No, señor presidente

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La manifestación de campesinos del viernes pasado fue un aviso. Otro más. Otro que pasará desapercibido, en el fondo, porque ninguno de nuestros políticos tiene tiempo –humor, ánimo, reflejos o recursos- para atenderlo. Están todos demasiado ocupados con sus negocios y sus pleitos judiciales, acomodándose en las candidaturas, buscando su “nicho electoral” y viendo el modo de ampliarlo. Nadie hará caso en serio, pero el aviso está. No sólo dice que hay pobreza, miseria en el campo; no sólo dice que falta todo tipo de recursos, que falta un apoyo serio, bien pensado: dice también que hay miedo, desconfianza, que nadie puede ofrecer un mínimo de orden y seguridad, ni organizar políticamente la voz de los campesinos (tampoco ninguna otra, o casi ninguna). A cualquiera se le ocurre que para eso está el Congreso y para eso sirven los señores diputados. Pero no. Entre las necesidades inmediatas de los campesinos y la discusión del Congreso, hace falta una apretada serie de mecanismos de intermediación que no existe y que no se puede improvisar.

Todos hablan hoy del campo, es verdad, y tratarán de sacar provecho del descontento: todos. Estamos en año de elecciones y cualquier recurso sirve. Tampoco hay motivo para quejarse por eso. Los políticos están en lo suyo, pescando votos donde los haya, tratando de hacer quedar mal a los adversarios, tratando de sacar tajada donde se pueda: es su oficio. Es triste, eso sí, la estrechez de miras; es triste esa ambición miope y alicorta, que no llega más allá del mes de julio. Es lamentable que su mundo se reduzca a los movimientos de la grilla cotidiana, al quítate tú para ponerme yo, y a los equívocos saltarines de las encuestas de popularidad.

Hablando en serio, nadie sabe qué pueda hacerse con el campo. El PRD se ha apresurado a imprimir unos carteles, muy vistosos, diciendo: “Sin campo no hay México.” El PRI ha desempolvado a algunos líderes, en el intento de organizar a su favor una protesta que no ha organizado ni puede dirigir. El PAN, desde el gobierno, invita al diálogo y ofrece escuchar con mucho respeto lo que tengan que decir todos. Peor es nada. Lo malo es que el señor Presidente se ha apresurado a responder, antes de escuchar respetuosamente a nadie. Ha avisado ya que no habrá subsidios ni otras formas de desperdicio. El modelo dice que no debe haberlos: no los va a haber. Los productores agrícolas que no sean competitivos tendrán que buscarse otra fuente de ingresos, acomodarse en el mercado donde tengan ventajas comparativas y, de momento, en el desempleo.

Es envidiable, de verdad, la fuerza del “pensamiento positivo”, cuando uno lo ve en un creyente como el señor Fox. No se le ocurre más que insistir en lo de siempre, con cabezonería mística. Va a convencer a los miembros de la OMC –eso ha dicho- de que renuncien a subsidiar al sector agrícola, para que la libre competencia nos regale a todos con sus beneficios. Quiero suponer que habrá alguien que haya tratado de explicarle por qué razón los Estados Unidos y Francia y el conjunto de la Unión Europea siguen subsidiando al campo de muchas maneras; pero en eso está la mágica influencia del “pensamiento positivo”: para el señor Fox no hay duda, están todos equivocados; sólo hace falta que el Presidente de México se lo explique, con una buena dosis de franqueza ranchera y mucho entusiasmo.

Tocará al Secretario de Gobernación, señor Creel, escuchar con respeto lo que tienen que decir los campesinos. Así será: con el mayor respeto, sin duda. Es lo que mejor sabe hacer el Secretario. Después les dirá, respetuosamente, que no hay nada que hacer. Porque el modelo no admite que el Estado intervenga para subsidiar algo tan desarbolado, improductivo, retrógrado, tan claramente desahuciado como el campo mexicano.

En vísperas de la cubetada de agua fría, el Presidente vuelve, por momentos, al tono entusiasta de su campaña. Dice que respeta el derecho de los campesinos a manifestarse y no sólo eso: “no sólo respetamos ese derecho, sino que nos sumamos al reclamo”; es decir: podemos contar con él para encabezar la próxima manifestación contra el gobierno. No faltaría más. Y nos convoca a todos, con esa energía de otro tiempo: “hago un llamado al país entero –así dijo-: tenemos que volcarnos en una gran alianza con el campo mexicano y lo tenemos que hacer todos los mexicanos y las mexicanas…” Suena muy bonito, pero discrepo. No, señor Presidente. No somos todos, “hombro con hombro”, los que tenemos que enfrentar el problema. Hay responsabilidades de gobierno: claras, indudables, intransferibles. No son de todos: son las de usted. Aunque no vaya a hacerse cargo de ellas.

 

La Crónica de hoy, 4 de febrero de 2003