Mirar más alto y más lejos

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A veces la política es difícil de entender; parece ser cosa de políticos. Hay por eso siempre la tentación de simplificarla para hacerla más atractiva, reducirla a una fórmula elemental, de sí o no, de buenos y malos. Y entonces se entiende todavía menos. Es posible inspirar algún entusiasmo, despertar una gritería airada y hacer rebotar los índices de popularidad, pero con frecuencia el resultado es más confuso aún y nunca está a la altura de lo que podía esperarse.

Pienso en el gran tema, casi el único de la semana pasada, de la solicitud de juicio para desaforar a los líderes del sindicato petrolero. Bien mirado, es más bien un asunto de poca monta y que sólo lateralmente se refiere al interés público: la acusación es verosímil y endeble, no muy grave, contra unos pocos dirigentes sindicales; lo normal hubiera sido que ni siquiera llamase la atención, salvo por el hecho de que sean diputados. Que tampoco es tan serio. Se ha llevado de tal manera, sin embargo, que parece poner al país al borde de una crisis que algunos anuncian apocalíptica, con escasez de gasolina, déficit fiscal, suspensión de pagos y demás.

Descontemos la inevitable dosis de histrionismo que hay siempre en la política, la necesidad de agitar y hacer escándalo: es tan poca cosa lo que pueden ganar unos y otros que todo el asunto parece desmesurado, irracional. Mucho más en estos días en que el Presidente está más conciliador que nunca, repitiendo que ha llegado el tiempo de los acuerdos entre los partidos, que es hora de mirar más alto y mirar más lejos y convencer a todos de que hay rumbo y destino. La escaramuza es de lo más pequeño, inmediato y desorientado que se pueda imaginar.

Si se piensa un poco, es posible que el motivo de los forcejeos sea precisamente la perspectiva de los acuerdos que vienen. El pleito dice que todos, en el gobierno y en la oposición, tienen miedo; que nadie está seguro ni de su electorado ni de sus militantes, ni de la disciplina de sus diputados ni de lo que significa su representación. En esas condiciones, cualquier acuerdo sustantivo debe parecer un túnel: oscuro, retorcido y quién sabe con qué salida.

Por parte del gobierno hay el compromiso de combatir la corrupción, que es uno de los pocos referentes explícitos del cambio. Con razón se supone que la gente espera hallazgos espectaculares y escarmientos inolvidables, un tesoro oculto que baste para cubrir la deuda externa y dos docenas de antiguos secretarios de Estado metidos en la cárcel (se dirá que es una fantasía idiota: pero a base de eso se hizo la campaña electoral). Lo malo es que, al cabo de dos años de empeñosas investigaciones, no hay nada ni parecido para ofrecer a la gente; peor: no queda más remedio que invitar al PRI para que contribuya a “gobernar el cambio” junto con el PAN. No puede ser. Antes de llegar a ningún acuerdo hace falta una demostración de fuerza y ánimo combativo, dejar bien claro que el gobierno no acepta presiones y que hará cumplir la ley caiga quien caiga y hasta donde tope.

Para ese propósito, lo de PEMEX prometía. Las primeras filtraciones, las alusiones oblicuas de los funcionarios dejaban entrever una tómbola de millones que implicaba a todos, del Presidente abajo. Parecía el caso perfecto para escenificar el juicio final del antiguo régimen, incluyendo al partido, los sindicatos, las paraestatales y los amigos del Presidente. A última hora, resulta que no daba para tanto. Puede quedar en un par de acusaciones dudosas contra los dirigentes de un sindicato, es decir: casi peor que nada. Como invitación al diálogo, resulta poco amable; como exhibición del cambio, es algo irrisorio; como preámbulo de los acuerdos legislativos, significa abrir la puerta para que el PRD retome por su cuenta y en solitario la bandera de la lucha contra la corrupción, mirando al Fobaproa, por ejemplo. No hay modo de entender los cálculos que se hayan hecho para darle al tema la dimensión que tiene.

Por parte del PRI hay la necesidad urgente de reintegrarse: cerrar filas, evitar disidencias y cuidar a sus militantes, y ofrecer al mismo tiempo, como partido de oposición, la imagen de una alternativa realista, razonable, sólida. Eso significa que sus dirigentes tienen que aparecer diciendo que no amparan la corrupción, pero que defenderán a los dirigentes petroleros. No pueden abandonarlos de buenas a primeras, sin arriesgarse a una desbandada calamitosa; pero no pueden tampoco empeñarse en una defensa cerril de los suyos, contra viento y marea, si quieren ofrecer un rostro más o menos amable y atractivo para las elecciones del año que viene.

Antes de llegar más lejos en la negociación de cualquier acuerdo con el gobierno, el PRI tiene que dejar bien claro que es un partido de oposición. Tiene que mostrar algo de fuerza y poner límites, tiene que convencer a sus militantes de que no va a ceder en lo fundamental, tiene que recuperar algún crédito y exhibir una identidad reconocible. Ahora bien: para lograr todo eso, oponerse al desafuero es bien poca cosa. De hecho, es peor que nada. Sirve para dar la razón al antipriísmo más rudimentario. Da lo mismo que haya o no un fundamento razonable para las acusaciones, lo que se ve es una colección de viejos caciques derrotados, arrinconados, tratando de salvarse a la desesperada; por otra parte, subrayar el caso con desplantes espectaculares da la idea de que, como oposición, el PRI no tiene otra cosa más importante que hacer sino cuidar a los suyos.

Por cierto: el PRD, que no tiene previsto participar de los acuerdos, tampoco las tiene todas consigo, aunque sus dirigentes se manifiesten con entusiasmo en favor del desafuero. Porque es empezar a jugar con fuego. Ellos tienen también sus sindicalistas y sus “luchadores sociales” que tendrían que poner sus barbas a remojar.

El caso es de poca importancia en sí mismo. Pero resulta muy revelador. Dice que nuestros políticos, todos, están asustados y tratando de nadar y guardar la ropa, con un ojo puesto en su militancia y otro en el vacilante termómetro de la opinión; los acuerdos les hacen falta: al PAN, para gobernar, al PRI para demostrar que es un partido responsable. Pero resultan muy difíciles de tragar.

También podría ser que hubiese mar de fondo. Seamos un poco optimistas. A lo mejor es verdad que hay quienes miran más alto y más lejos, como dice el señor Presidente. Aunque no se hable de ello por ahora, el escándalo ha servido también, entre otras cosas, para poner en evidencia el extraordinario peso de PEMEX: la posibilidad de la huelga, por remota que sea, ha hecho que todos caigan en la cuenta de que el Estado depende absolutamente del funcionamiento normal de PEMEX. Para bien y para mal. También ha servido para que se note lo mejor y lo peor del sindicalismo. A lo mejor no es una casualidad ni una torpeza.

Hay dos asuntos fundamentales de los que tendría que ocuparse esta legislatura; precisamente los que requerirían el acuerdo del PRI y el PAN: la reforma energética y la reforma laboral. Detrás del pleito municipal de los tres diputados y el juicio de desafuero, como telón de fondo y como andamiaje están el petróleo y los sindicatos, los problemas de la energía y las relaciones laborales. A lo mejor lo que tenemos servido, sin darnos cuenta, es el aperitivo de la discusión pública sobre ambos temas.

La Crónica de hoy, 17 de septiembre de 2002