Modelos

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Escuchar a nuestros políticos suele ser desconcertante: da la impresión de que no tienen ni idea de lo que sucede en el país. Han adoptado unas cuantas muletillas para salir del paso y no aciertan a decir nada más. Es posible que sus asesores de imagen les hayan dicho que el público no está para muchas explicaciones, que lo más práctico es insistir en un par de frases de sonoridad agradable, fáciles de memorizar, como las de los anuncios. Así quedan bien y evitan comprometerse. Es posible. No obstante, se repiten de tal manera que hay para pensar de que ellos mismos no van mucho más allá. Quiero decir: no parece que tengan una visión más compleja y mejor razonada, que disimulen en público para situarse en el plano elemental de los anuncios de televisión, no eso, sino que piensan con esa misma rigidez, exactamente así.

El Presidente Fox, por ejemplo, lleva años hablando del “cambio” sin que pueda saberse lo que significa, salvo que es algo bueno. Hay la vaga idea de que todo ha estado mal durante décadas por culpa del PRI y que todo se arreglaría si no existiera el PRI. No se puede saber más. Lo malo es que seguramente piensa eso, tal cual, está convencido de que con ocupar la Presidencia ya ha cumplido y no hace falta otra cosa. Pero no es el único. De hecho, todo indica que la larguísima campaña que tenemos por delante, de aquí al 2006, será de la misma vacuidad. El primero que ha comenzado su propaganda, con aparato de encuestas y manifestaciones de apoyo, es el señor López, jefe de gobierno del Distrito Federal; lleva ya varias semanas explicándose en conferencias de prensa y, por lo visto, lo que tiene que decir son dos simplezas, casi calcadas de las de Vicente Fox.

Según López, todos los males del país son consecuencia del “modelo neoliberal” y todos pueden remediarse con otro “modelo”: el suyo. Su idea es que desde hace veinte años se ha mantenido el mismo “modelo” por pura terquedad –por ignorancia y mala fe- y que ya es hora de cambiarlo. Lo que propone como “modelo” alternativo es de una ingenuidad desarmante: si no hay dinero, se pide prestado; si hay desempleo, estancamiento económico o recesión, el gobierno crea dos centenares de empleos temporales de albañilería. Descontando las burlas y los desplantes, ésa es la parte seria de la propaganda. Después viene el ingrediente sentimental: resulta que en la raíz de todo está la corrupción, concretamente está Carlos Salinas de Gortari. Un villano de carne y hueso, con todo lo que hace falta para resultar odioso. A base de insinuaciones y gestos airados se da a entender que la pobreza del país se debe a la “inmensa fortuna personal” de Carlos Salinas, que además “anda por ahí ya sintiéndose el jefe máximo”. Con eso hay suficiente para tres años de discursos incendiarios.

Si fuese cosa de hablar en serio, habría que decir que no ha habido ningún “modelo”. En los cuatro gobiernos de los que habla López se han seguido, de manera bastante errática, unos cuantos criterios de política económica para controlar la inflación y el déficit público, pero eso no es un “modelo”; hubo temporadas en que se puso un empeño feroz en mantener el tipo de cambio, otras en que sobre todo importaba reducir el gasto, otras más en que lo decisivo eran las reservas, el control de la masa monetaria o la reducción de las tasas de interés. Han sido veinte años desastrosos, eso sin duda: en buena medida consecuencia del desastre de los diez años anteriores. Ha habido errores y disparates: ningún “modelo” aconsejó que se regalara el tiempo fiscal a las televisoras, por ejemplo. Pero ha habido aciertos también, ideas sensatas y políticas muy razonables. Y más nos valdría aprender de todo ello.

Pero López no va a meterse en esos detalles. Porque se perdería el efecto épico que tiene la guerra de los dos “modelos”: del Bien y el Mal. Porque tendría que explicar cómo se ajustan en su “modelo” la inflación, los impuestos, el tipo de cambio, el déficit, la renta petrolera, el sistema de pensiones, el endeudamiento, la inversión extranjera. Más vale ir a lo seguro: los ricos y los pobres, el neoliberalismo y Carlos Salinas. Otra vez, pedir un voto por “el cambio” y confiar en que la gente siga apegada al mismo “modelo” de política: demagógica, gesticulante, pendenciera, oportunista, autoritaria y simplona.

 

La Crónica de hoy, 12 de agosto de 2003