Lo que todos sabemos

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La inundación de Tabasco ha ofrecido a todos los actores políticos una ocasión ideal para el lucimiento: un escenario épico, con todos los reflectores, una tragedia humana. Han dado en general un buen espectáculo. Llama la atención que el tema fuese un airado, unánime rechazo de la política. Acaso el más imaginativo haya sido el señor Ebrard, enviando la ayuda con un notario público, para que podamos hacer las más siniestras especulaciones sobre lo que sucede cuando no hay notarios. El gobierno de la república, más convencional, se ha limitado a acusar a la oposición de hacer política. Los comentaristas han podido denunciar a gusto la politiquería y señalarlos a todos como politicastros. Y la televisión ha saturado los noticieros de historias de entrañable interés humano, haciendo exhibición de sus buenos sentimientos: todo es amor, entrega, generosidad hacia nuestros hermanos tabasqueños.

De los ingenieros hemos oído poco, y ese poco en páginas interiores, porque no es muy emocionante saber que la infraestructura hidráulica ha sido insuficiente entre otras cosas por la deforestación, que en un tercio las presas están llenas de lodo, que hay poblados en zonas de riesgo porque lo permiten los municipios, que son los responsables del ordenamiento territorial, que hay problemas técnicos y financieros muy serios para evitar que una planicie inundable se inunde. Y que llovió mucho: tres veces más que en la última inundación, de hace ocho años. Será verdad, pero no puede sacarse de ahí ninguna moraleja. Es más útil como telón de fondo la tragedia humana sin más.

López Obrador ha ido un poco más lejos, pero sin cambiar de tema; presentó una demanda penal contra los últimos cuatro presidentes porque “se trató de una inundación provocada”, una demostración de que “a la clase política corrupta no le importa la vida de los seres humanos”. Dijo que sabía de antemano que la PGR no haría nada, pero hacía el trámite para poder llevar su denuncia después a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Se apoya, como los demás, en lo que todos sabemos: que el presidente es responsable de todo lo que sucede en el país, que los políticos son corruptos, ambiciosos, que las instituciones no funcionan, que todo es politiquería y partidismo.

La denuncia de la política también es política, por supuesto. Y en los últimos tiempos, la más popular. Tiene el éxito asegurado porque echa mano de los tópicos del antirpriísmo (sería mucho más arduo, seguramente imposible convencer a nadie de que en general los diputados hacen bien su trabajo, lo mismo que los partidos, los funcionarios). Ahora bien: ese sentido común es el soporte de las recientes ofensivas contra el congreso, contra los partidos, contra el estado, es el motor oculto de la inercia privatizadora, y sirve para justificar una hostilidad hacia la democracia cada vez más explícita.

Lo malo no es que nuestros notables tiren piedras contra su propio tejado, lo malo es que es el nuestro. Peor todavía: les aplaudimos.

Milenio, 20 de noviembre de 2007