Lo que nos falta

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Con el motivo de las “reformas estructurales” se ha conseguido crear un clima político que recuerda mucho al de la “transición democrática” de hace tres años. Hay una exaltación casi histérica, amenazas y promesas desorbitadas, como si el futuro del país fuera a decidirse de una vez por todas, en un solo gesto. Seguramente es lo que aconsejan las agencias de publicidad: poner las cosas en términos muy simples, de todo o nada, ahora o nunca; aparte de que sea mucho más espectacular, permite una retórica grandilocuente y maniquea, moralista, con la que es posible ahorrarse explicaciones. Como hace tres años, vivimos otra vez en trance heroico, con un futuro de feliz abundancia al alcance de la mano. Como hace tres años, la opinión civilizada, dentro y fuera del país, es tan entusiasta y uniforme que da gusto. El periódico El País, por ejemplo, explicaba la situación hace unos días en términos muy expresivos: el gobierno no puede invertir lo necesario en electricidad, hay “legiones de mexicanos” que se roban la luz, pero no puede hacerse la reforma porque la impiden los “privilegios sindicales espurios” y el “nacionalismo rancio e inservible” de los dinosaurios del PRI. Tal cual, como si lo hubiese dictado alguno de nuestros notables.

Hay algo nuevo: hay quienes se oponen a las reformas, a la privatización de la electricidad, que es lo que está ahora en juego. Muy puestos en su papel, han adoptado una postura igualmente épica y moralista, de frases hechas, pedreas, ademanes patrióticos, como para que no se entienda nada. Unos y otros están por tomar la alhóndiga de Granaditas y salvar a la patria a fuerza de riñones, en una batalla decisiva. Lo malo es que tanto heroísmo empieza a ser aburrido: confuso, vagamente angustioso y aburrido.

Con el resto del paquete de reformas que nos tienen prometido sucede algo similar. Hasta ahora se ha hablado de ellas en abstracto: no se ha hecho público ningún proyecto, no se ha explicado prácticamente nada, pero hay que aceptarlas a ojos cerrados porque representan el cambio, con todas las esperanzas que uno quiera incluir: empleo, crecimiento económico, democracia, inversiones, estabilidad. Todo lo que no ha podido ser en estos años, que todavía corresponden al pasado. Estamos al borde de la felicidad, más cerca que nunca. Lo que nos falta son las reformas. Todos los defectos, inepcias y desbarros del gobierno son otros tantos argumentos en favor de su proyecto legislativo, incluso si no hay proyecto, incluso si lo único que hay son las promesas.

Desde luego, no va a haber la gran transformación que ponga a México al día y a la vanguardia, habrá pocos cambios y poco espectaculares, pero eso no tiene mayor importancia: la épica de las “reformas estructurales” está pensada para usarse en la larguísima campaña electoral del 2006. Más vale que queden muchas promesas pendientes, impedidas de cumplirse por los siniestros intereses del antiguo régimen.

Por lo demás, da igual cuántas reformas se hagan: siempre harán falta otras. Es algo que no suele decirse, para evitar el desánimo, pero puede saberlo cualquiera. Hace años hubo la apertura comercial y la firma del Tratado de Libre Comercio para asegurar que hubiera inversiones y crecimiento económico. Resulta que no hay lo uno ni lo otro, porque nos falta la reforma energética, para hacer al país más seguro y atractivo, para abrir nuevas oportunidades. Se hará. Cuando se haya hecho, resultará que nos faltaba todavía una reforma laboral, flexibilizar el mercado de trabajo, hacer más fáciles la contratación y el despido, abaratar la mano de obra para estar en términos de competencia. Después de eso, nos hará falta una reforma financiera que ofrezca más libertades a los inversionistas, una nueva reforma fiscal que favorezca la expansión de las empresas. Tampoco será suficiente. Nos faltará una reforma del sistema educativo y de la seguridad social.

Es decir: tenemos todavía para varias décadas de promesas y reformas estructurales. Y nada nos asegura que, al final, este país se parezca más a los Estados Unidos que a Colombia o Indonesia. Podríamos evitarnos los peores desencantos, sin embargo, si mirásemos los cambios con un punto de escepticismo. Cuando quieren convencernos de sus proyectos, los reformadores nos ofrecen comparaciones disparatadas: por ejemplo, nos dicen que en España y en Francia hay reelección; no sobra recordar que la hay también en Perú y Bolivia. Nos dicen que en Suecia y Estados Unidos hay inversión privada en la producción de energía: también en Nicaragua y Ecuador. No es para entusiasmar a nadie, pero vale la pena tenerlo en mente.

La Crónica de hoy, 7 de octubre de 2003