Las razones que faltan

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Es posible que no llegue a votarse una nueva resolución del Consejo de Seguridad sobre Irak. Ante la amenaza de un veto, Estados Unidos podría decidir que basta la resolución 1441 para justificar un ataque y conservar así el atisbo de un amparo legal. Es decir: es posible que el gobierno mexicano no se vea en la necesidad de emitir un voto. Pero nada lo exime de dar explicaciones: claras, suficientes y sólidas, nada lo exime de exponer las razones de su posición, cualquiera que sea. Porque se trata de definir una idea de la política exterior del país, que va mucho más allá de esta coyuntura. Es grave que no se sepa, horas antes, si México apoya la iniciativa norteamericana o la francesa; es vergonzoso que no sea posible saber las razones que cuentan y pesan para decidir sobre ello.

Lo único que tenemos son frases huecas, de la más torpe indefinición. Decir que México está a favor de la paz no significa nada; decir que se quiere paz y seguridad es más ambiguo todavía; decir que se decidirá de acuerdo con lo que exige el interés nacional es una obviedad: lo que importa es saber de qué manera interpreta el gobierno el interés nacional, que no es una entidad mística ni evidente, sino que se construye y se argumenta, se razona. Pero resulta que no hay razones.

El gobierno de Estados Unidos tiene sus razones para ir a la guerra: unas las dice, otras no y todas se adornan de ánimo justiciero. Puede entenderse. El gobierno francés tiene sus razones para oponerse: tiene una idea del papel de Europa en el mundo y tiene una relación particular, que tiene que cuidar, con los países islámicos y con África. El gobierno ruso tiene sus razones para no querer una guerra al sur de su frontera, que pueda desestabilizar a los demás estados islámicos de la zona. Los gobiernos de los pequeños países del Este de Europa, despedazados por la historia del siglo veinte, tienen sus razones para desconfiar de un acercamiento entre Alemania y Rusia. Todo eso se entiende. Faltan las razones del gobierno de México. Y es incomprensible, más: es intolerable ese juego de equívocos, a base de desplantes retóricos y prontos desmentidos sibilinos ( por cuyo misterio habrá en el gabinete quien se sienta, por lo menos, un Bismarck).

Aclaremos un poco: si se tratara de decidir si hay guerra o no, si correspondiera al gobierno mexicano la decisión, no habría duda ninguna y tendrían sentido las sonrientes y enérgicas declaraciones pacifistas del Presidente. Habría que oponerse a la guerra porque sería –será- en todos los sentidos, catastrófica. En primer lugar, habría que oponerse por razones humanitarias: porque cualquier guerra es calamitosa para los pueblos que la padecen y mucho más la clase de guerra que hace Estados Unidos cuyo criterio fundamental, contra todo derecho y tratado, es cuidar la vida de los soldados estadounidenses a costa de las vidas de la población civil de su enemigo. Pero también habría que oponerse por razones pragmáticas, porque la guerra sería –será- desastrosa para la economía, la mexicana y la de casi todo el mundo. Pero no es el caso: no le toca a México decidir sobre la guerra; lo que está en juego es la relación con Estados Unidos, el lugar y sentido de la ONU y la lógica futura del sistema internacional. Necesitamos que el interés nacional se razone en esos términos.

Muchos intelectuales se han apresurado a ofrecerle al gobierno argumentos de lo que se supone que es el más crudo realismo, verdaderas lecciones de madurez, cuya base es el descubrimiento de que Estados Unidos es mucho más poderoso que México. De modo que lo que se aconseja –según el optimismo del consejero- es tratar de evitar represalias o buscar alguna ventaja, negociando el voto mexicano. Puede sonar más o menos prudente, medrosa o repulsiva la idea, según quien la explique, lo malo es que es ingenua. La desigualdad entre nuestros países es tal que, en asuntos de esta naturaleza, no puede haber ninguna negociación real. Es indudable que muchas cosas pueden entorpecerse en la relación bilateral, puede verse afectado el comercio y puede endurecerse la política migratoria estadounidense: sería todo transitorio porque estamos condenados a seguir siendo vecinos; por otra parte, han hecho cosas similares antes, muchas veces, sin que nadie hablase de represalias, y las seguirán haciendo cuando convenga a sus intereses; pero sobre todo, la historia debería habernos enseñado que el gobierno y el congreso de los Estados Unidos no se van a sentir “moralmente obligados” con México si adopta una política obsequiosa.

En lo que respecta a la ONU, es cierto que se vería muy debilitada si Estados Unidos atacase a Irak en contra de la decisión del Consejo de Seguridad, pero sería absurdo tratar de evitarlo aceptando cualquier cosa que proponga el gobierno norteamericano: significaría haber aceptado que los organismos internacionales sean sólo un modo de arropar y justificar su política exterior. En cualquier caso, el daño ya está hecho después de que el Presidente Bush dijera que atacaría a Irak con la ONU o contra la ONU. Lo único que queda es ver si el resto del mundo puede, quiere y sabe hacer algo con los organismos internacionales una vez que Estados Unidos ha decidido romper con ellos.

Es decir: el verdadero problema es el futuro del sistema internacional. En eso hace falta definir el interés de México. Para bien o para mal, la “comunidad internacional” tiende a interesarse cada vez más por conflictos locales y regionales; son parte de esa tendencia el Tribunal Penal Internacional, las guerras de Yugoslavia, el proceso de Pinochet y también, con todas sus sombras y ambigüedades, la actual crisis de Irak. Por eso importan los argumentos e importa señalar que son bastante endebles en este caso: si se trata de vigilar o desarmar a un Estado que posee armas de destrucción masiva y que representa una amenaza porque está en conflicto con sus vecinos, uno piensa en Corea, Israel, India, Pakistán o Rusia, mucho antes que en Irak (y en eso hace tiempo que México ha hecho lo suyo, hasta donde es posible, con el Tratado de Tlatelolco); si se trata de derrocar a un tirano como “este señor Hussein”, según la expresión del Presidente Fox, la lista puede ser tan extensa y variada como lo quiera quien se convierta en juez (por cuya razón México adoptó como norma, hace tiempo, la Doctrina Estrada, que hoy no se sabe ni lo que es). Finalmente, si se piensa que la “comunidad internacional” debe actuar militarmente en cualquiera de esos casos –para hacerle la guerra al terrorismo o al narcotráfico, por ejemplo- conviene tener presente que, según lo más probable, los bombarderos no se dirigirán nunca hacia Paris o Berlin, pero no sería tan impensable que algún día enfilasen hacia la Ciudad de México, a pesar de todas las espléndidas virtudes conyugales del Señor Presidente.

El nuevo “multilateralismo” puede tener enormes virtudes y ventajas, precisamente para los países más débiles; tiene también riesgos inocultables, también para los países débiles. Y somos de ésos. Hace falta pensar y razonar mucho, con cuidado y con claridad, con la mira en el largo plazo. Sin aspavientos y sin frases bonitas, hace falta definir y argumentar el interés nacional: Señor Presidente, explíquenos sus razones. Imagino que las hay.

 

La Crónica de hoy, 11 de marzo de 2003