Males son del tiempo

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No hay una salida decorosa ante una acusación de plagio. Una acusación fundada, quiero decir. Cabe no decir nada, esperar a que se olvide, pero en general se dan vagas explicaciones, se alega que fue una confusión, un error –hay quien dice que se olvidó de citar al autor o de poner las comillas, hay quien dice que se equivocó al corregir su texto. Insisto, no hay una salida decorosa, pero entre las peores que recuerdo está sin duda la de Alfredo Bryce Echenique. Fue acusado de plagio, y finalmente condenado, por publicar con su firma 16 artículos, de otros tantos autores –circulan acusaciones similares sobre otros textos firmados por él, pero hasta ahora sólo hay sentencia en esos 16.

En su defensa, lo primero que alegó Bryce Echenique fue que los textos originales no se habían publicado en Perú, donde habían aparecido los plagios con su firma, de modo que los autores no podían pedir protección de la justicia peruana. Algo más tarde cambió de idea, dijo que se habían publicado sin su autorización, y que por lo tanto él no tenía responsabilidad alguna. O sea, que alguien más había publicado artículos con su firma, ¡nada menos que 16 veces! A continuación, urgido de encontrar algún culpable, declaró que todo había sido obra de su secretaria, y anunció que ya la había despedido por eso, en términos muy violentos. Por último, cuando incluso a él le ganaba la risa, terminó burlándose de uno de los autores que lo denunciaba, el historiador Oswaldo de Rivero, diciéndole que tendría que estarle agradecido, porque “nunca había sido tan famoso” como ahora, gracias al plagio.

Me viene a la memoria porque un extraño jurado ha decidido otorgarle a ese personaje el Premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara –y ya ni siquiera es motivo de escándalo.

Aparte de las peregrinas explicaciones de Bryce, el caso tiene interés por lo que dice de la nueva industria editorial, del mundo de los libros y la lectura. Veamos. Para empezar, una cosa es que un joven ambicioso y mediocre, sin mucho talento, copie a alguien que sabe más o escribe mejor, para darse lustre, y otra cosa muy distinta es que lo haga un profesional reconocido, una celebridad del mundo de las letras, cuyos textos de pagan muy bien, y se venden muy bien, precisamente porque llevan su firma. El problema es que sucede cada vez con más frecuencia. El ejemplo de Bryce es notable sólo por su cinismo.

¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede un autor famoso publicar textos que no son suyos? Y dejo de lado la falta de vergüenza porque es obvia, y trivial. Bryce, como tantos otros, puede plagiar tranquilamente porque sabe que lo normal es que nadie caiga en la cuenta, ni a nadie le importe. Los grandes autores de nuestro tiempo son casi siempre producto de la publicidad. Los grupos editoriales ponen a circular los nombres con un aparatoso acompañamiento de elogios, premios, aplausos, para que a nadie le quepa duda de su importancia, y con cada nuevo título anuncian que han vendido decenas de miles de ejemplares, si no cientos de miles, en un tiempo récord, para que quede claro que se trata del libro que hay que comprar, puesto que lo está comprando todo el mundo. Los artículos de prensa son otro aditamento de la misma especie. Lo que se vende es la marca. Es un negocio tan trivial y pedestre como vender zapatos tenis, refrescos de cola o pasta de dientes.

Entre las frases de cajón, en la cuarta de forros de cualquier libro de cualquiera de las celebridades del día está su “inconfundible estilo”. Pienso en el caso de Bryce, por ejemplo, y me digo que no será tan inconfundible, si pudo confundirse con los de Oswaldo de Rivero, Eulalia Solé, Nacho Parra, Carlos Sentís, Sergi Pàmies, Carlos Ponce, Benjamín Herrero, Jorge de la Paz, y un generoso etcétera. Sus lectores no es que confundan el estilo, sino que no sabrían reconocerlo si lo hubiera, ni tendrían por qué: leer a Bryce, o decir que se lee a Bryce es un signo de distinción no muy diferente de presumir unos tenis Nike o mostrar un adorno de Gucci.

En su elogio de Tomás Segovia hace unos años, con motivo del premio de la FIL decía Antonio Alatorre: “El premio Juan Rulfo es cosa solemne”. Tenía razón. Era el premio que habían recibido Nicanor Parra, Juan José Arreola, Sergio Pitol, Tomás Segovia. A continuación recordaba Alatorre la aprensión con que veía Segovia al escritor que no escribe para el lector, sino para el editor, al editor que produce para el distribuidor, hasta llegar al comprador que compra “no lo que desea, sino lo que le adoctrinan que desee”. Su conclusión era devastadora: “Si un día la lectura se vuelve de veras y del todo consumo de libros, si un día todo el deseo del hombre se confunde con el deseo de consumo, habrá desaparecido lo que hace que valga la pena vivir”.

Amanece ese mundo. Un signo de los tiempos, el premio de la FIL ya no es cosa solemne. Es una operación publicitaria con comparsa de figurones. El extraño jurado, encabezado por Jorge Volpi, mira a Segovia y Alatorre, y les dedica una trompetilla. Se puede decir más fuerte pero no más claro: seamos adultos, esto es un negocio, nada más.

15 de septiembre de 2012