Mejor que sea una pedrada

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En la Historia de la columna infame relata Manzoni el proceso y la ejecución de un barbero y un comisario de sanidad acusados de propagar deliberadamente la peste en Milán, en 1630. Torturados, ambos confesaron y fueron descuartizados en vida. A la distancia, el episodio parece un ejemplo de barbarie, sobre todo por el descuartizamiento. Sin embargo, a nadie le debe resultar del todo extraño.

Ya nadie cree, o casi nadie cree en la existencia de los “untadores”, esos personajes que iban con un cubo y una brocha untando la fachada de las casas con humores capaces de provocar una epidemia. Entre otras cosas, porque el método resulta un poco primitivo. Pero la lógica del chivo expiatorio tiene la misma vigencia de siempre, y funciona hoy igual que antes, y por las mismas razones.

Toda sociedad necesita un lenguaje forense para explicar las catástrofes: un conjunto de recursos culturales para atribuir a alguien (o algo) la culpa cuando sucede una calamidad. Hace falta no sólo una explicación, sino una explicación convincente, que confirme lo que el sentido común dice acerca del orden del mundo. Es un mecanismo de defensa de la normalidad en situaciones excepcionales. Y sirve para eso precisamente porque no se nota, porque la explicación resulta absolutamente obvia.

La atribución providencial no es muy popular en los tiempos que corren. Si alguien quisiera explicar una catástrofe –una epidemia o un terremoto—como producto de la voluntad divina, un castigo de dios, por ejemplo, en general se pensaría que es un fanático. Y se diría que no hay que hacerle mucho caso. La atribución naturalista nos parece más sensata, más conforme con lo que dice la ciencia: placas tectónicas, mutación de virus, calentamiento global. Sin embargo, no es nunca suficiente. Las sociedades modernas, como todas las anteriores, tienen una especial predilección por la atribución humana de la culpa. Incluso con el rodeo de las causas naturales, para pagar tributo a la ciencia.

Entre nosotros, si se tratara de explicar una inundación en Tabasco, por ejemplo, y alguien dijera que la cuenca del Grijalva forma una planicie inundable, es decir, propensa a inundarse, y que además ese año llovió mucho más de lo que se podría haber esperado, la explicación inmediatamente nos resultaría sospechosa. Y nos preguntaríamos a quién se está tratando de proteger. Porque sabemos que hay responsabilidades políticas y que no hay ninguna casualidad: alguien que no invirtió lo suficiente en las presas, alguien que no hizo el cálculo adecuado sobre el régimen de lluvias, alguien que no supo o no quiso alertar a la población. Alguien que se robó el dinero. O de plano alguien que quería provocar la inundación. Y así con todo lo demás. La ciencia sirve sólo para fingir algún fundamento para señalar al chivo expiatorio que toque en cada ocasión.

Bajo un aspecto intensamente político, es una variedad del pensamiento mágico, de efectos bastante ambiguos. Por una parte, es muy tranquilizador imaginar que detrás de la catástrofe hay una voluntad humana: significa que podría haberse evitado, significa que tiene remedio y puede impedirse en el futuro. Al mismo tiempo, resulta mucho más indignante. Decía Rousseau que no duele lo mismo una pedrada que una teja que nos cae por accidente. En la pedrada, sobre el dolor físico está el agravio, y la necesidad de que se haga justicia.

Pienso, naturalmente, en las reacciones de la prensa mexicana durante la pasada epidemia de la gripe porcina o como se le quiera llamar. Y en la inapreciable utilidad que tiene para nosotros el gobierno como chivo expiatorio. Sigamos a los más agudos, a los que no se dejan engañar tan fácilmente. Al principio, todo era un cuento, no había virus ni epidemia ni nada (¡Qué epidemia ni qué ocho cuartos!); después, el gobierno exageraba en las medidas, no había para tanto, era una cortina de humo; más tarde, resultaba ser todo lo contrario: se había ocultado la enfermedad, se había minimizado, se había hecho demasiado poco demasiado tarde. Y toca ahora la sospecha de que el virus mismo haya sido producido deliberadamente: no podemos permitir ni eso, ni que los virus muten porque sí, varias veces al día; necesitamos una multinacional inhumana o un arma de diseño para una guerra bacteriológica.

Como de costumbre, recibido el golpe, siempre preferimos que haya sido una pedrada. Y seguir alimentando el sentimiento de injusticia, en un mundo mágico en que todo –de verdad: todo—se decide en Bucareli o en Los Pinos. Lástima de civilización: ¡Sería tan tranquilizador que pudiésemos descuartizar a alguien de vez en cuando!

 

La Razón, 23 de mayo de 2009