido que tienen estas elecciones. Sobre todo porque nos ofrece textos como el de Pascal Beltrán del Río publicado el pasado domingo en el Excelsior. Después de darle muchas vueltas parece decir que la única solución sería irse del país. Textualmente: “por fin me dí cuenta de lo que está sucediendo: es una trampa” –sí, eso dice, y lo repite: “el voto es una trampa”—porque “por el simple hecho de estar en la lista nominal de votantes, nos hemos vuelto justificadores involuntarios del gran negocio en que los partidos han convertido la competencia democrática”. No me meto con la sintaxis porque no toca. No parece haber sino dos soluciones para no ser “justificadores involuntarios”: o salirse de la lista nominal de votantes o eliminarla.

¿En qué consiste el drama? Pues resulta que los votos en blanco, según nos explica Pascal Beltrán, “no contarán a la hora de asignar los porcentajes de votación de cada partido”. Es decir, que contarán como votos en blanco. ¡Quién lo hubiera dicho! Pero tampoco la abstención sirve como recurso de protesta porque no puede distinguirse de la abstención por pereza o por descuido. Y también es verdad: parece abstención. Por otra parte, “no ir a votar es un desperdicio de recursos nuestros recursos –en papelería, salarios y servicios que proporcionan el IFE y los institutos electorales de los estados…” Es indudable: ya impresas las boletas, sería un desperdicio dejarlas sin tachar. O no pasarse por la casilla para usar los servicios del IFE.

Lo más conmovedor es el modo en que explica cómo hemos venido a dar aquí. Dice: “cuando luchábamos por hacer que el voto valiera, pensábamos erróneamente que los principales problemas del país se resolverían mágicamente cuando alcanzáramos esa meta. […] Pero después abandonamos la escena democrática, confiados en que ya habíamos hecho la tarea. Hoy sabemos que eso fue un grave error.” Nos incluye a todos en el plural por generosidad, supongo. Habla desde la íntima tristeza… eso, desde la íntima tristeza. Y yo me digo que es natural: que si pensaba que los problemas se resolverían mágicamente, tiene buenas razones para estar triste y desencantado. Algunas también para revisar sus ideas acerca de la política. Me intriga mucho, en cambio, la segunda parte. Me gustaría saber cuál era la “escena democrática” en la que era protagonista el señor Beltrán y saber por qué la abandonó. Porque parece muy irresponsable habérsela dejado a los políticos, a quienes sólo les interesa “seguir avanzando en sus carreras”. ¡Cuánto mejor nos iría si en la cámara, en vez de políticos, hubiera desinteresados periodistas, honradísimos plomeros, abogados, fotógrafos y dentistas! O algo así.

 

La Razón, 9 de junio de 2009