No sabe / No contesta

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Los temas de política internacional se prestan con frecuencia para el exhibicionismo. A fin de cuentas, son los problemas de otros, que quedan lejos; no sólo aparecen borrosos, sino que admiten el maniqueísmo más ramplón. Sin duda ninguna, tiene sus virtudes esa atención vigilante de la “opinión mundial”, tan desorientada y oportunista como sea; es verdad que sería mucho mejor que estuviese bien fundada, que fuese más consistente y sensata, pero no hay que pedir peras al olmo. Va lo uno con lo otro. El heroísmo declarativo es una tentación irresistible para los Saramagos, que brillan solitarios en defensa del despotismo justiciero y que brillan de nuevo al exhibir su personal desencanto, virtuosos por cuenta doble, siempre por cuenta ajena. No vale la pena tomárselos demasiado en serio. A cambio, hay la posibilidad de que salgan a la luz atrocidades que antes quedaban en silencio, hay la posibilidad de que se abra un espacio de argumentación moral, sin compromisos. No está mal.

Ahora bien: eso corresponde a la ciudadanía, a los intelectuales y demás personalidades públicas que según su gusto –por buenas o malas razones- se manifiestan a favor o en contra de lo que sea, con toda candidez. Con los políticos es diferente. Están obligados a razonar de otra manera y están obligados a explicar sus razones. Porque para ellos no pueden ser problemas morales, sino de política exterior, es decir: de lo que en otro tiempo se llamaba el “interés nacional”. Es grave por eso –también triste, vergonzoso- ver el desconcierto de nuestros senadores la semana pasada, ver que no pueden siquiera ponerse de acuerdo sobre las razones que deben orientar nuestra política exterior.

Se trataba de definir la actitud de México hacia los organismos internacionales y la nueva política del “multilateralismo”, con motivo de la reunión de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. A nuestros senadores se les convirtió en una discusión sobre el gobierno cubano, con el aditamento de la Revolución y el imperialismo, la invasión de Irak y la pena de muerte en Estados Unidos; nos enteramos de que hay muchos que todavía se conmueven evocando al “comandante”, que los hay partidarios intransigentes de la democracia, los hay sobre todo antiimperialistas y los hay que querrían que el resto del mundo no existiera. Sin embargo, con respecto a la política exterior de México el Senado “no sabe / no contesta”.

El caso no ofrecía dudas. No había ni amenazas de invasión ni la creación de tribunales especiales ni nada parecido: se votaba una exhortación al gobierno de Cuba para que recibiese a un representante del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Es lo mínimo que puede hacerse en los organismos internacionales. Para bien o para mal, en eso consiste el “multilateralismo”: hay organismos de la comunidad internacional que se ocupan de vigilar el cumplimiento de tratados y convenios, empezando por la Carta de Naciones Unidas y sus resoluciones; por descontado: son foros políticos donde se hace política, o sea, no son perfectamente imparciales ni están por encima de los intereses estratégicos de los estados. Pero no hay otra cosa ni va a haberla. Lo que tendríamos que saber es la importancia que tienen esos organismos para la política exterior del país, la actitud que se va a adoptar en ellos y, sobre todo, las razones por las que se debe hacer una cosa u otra. El Senado “no sabe / no contesta”.

El “multilateralismo”, tan vistoso y decorativo como es, también tiene riesgos. Lo más probable es que casi todas las resoluciones de las comisiones de la ONU o del Tribunal Penal Internacional miren a los países en vías de desarrollo: no porque sean pobres, sino porque en general carecen de un Estado de Derecho medianamente eficaz y legítimo. Más aún: no es impensable que ese “aparato moral” de la comunidad internacional pueda usarse para cohonestar las peores intenciones. Por otra parte, cualquier decisión que se adopte en esos foros tiene repercusiones sobre las relaciones bilaterales con otros países. Por eso importa definir una política clara, sensata y consecuente.

Hasta hace poco estaba claro que, en cualquier caso, México debía procurar el más escrupuloso apego a los principios del Derecho Internacional. En los últimos tiempos hay quienes piensan que al país le conviene más negociar una posición de asalariado de los Estados Unidos y hay quienes, como el Presidente de la CNDH, piensan que más vale que nuestros representantes se hagan los distraídos y miren hacia otro lado. No es una decisión trivial y es indispensable discutirla. Dice la Constitución que para eso está el Senado.

 

La crónica de hoy, 22 de abril de 2003