Negociar en Atenco (y en donde sea)

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Proponerse negociar, en la política o en lo que sea, está muy bien. Sobre todo si la alternativa es que alguien se imponga a trancazos. Negociar bajo amenazas, al margen de la ley, o negociar para saltarse la ley, eso ya no está tan bien. Pero puede ser inevitable. La política con frecuencia obliga a eso; la vida también, a veces. Cuando está de por medio el Estado las cosas se complican, porque se supone que al Estado le corresponde precisamente imponerse, por las buenas o por las malas. Incluso a trancazos, si llega a hacer falta. Podemos dar por descontado que a nadie le gusta ese extremo; pero, al menos en teoría, todos tendríamos que estar de acuerdo en que así fuera. Sucede justo lo contrario.

Normalmente coincidimos en que, llegado el caso, lo que debe hacer el Estado es negociar. Suena bien lo del riguroso apego y el respeto irrestricto, y nos gusta que los políticos hablen de todo el peso de la ley. Pero cuando nos toca ver que el peso de la ley le cae encima al Pueblo, nos parece injusto: a todos, empezando por el Señor Presidente. Y acaso con razón. Porque tenemos la impresión de que la ley no es del todo razonable y el Estado no es del todo Estado. Hemos aprendido a arreglarnos con lo que hay, pero eso no quita que sea incómodo.

Los motines de Atenco sirven muy bien como ejemplo. Cualquiera puede ver que son una señal de alarma. No porque un grupo de campesinos ponga de cabeza al gobierno federal y desbarate el lujoso proyecto del nuevo aeropuerto, sino porque aparecieron ya los machetes y las pedradas, los policías apaleados, el secuestro de funcionarios, y el gobierno no puede hacer otra cosa sino negociar. Con lo cual se anuncia que, en adelante, seguiremos viendo en la televisión machetes y pedradas. Pero todos sabemos que, en efecto, no podía hacerse otra cosa.

Puesto el caso en el plano más abstracto y dogmático, no tendría por que haber ninguna dificultad. El gobierno ha actuado en uso de sus facultades, ha decidido una expropiación por razones de utilidad pública y no hay más que hacer, sino imponer el cumplimiento de la ley. Y contra los amotinados, lo mismo: imponer el cumplimiento de la ley. Pero si se baja un poco a tierra es algo más complicado. Para empezar, todos, del gobierno abajo, coinciden en que se podría haber pagado algo más como indemnización; pero aparte de eso está el confuso enredo de nuestra fantasía: la imagen de la milpita de maíz en contraste con las pistas del aeropuerto, la imagen de unos campesinos encarcelados por defender sus tierras. Sin contar que estarán más de dos y más de tres políticos procurando llevar agua a su molino. Y en el fondo, el hecho simplísimo de que el gobierno tiene mala conciencia. Lo mismo que todos los anteriores. Lo mismo que cualquiera de nosotros.

Atenco resulta ser un ejemplo particularmente notorio y casi un modelo. Pero suceden cosas semejantes todos los días, dondequiera. Estamos todos hechos a la idea de que las leyes no son parejas, por principio y con razón desconfiamos del Estado, sabemos que la vida en este país es complicada y no cabe en una sentencia judicial, suponemos que el Pueblo tiene siempre sus razones y sospechamos (con razón) que los ricos siempre salen ganando. Por eso nos parece injusto que se cargue sobre la gente todo el peso de la ley. Con todo y los machetes, cuando salen los machetes, con todo y los políticos dados a pescar a río revuelto, pensamos que lo razonable es negociar. Es incómodo, pero hemos aprendido a arreglarnos con ello, porque es lo que hay.

