Mexicanos son los otros

Etiquetas: , ,

Escucho por encima, sin prestar mucha atención, vacías, confusas conversaciones de aeropuerto, de ésas en que se trata de explicar a algún extranjero lo que va a ver o lo que ha visto en el país. Alguien detrás mío: “Es que los mexicanos somos muy como medio tradicionales”; alguien más: “Los mexicanos somos muy apegados a la familia”. Estoy de mal humor, con malhumor de aeropuerto. Me pregunto: ¿de qué habla esta gente? ¿Quiénes son esos mexicanos que son medio tradicionales, tan apegados a la familia? Más: ¿Quiénes son los mexicanos? Ya sé que no existen, ya sé que esos atributos y los demás que suelen mencionarse como típicamente mexicanos son sólo fantasías; sin embargo, la gente habla de ello, de los mexicanos y sus rasgos de carácter, como si fuese algo absolutamente real. Muchos hay que incluso se identifican con ese tipo de definiciones. Se sienten mexicanos y por eso se saben medio tradicionales, apegados a la familia.

Por una rara fortuna –es imposible buscar una lógica para la industria editorial- tengo entre manos un ejemplar de La jaula de la melancolía, de Roger Bartra, en una reedición de este año, es decir, que con algo de suerte se encuentra en librerías. La idea básica es absolutamente convincente: lo mexicano sólo tiene una existencia literaria, el mito del carácter nacional es un producto de las elites, producto de su manera de mirar la vida campesina, la vida obrera, la de los desclasados urbanos; puesto en circulación en los medios de la cultura popular, ofrece a la gente una idea de sí misma, una explicación de su mundo, un modelo dentro del que ajustar sus defectos. También la sensación de pertenecer a una entidad, digamos, espiritual, con vida propia. Cada uno de los rasgos, cada estereotipo tiene su lógica, su historia: el del héroe agachado, el campesino melancólico, que no sabe qué hacer una vez expulsado de su Edén; el del pelado: bravucón, resentido, acomplejado, escurridizo y sentimental, preso de un primitivismo estúpido y sin remedio. Son recursos para explicar las formas elementales de relación política e incorporarlas en un registro emotivo.

Entre muchos, un ejemplo clásico: la idea de que en México la vida no vale nada y, por eso, los mexicanos miran la muerte con indiferencia. Hasta se ríen de ella. Hay sin duda, dice Bartra, la conciencia de los hombres, mexicanos o no, que experimentan una vida de fatigas y humillaciones y se saben expuestos directamente a las inclemencias de la sociedad y la naturaleza. Desde una posición más segura, siempre parecerá una actitud fatalista. Ahora bien: como rasgo del carácter nacional, la idea de que la vida no vale nada traduce en realidad el desprecio de las elites hacia los miserables, que mueren como animales porque viven como animales. Es esa vida la que no vale nada, esa muerte es la que puede ser vista con indiferencia, como un dato estadístico. Cuando se generaliza esa mirada, cuando se adopta como rasgo del carácter nacional, lo que se hace es asimilar el desprecio de las elites, como cosa de risa. O como si fuese lo más natural del mundo: porque somos mexicanos.

Hace tiempo que no se escribe ya sobre el carácter nacional en México. Después de los libros de Bartra y de Claudio Lomnitz es imposible que nadie se lo tome en serio, salvo como motivo literario, de una literatura pasada de moda. Con todo, podría volver. Gracias al choque de las civilizaciones y los avatares recientes del multi-culturalismo, es un tema del que se habla de nuevo en otras partes, en Estados Unidos por ejemplo, donde ha permitido el desarrollo de una pequeña industria de antropología prêt à porter. Entre nosotros, por ahora, sigue vivo en el sentido común de mucha gente. Basta encender el radio para confirmarlo. Lo interesante es que ha cambiado su significación. Lo mexicano era antes un misterio, un vago apremio metafísico, a veces una tragedia: hoy es básicamente un estorbo.

Lo mexicano nunca fue absolutamente admirable. Era un modo de ser decaído e incompleto, melancólico, pero no dejaba de tener alguna dignidad. El carácter nacional que imaginaron Samuel Ramos, Jorge Portilla, Emilio Uranga, Octavio Paz, era una elaboración literaria más o menos elegante, con dosis variables de especulación histórica, fenomenología, atisbos de un psicoanálisis impresionista, imaginación poética. Hoy es un estereotipo denigratorio, sin más; un residuo misceláneo de todo aquello, triturado por el sentido del humor de Televisa. Lo mexicano es lo que tenemos que superar y dejar atrás cuanto antes, porque nos impide ser modernos.

En público se usa todavía la primera persona del plural, pero es bastante obvio que quienes escriben o hablan –periodistas, escritores, articulistas, locutores- no se sienten implicados en lo que dicen; cuando se lamentan diciendo que los mexicanos somos corruptos, flojos, improvisados, abusivos, autoritarios, apocados, están diciendo que ellos no lo son. Los mexicanos son los otros, a los que hace falta modernizar. El uso de las encuestas es muy útil para esa operación; los mexicanos a los que todavía les cuadra el estereotipo, los mexicanos por antonomasia son ese sesenta, setenta, cincuenta y cinco por ciento que no responde como debería hacerlo: los que dicen que prefieren la justicia por encima de la ley, los que se oponen a la privatización de PEMEX, los que se creen que no pagan impuestos.

No es una sorpresa que esa manifestación degradada del carácter nacional se identifique principalmente con lo que se ha dado en llamar el “antiguo régimen”. Es interesante porque significa un cambio en las reglas que organizan la vida pública. Cada vez más, los tópicos con que se define lo mexicano se emplean para describir el comportamiento de los políticos, de los diputados en particular, el comportamiento de los sindicalistas, de los maestros del sistema público, de tianguistas, colonos, microbuseros y ambulantes, de los campesinos que piden precios de garantía, subsidios o protección arancelaria. Se sugiere, desde luego, que hay otra forma de ser mexicanos, que consiste precisamente en no ser como “los mexicanos”; como se dice, con un desprecio infinito: los mexicanos “también pueden ser triunfadores”.

Con eso se consiguen dos cosas. Lo primero, se desplazan los conflictos reales al terreno cultural; no hay problemas de asignación de recursos, distribución del ingreso, no hay problemas laborales, de política fiscal, de empleo, sino un único problema de mentalidad, se trata del modo de ser de los mexicanos. Y el estereotipo resulta tan desagradable, bárbaro, irracional, que la elección no ofrece ninguna duda. Lo segundo, la caricatura del carácter nacional sirve para desechar automáticamente cualquier manifestación de nacionalismo, por sensata que pueda ser: con respecto al petróleo, la educación o la política exterior; los reparos contra la inercia cosmopolita no son más que ridiculeces de mexicanos acomplejados, flojos, primitivos.

Pienso, sólo por ejemplo, en las declaraciones recientes del presidente Fox, cuando anunció la ayuda a los damnificados por los huracanes: con toda la claridad de que es capaz avisó que habría ayuda, pero que nada sería “de gorra”. Lo dijo seguramente de buena fe, sin ánimo de burla, convencido. Se dirigía al mexicano imaginario, todavía anclado en el antiguo régimen, que espera que todo se lo regale el gobierno. Lo de menos es que nunca haya habido nadie que recibiese “regalos” del gobierno ni nadie que esperase recibir ayuda “de gorra”, ningún campesino chiapaneco o veracruzano por lo menos, lo que importa es que la imagen es para él absolutamente real. Está librando una batalla cultural, contra el modo de ser del mexicano. Y no está solo, ni mucho menos.

 

La Crónica de hoy, 26 de octubre de 2005