Más vale olvidarse

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El destino de las noticias suele ser bastante instructivo: las hay que sirven para alimentar periódicos y noticieros durante semanas, noticias que se prestan para declaraciones, denuncias y escándalo, y las hay que están condenadas a olvidarse, sin que nadie les preste mucha atención. Eso no dice que los asuntos sean más o menos importantes, por cierto, pero sí dice qué tan interesantes y aprovechables son para los políticos. Con frecuencia sucede que los hechos más insignificantes, que sólo se prestan para especulaciones vacías e hiperbólicas, tengan una larga vida periodística y terminen fijándose en la imaginación de la gente, como símbolos de algo trascendental. Sucede también que lo más grave no llega a ser noticia siquiera: no se nota.

Hace unos días, la Comisión Nacional de Derechos Humanos emitió una recomendación particularmente dura, dirigida a las autoridades de la Procuraduría General de la República. Con toda clase de pruebas y razones, acusaba a varios agentes de policía de trato cruel e inhumano, homicidio, falsedad en declaraciones públicas, encubrimiento y una variedad de delitos accesorios. Es decir: lo de todos los días. Nadie se sorprende, nadie se escandaliza, ningún político encuentra el modo de sacar provecho con ello; es de las noticias que están destinadas a desparecer pronto y olvidarse sin mayores consecuencias. Hubo en la semana además muchas otras cosas, de más entidad, más a propósito para que nuestros políticos hicieran aspavientos: el señor Castañeda cenó con el señor Salinas, la Cámara de Diputados ordenó la compra de nuevos coches, comparado con esas enormidades, el hecho de que unos policías torturen y asesinen a un ciudadano, que después se ocupen de encubrirlo y que sus jefes los protejan, eso es una minucia. Y es algo en lo que todos los partidos saben que tienen, como se dice, el tejado de vidrio, y más vale olvidarse y no agitar mucho el agua.

Es curioso porque casi todos ellos hicieron sus campañas electorales denunciando la inseguridad: el señor Fox y el señor López y casi todos los diputados; y todavía se les oye cada tercer día, como si estuviesen en campaña, hablando alarmados de la inseguridad en la jurisdicción del vecino, echándose en cara unos a otros cifras y porcentajes de delitos. Pero a ninguno se le ha ocurrido que eso, la brutalidad y el sistema de complicidades de la policía, tenga algo que ver con la inseguridad. De eso, mejor no hablar mucho. Por si acaso, los medios de comunicación se apresuran a echar la mano cuando dan la noticia –ni modo, hay que darla- anticipando una disculpa extravagante, pero de efecto indudable: la víctima era un secuestrador; si se le hubiese detenido y hubiese habido un juicio seguramente habría habido pruebas de que era un secuestrador. Eso dicen.

Hubo declaraciones de la Procuraduría, desde luego, para decir lo que ya se sabe: el riguroso apego y el respeto irrestricto. Hasta las últimas consecuencias. Porque no puede quedar en entredicho el prestigio de la dependencia. Más todavía: que si acaso alguien hubiera incurrido en error o negligencia, se actuaría conforme a derecho. Si acaso. Con el mismo ademán de siempre, el mismo gesto indignado y amenazador; y se tiene la sensación de haber oído lo mismo cien veces. Tantas que resulta aburrido hablar del caso.

La gente tiene miedo y es normal. La gente querría que alguien –quien sea- atrapara a los secuestradores y los matara a palos: es una reacción primitiva, idiota, contraproducente y salvaje, pero que se entiende. Tristemente. Incluso hay quienes están en la idea de que la policía es más eficaz cuanto más bestial, que cumpliría mejor con su tarea si puede hacer y deshacer sin miramientos y despedazar a los delincuentes en el camino. Lo que no se entiende, ni se entiende ni se puede perdonar, es que nuestros políticos piensen más o menos lo mismo y reaccionen de modo parecido, que dejen pasar un caso como éste sin darle mayor importancia: porque significa que no entienden ni remotamente el problema de la policía, que nos prometen lo que sea, sin pararse a pensarlo, y que no tienen ni idea de lo que dicen cuando hablan de la inseguridad.

Seamos claros. En México hoy, el hecho político más grave, sin comparación, es que no tenemos policía. Hay el nombre y la idea de las atribuciones que le corresponderían, hay varios miles de personas armadas, con credenciales y con una endeble vinculación jerárquica: falta todo lo demás, lo que hace a una policía. Y eso quiere decir que el resto de las funciones e instituciones del Estado están cimentadas sobre arena.

Todos en México, incluídos los políticos, los procuradores y los policías, todos hemos nacido y crecido despreciando a la policía, mirándola con aprensión, con temor, con absoluta desconfianza. Sabemos que se trata de una colección de grupos armados, hechos al abuso y a la arbitrariedad, que se ofrecen en alquiler y que a fin de cuentas escapan a cualquier forma de control. Tienen sus rutinas, sus mecanismos de encubrimiento, sus arreglos para mantenerlo todo lo bastante turbio y que nadie se meta con ellos. A veces atrapan a algún delincuente, a veces dicen que atraparon a algún delincuente, a veces se pasan con armas y bagajes del lado de los delincuentes, a veces los dejan hacer; es imposible saberlo. Sus propios jefes no lo saben. No saben ni cuántos policías hay bajo sus órdenes ni qué hacen, los protegen por inercia, por miedo, por pura ignorancia de lo que sucede; con más razón cuando se esgrime algún pretexto verosímil para la brutalidad, porque también ellos incurren en la supersticiosa idea de que la violencia es un signo de la eficacia y que una violencia bestial es signo de una eficacia enorme. Y no hay modo de convencerlos de que es exactamente lo contrario: que la arbitrariedad es el síntoma más claro, transparente, de la incompetencia policiaca, que contribuye como pocas cosas a perpetuar la inseguridad. Que el grado mayor de eficacia a que puede llegar una policía consiste en inspirar confianza.

Entre nosotros, el “prestigio de la dependencia” se identifica con el secreto. Esa idea, mezclada con el confuso ánimo vengativo de la gente, contribuye a dejar las cosas como están. Es decir: un poquito peor cada día. No puede saberse, la verdad, si es de burla o de buena fe, pero nuestros demócratas jefes de ahora, como los de antes, siguen diciendo que si acaso alguien ha incurrido en error o negligencia, será sancionado. Si acaso. Será un “mal elemento” que no debe empañar el prestigio. Es la salida más airosa que han conseguido imaginar, después de purgar inútilmente a varios miles de malos elementos. Porque no saben qué hacer, pero quieren seguir con el empleo.

De vez en cuando exhiben una flota de coches nuevos, en formación elegantísima. Y le declaran la guerra a la delincuencia, guerra sin cuartel, una vez por semana, más o menos. Nada más. Ninguna idea que contribuya a ordenar las cosas en serio, a darnos una policía digna en el futuro, por remoto que fuese. Bien: también anuncian de vez en cuando que les han dado un cursillo de civismo a los agentes. Aquí el que no se contenta es porque no quiere. Ya lo dijo el procurador: se ha actuado, se actúa, se actuará siempre conforme a derecho. El señor López puede seguir haciendo bromas cada mañana; el señor Fox puede seguir hablando del país que le gustaría gobernar; los diputados tendrán ocasión de tirarse los trastos a la cabeza por el motivo que sea. Aquí no ha pasado nada: el señor Guillermo Vélez Mendoza fue torturado, golpeado con saña, asfixiado hasta la muerte. Son cosas de la policía: más vale olvidarse.

La Crónica de hoy, 2002