Buena parte de la turbiedad de nuestra vida pública tiene su origen en esa serie de sobreentendidos, simulaciones y acomodos; porque detrás de ellos asoma la cabeza un bicho curioso, que todavía no terminamos de entender, al que habría que llamar el “priísmo sociológico” (y conste que el nombre no me parece derogatorio). Es no sólo lo que queda del priísmo, después del PRI, sino la trama política que hizo posible la existencia del PRI y el orden de eso que a veces se llama el “antiguo régimen”. Es una serie de automatismos, actitudes, fantasías, una serie de costumbres, un modo de hacer política; es una mezcolanza donde entra el resorte nacionalista, la convicción de que toda autoridad es ilegítima, el hábito de la corrupción, el ritual de la legalidad, la suspicacia y la desconfianza sin límites, Zapata, PEMEX, la imagen fantasiosa y milagrera del Señor Presidente y la mala conciencia. También esta certeza, más o menos resignada, de que por aparatoso que sea todo terminará en una negociación.

En Atenco hay un poco de todo ello. Pero está en todas partes. Por supuesto, hubo la “transición”, a donde sea que hayamos llegado, y muchas cosas son distintas. Las presiones tienen que ser más abiertas, más ostensibles, los arreglos son más trabajosos, hay muchos más candidatos y más escándalos. Pero el verdadero espectáculo consiste en ver a nuestros políticos, transparentes y emotivos abanderados de la democracia, que se van transformando poco a poco (a veces de golpe) en priístas. Y no por otra cosa sino por necesidad, porque es lo que requiere el oficio y más les vale aprenderlo (y más nos vale que lo aprendan, si no saben).

Quedémonos con los ejemplos de la semana pasada. En la enésima revisión de las cuentas del gobierno de Rosario Robles aparecieron de nuevo movimientos irregulares: contratos poco claros, algunos millones extraviados, lo de cualquier gobierno priísta. Y a la señora Robles le faltó tiempo para declarar que eso eran cosas insignificantes, que se publicaban como parte de una campaña para desprestigiarla: lo mismo que hubiera hecho cualquier priísta. Por si acaso, poniendo sus barbas a remojar, el jefe López salió también en su defensa con esa iracunda y agónica muletilla priísta: que las acusaciones hay que probarlas, que no se debe denunciar a nadie con tanta ligereza, que hay que esperar a que haya pruebas.

Lo que no se dice, cosa curiosa, es que en medio de esos movimientos irregulares: en las obras públicas, en los contratos de servicios, en las asesorías, hay también una porción de empresarios, como los ha habido siempre. Los de la señora Robles, los del señor López, que van a lo suyo: a hacer dinero; y que mientras pueden lo hacen como siempre se ha hecho, como los empresarios del PRI. No cargan con machetes, desde luego, y procuran no hacer escándalo. Tienen su propio estilo. Pero como todo hijo de vecino saben que se trata de negociar.

No tengo idea de cuánto vayan a durar la ilusión y el entusiasmo democráticos. Imagino, por lo que puede verse, que tenemos todavía desorden para rato, porque está muy revuelto el tablero. Pero también hay los que empiezan a hablar claro. En Querétaro, por ejemplo. Al parecer iba a discutirse en el congreso local una reforma del código penal que sancionase como delitos graves la invasión de tierras y la promoción de colonias irregulares; incluso podría haberse aprobado, si no lo hubieran impedido los militantes de la “Alianza por la vivienda popular” y la organización “Felipe Carrillo Puerto”: dos organizaciones perredistas (es un decir) que irrumpieron en el recinto repartiendo palos y trancazos hasta que los señores diputados decidieron que lo más conveniente era aplazar la votación y abrir mesas de diálogo para negociar las reformas. Porque no puede ser que, de la noche a la mañana, porque así lo decide el Congreso, resulte que la invasión de tierras es ilegal, pero ilegal ilegal. También fue la semana pasada.

Lo de Atenco se nota mucho, pero no es muy diferente de lo que sucede en el resto del país. Hay razones para alarmarse, sí, pero hasta cierto punto. La situación puede ser incómoda, pero estamos habituados; el episodio será más o menos bochornoso para el gobierno, pero más vale que se hagan a la idea. Es lo que hay. Con un poco de sentido común todos podemos entender que no hay más remedio que negociar, en Atenco y en donde sea.

La Crónica de hoy, 23 de julio de 2002