México, o los políticos

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No he leído el libro del General Antonio Riviello Bazán, de modo que podría estar malinterpretando lo que dice: los tres o cuatro pasajes que transcribe Milenio son por lo menos inquietantes. El tono victimista es normal, es el de casi cualquier corporación de identidad fuerte y con una elevada idea de la importancia de su misión. Con todo, decir que las fuerzas armadas “hasta hoy sólo han sido blanco de ingratitudes, deslealtades y olvido” es un poco exagerado. Resulta intranquilizador que ese sentimiento de injusticia se articule con una denuncia del sistema político: “El Ejército y la Fuerza Aérea han pagado un precio muy alto por una democracia que no les sirve, por un sistema de gobierno que los ha usado de manera desleal para legitimar sus desaciertos o sus ambiciones”. No consigo adivinar qué precio haya pagado el ejército por la democracia ni en qué o para qué debería ésta “servirle”, pero la frase lleva algo más que una queja corporativa.

Le preocupa al General Riviello, seguramente con razón, el probable desprestigio del ejército como consecuencia del lugar que se le ha asignado en la estrategia actual de lucha contra el narcotráfico. Pero, de nuevo, el argumento se desliza hacia la política: “las fuerzas armadas deben ser absolutamente leales a su pueblo, a su comandante supremo y a las instituciones de la República; sin embargo, no pueden ni deben, como poseedoras de las armas de la nación, estar confiadas a los errores y aciertos de quienes, por voluntad de los ciudadanos, hoy ejercen el poder y mañana no.” ¿Qué significa la adversativa? No suena muy bien que las fuerzas armadas sean “propietarias” y ya no sólo “depositarias” de las “armas de la nación”, pero el “sin embargo” es más desconcertante. ¿A quiénes, de los que ejercen el poder por voluntad de los ciudadanos, no debe obedecer el ejército?

En términos más abstractos, más tajantes si cabe, repite la misma idea cuando habla del prestigio del ejército. Se sitúa en un pasado que, en el contexto del artículo de Milenio, no se entiende del todo bien, pero la frase es transparente: “era importante elegir: el pueblo o los partidos, México o los políticos”.

Los generales no suelen hablar de política, pero sin duda les preocupa. Se forman una opinión, como todo el mundo, leyendo la prensa, viendo la televisión. Y la mitad de nuestra clase opinante lleva ya muchos años dándole a la matraca de la antipolítica: ¡son todos iguales, no representan a nadie, que se vayan todos, anula tu voto! En ésas estamos: el pueblo o los partidos, México o los políticos. Nadie puede llamarse a engaño. Podría ser un toque de diana.

 

La Razón, 11 de junio de 2009