Mara: noticia del porvenir

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Entre nosotros no se puede dar mucho crédito a las estadísticas: en general, representan sólo una parte de la realidad, la que de algún modo y por alguna razón pasa a través de las redes institucionales. Sabemos que no es toda, ni mucho menos. No obstante, descontando la inexactitud, sirven a veces para indicar tendencias. Tengo ahora delante un conjunto de cuadros con las cifras de linchamientos en el país, en las últimas dos décadas: hasta 1993 se cuentan tres o cuatro cada año; a partir de 1995 son alrededor de cuarenta, con algunos altibajos: años de cuarenta y siete, años de treinta y nueve. De la mayor parte de ellos ni nos enteramos porque aparecen, si acaso, en la nota roja de periódicos locales. Doy por descontado que habrá más y que los números son sólo aproximaciones: con todo y eso, el fenómeno parece indudable.

En el plano más general las causas no tienen mayor misterio. Coincide la última crisis económica con la inercia de veinte años sin crecimiento y la rápida quiebra de los mecanismos de intermediación política del orden local. La quiebra del PRI, por supuesto; aunque eso no significa que sólo el PRI pudiera garantizar el orden ni que esté hoy en condiciones de hacerlo. En el futuro próximo no puede nadie.

Los linchamientos son manifestaciones extremas y relativamente raras de una violencia social que empieza a hacerse cotidiana. No es una sorpresa para nadie que haya enfrentamientos entre ambulantes, taxistas, colonos o campesinos, tampoco que haya motines, bloqueos de carreteras. Junto a eso está el crimen organizado, con su lógica y su sistema, con capacidad para una violencia ilimitada y cada vez con más recursos para imponer sus condiciones. También otras formas de delincuencia más difíciles de entender, como ese espectro que es la Mara Salvatrucha 13.

Puesto en términos muy simples, quienes integran la Mara Salvatrucha son jóvenes, muchos miles de jóvenes mexicanos y centroamericanos desplazados de todo, de la economía, de la familia, de la educación y del mercado de trabajo, que saben que en cualquier momento podrían morirse y que su muerte sería insignificante, porque están de más. Y han hecho de esa última miseria un recurso de poder: puesto que están dispuestos a morirse en cualquier momento también se atreven a cualquier cosa. Inspiran terror porque verdaderamente no tienen nada que perder.

En muchos sentidos la Mara Salvatrucha es un fenómeno de frontera. Como se sabe, surgió entre los salvadoreños de Los Ángeles en parte para enfrentar a otras pandillas, en parte como modo de vida en los Estados Unidos, en parte también como una secuela de las casi dos décadas de guerra civil de El Salvador. Era un precipitado de la doble experiencia de la miseria y la guerra y una forma primitiva de solidaridad en un mundo extraño. Tuvo éxito, sobre todo por su extraordinaria crueldad. Actualmente se dedica a parasitar a los emigrantes centroamericanos que tratan de llegar a Estados Unidos; son el blanco ideal: son decenas de miles, sin vínculos con la población local y obligados a moverse fuera de la vista de la policía, sin protección de ninguna especie.

También participa la Mara en el tráfico de drogas y de cualquier otra cosa pero hasta ahora con una lógica distinta a la de los carteles conocidos. Básicamente brinda protección. Si acaso, sus miembros se parecen a los muchachos que se contratan como sicarios. Los maras no acumulan, no compran hoteles ni clubes de fútbol para lavar dinero, no se fabrican mansiones, no tratan de pagarse ninguna forma de respetabilidad local. Su masa es de jóvenes, adolescentes de doce, quince, dieciocho años con una idea simplísima y salvaje: vivir la vida loca, andar siempre en las nubes, con la clica, imponerse, doblar a quien sea, abusar de cualquier mujer y bajar a cualquier hombre, sin rajarse, vivir a base de segundos, la vida loca. Algo demencial, sí: un reflejo grotesco del consumidor ideal de nuestra economía, que siempre quiere algo más y otra cosa y la quiere de inmediato, sin razón.

Los maras inspiran miedo también por los tatuajes, por su forma de comunicarse con gestos, retorciendo los dedos. También en eso se sitúan fuera de la sociedad, más allá del lenguaje hablado. No hay misterio: lo que tienen que decir no necesita palabras. De hecho, hay algo deliberada y explícitamente animal en los tatuajes y los ademanes, en el uso del cuerpo como sistema de señales, pero no es más que llevar a sus últimas consecuencias el lenguaje de los video-juegos, también el de los ejecutivos que se entienden con los dibujos de una presentación en power-point. Vivimos en el mismo mundo.

La Mara es un parásito monstruoso de la desigualdad: una última rebelión de los condenados de la tierra, que de verdad ya no esperan absolutamente nada. No tiene ningún significado político ni es probable que llegue a tenerlo, pero es un síntoma de todo lo que nuestra política no puede hacer. En muchos sentidos, es uno de los rostros del futuro. Digámoslo de nuevo: la Mara es un fenómeno de frontera, sólo que hoy todo el mundo es frontera.

La Crónica de hoy, 8 de diciembre de 2004