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En los actos públicos en que intervienen representantes del Estado hay un protocolo más o menos aparatoso para significar que son otra cosa, distinta de cualquier reunión de particulares. Puede ser exagerado a veces, incluso un poco ridículo, pero es necesario. Hay a quien le gana la risa cuando se habla del Honorable Congreso de la Unión o el Heroico Colegio Militar, cuando se discute casi con angustia la posibilidad de que el presidente escuche a los diputados el día del informe. Tampoco resultan muy naturales las togas de los ministros de la Suprema Corte. Ahora bien: todo eso hace falta, para constituir al Estado señalando un espacio distinto, separado de la vida ordinaria. Todo eso sirve o debería servir para subrayar el carácter impersonal de las funciones públicas.

Aparte de los aspectos puramente rituales del protocolo, también se espera de los representantes del Estado un modo de hablar y de presentarse, se espera que sepan controlar sus expresiones, sus gestos y sus estados de ánimo precisamente por eso: porque representan al Estado, en todo momento. Ejercen una autoridad que no es personal y que les pone límites a ellos en primer lugar. No pueden decir lo que les venga en gana, no pueden comportarse de cualquier manera porque ocupan un puesto en un orden cargado de valor simbólico. Ésa es la teoría. En la práctica, la formalidad siempre parece un poco hueca porque se pueden adivinar caprichos, intereses, rencores demasiado humanos. Los políticos siempre parecen hipócritas, y es lógico que sea así: el recurso más viejo y más fácil del humorismo político consiste en caricaturizar las fórmulas rituales para decir que están vacías, que ni honorable ni heroico ni nada. Pero no podemos prescindir de la etiqueta.

Por cierto: el protocolo también es importante porque puede romperse en alguna ocasión. Para hacer más efusivo un reconocimiento, por ejemplo, para subrayar la importancia de un gesto, para hacer más enfática una protesta. Es algo delicado, que requiere un raro dominio del matiz, conciencia de los límites y un sentido muy claro de la situación.

La semana pasada el presidente Fox decidió no saludar al presidente municipal de Tijuana, señor Hank Rohn. Lo dejó con la mano tendida en dos ocasiones, en actos públicos. No tengo idea de lo que haya querido decir con eso y nadie nos lo ha explicado, no se puede saber si tiene problemas personales con el señor Hank, si no le gusta Tijuana, si está enojado con el PRI o le molestan los presidentes municipales, acaso se imagina que eso demuestra que tiene muchos pantalones. El gesto es injustificable. Entre particulares no sería más que un signo de mala educación, entre dos representantes del Estado no se puede admitir. Es poca cosa, ya lo sé, pero es grave como indicio: el señor Fox no acepta las restricciones y exigencias de su puesto, no entiende el protocolo ni quiere entenderlo, no le importa. El desplante es uno de tantos, por eso resulta revelador.

Lo que dice el presidente, en los hechos, es que el protocolo le parece una ridiculez. Es un hombre práctico, con alma de empresario según dice, y le estorban las ceremonias y hasta las fórmulas de cortesía: la política consiste en mandar y se acabó, el presidente es un señor que manda mucho, no hay más misterio. Lo demás son, como dice, argüendes de priístas. Para decirlo en una frase, ese estilo desenfadado, irreverente y campechano es indicio de una concepción despótica del poder político. A muchos les hacía gracia al principio la soltura, la desfachatez del candidato, también los primeros deslices del presidente, que podían atribuirse a la inexperiencia, después comenzaron a ser bochornosos sus discursos, sus salidas de tono, sus insultos. Es mucho más grave que eso. El problema no es que sea ignorante, zafio o maleducado, sino que piense la política como cosa personal y ponga por delante sus caprichos, sus humores, sus intemperancias y sus peregrinas ideas personales; no es poca cosa que tenga todos los vicios de los criollos enriquecidos, lo grave es que en su cabeza –eso dicen sus actos- él no es el responsable de la Presidencia de la República, sino el mandamás.

No es el único. En eso López Obrador es idéntico. Ofrece todos los días una rueda de prensa, pero no se presenta como jefe de gobierno de la ciudad de México, no se siente obligado a responder a los periodistas ni a informar nada. Él es Andrés Manuel y lo que hace es payasear, repartir insultos y burlas, exhibirse. También a él le dan risa las formalidades del protocolo y le divierte hacer juegos de palabras, sobre todo le importa hacer alarde de sus atributos personales. Está en el espíritu del tiempo seguramente, la política que tenemos por delante es ésa, sin misterio.

 

La Crónica de hoy, 25 de mayo de 2005