No son «los musulmanes»

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No termino de entender el desconcierto, las reticencias de muchos intelectuales para hablar sobre la crisis desatada por las caricaturas de Mahoma publicadas en Dinamarca. No entiendo sus escrúpulos ni el cuidado que piden que se tenga para no ofender a los fieles de ninguna religión. Toda la prensa –toda: caricaturas, reportajes, artículos- está llena de críticas, ironías, sarcasmos y denuncias que sin duda ninguna deben enojar a los que son señalados; por supuesto, todos ellos están en su derecho de enojarse, también pueden proceder judicialmente cuando les parezca necesario. Hasta ahí. La libertad de expresión tiene límites: el límite que pone en cualquier parte el derecho de imprenta, las leyes contra la difamación; también el que pone el sentido común y la sensibilidad de los lectores de cada medio: hay periódicos en México, por ejemplo, que pueden permitirse acentos fuertemente antisemitas porque su público lo festeja, los hay también que admiten inclinaciones racistas, homófobas. Se dirá que los musulmanes no piensan lo mismo. Bien: sólo que los musulmanes daneses están obligados a obedecer las leyes de Dinamarca, igual que los europeos que trabajan en Irán y Arabia Saudita obedecen las leyes de Irán y de Arabia Saudita.

La premisa de respetar la sensibilidad de todos está muy bien, sólo que está reñida con el periodismo. Y personalmente no entiendo por qué la religión de unos deba ser más digna de respeto que la vida de otros, por ejemplo: ¿qué decimos de los artículos –ha habido muchos- que justifican las masacres de Nueva York, Madrid o Londres? ¿Por qué nadie pide respeto hacia la sensibilidad de las víctimas? También se enojan los políticos y sus familiares cuando son ridiculizados en la prensa: ¿Habrá que ser igualmente cuidadosos y respetar sus sentimientos? En resumen: las caricaturas sobre las que hoy se discute pueden ser buenas o malas o incluso detestables, yo encuentro muchos dibujos y textos detestables en la prensa todos los días; se pueden denunciar, se pueden criticar, es posible organizar protestas también e iniciar acciones judiciales, se hace. De ahí a las amenazas de muerte y el incendio de edificios públicos hay más de un paso. Lo interesante es que se haya llegado hasta allí y que el asunto se explique básicamente con la sandez del “choque de civilizaciones”, de la libertad de prensa de Occidente contra la profunda religiosidad del mundo islámico.

Veamos otra vez los hechos. Un periódico danés publica en Dinamarca una serie de caricaturas. Miles de personas en Siria, en Irán, Líbano, Pakistán, se manifiestan violentamente, con carteles pidiendo la muerte de los daneses y los noruegos y los franceses y quien sea, y prenden fuego a varias embajadas; se amenaza también con atentados contra los nacionales de cualquiera de esos países. Hay –espero que sea obvio- una desproporción entre los dos hechos. Están fuera de medida la causa y el efecto: son incongruentes. Eso significa que hay que fijarse en las mediaciones. Hay una fundamental: la Unión Internacional de Ulemas, con sede –qué cosa más rara- en Dublín, que ha tenido estos días el apoyo de la Liga Árabe y la Conferencia Islámica; son ellos quienes han dado el grito de alarma y han organizado las protestas en todo el mundo.

Se trata de una institución ideológica, dedicada a vigilar la pureza del Islam y denunciar abusos, blasfemias y atentados contra la verdadera fe. Miremos sus estándares. Militantes de Al-Quaeda asesinan a tres mil personas en Nueva York en nombre del Islam y los ulemas no piensan que haya nada que objetar, no es un insulto para su religión. Otros grupos islámicos asesinan a cientos de españoles en Madrid, en Londres, también invocando el Islam: los dignísimos ulemas no encuentran nada que objetar, nadie organiza protestas. El gobierno islámico de Irán anuncia el propósito de “borrar del mapa” a Israel, y los ulemas lo encuentran muy natural y conforme con la doctrina del profeta. Diariamente, desde hace un año, terroristas bajo las órdenes de Al-Zarqawi o de alguien más asesinan a decenas de civiles iraquíes en mercados, mezquitas y calles de Bagdad, todo para mayor gloria del Islam: los eminentes ulemas no piensan que sea un agravio para la religión que deben proteger. Esa violencia masiva, sanguinaria, indiscriminada, contra europeos y árabes y musulmanes, que busca el amparo de la religión, no ofende en nada a los creyentes; lo que es intolerable es que un periódico danés publique cuatro monigotes. Extraña, la lógica de los ulemas. Sobre todo porque, por lo visto, se duelen con iracundo dolor si alguien insinúa que el Islam puede ser violento.

No incurro en el ultraje de pensar que así son “los musulmanes”. No pienso que la población de Siria o Líbano piense así de manera natural, que sean irremediables fanáticos de arranques furiosos. No veo en lo de estos días la reacción del “mundo islámico” sino el resultado de la agitación de un grupo político, con intereses muy concretos, que aprovecha el Islam como podría aprovechar cualquier cosa. Es decir: veo a los excelentísimos ulemas actuar con una lógica absolutamente mundana, que no quiere otra cosa sino la consolidación de su poder; eso y el sentido de oportunidad de la Liga Árabe y la Conferencia Islámica, que han visto la ocasión de recuperar presencia pública.

Mirémoslo con detenimiento. Los ulemas de Dublín y quienes les sirven como correa de transmisión no pretenden cambiar las leyes de prensa en Europa. Su objetivo no está en Dinamarca. Lo que quieren es afianzar su influencia en el mundo islámico y en particular en los países árabes. Su juego está en Jordania, Siria, Líbano, Arabia Saudita. Allí es donde afirman su poder mediante la agitación. Europa y su libertad de prensa ofrecen tan sólo la materia prima con la que se produce el poder simbólico de que disfrutan los ulemas en el mundo árabe, que se traduce en el ascenso de los partidos islamistas.

No deja de sorprenderme la facilidad con que intelectuales y políticos se prestan para ese juego. Los más amistosos como los más hostiles admiten de entrada que se trata del famoso “choque de civilizaciones”. Eso permite que un pequeño grupo de activistas, con objetivos políticos turbios pero indudables, se arrogue el derecho de representar al Islam. Leo un artículo de Robert Fisk que critica ásperamente la falta de sensibilidad de la prensa danesa; para explicarse dice que los musulmanes “han conservado su fe”, mientras que nosotros la hemos perdido. Es la lógica, feroz, de la guerra: ellos han conservado su fe, nosotros no creemos en nada. Ellos y nosotros. Ellos: los musulmanes. Es el mismo lenguaje de la Casa Blanca, el que podía usar cualquier detractor de la cultura islámica.

Otra vez: en lugar de imaginar esas confrontaciones metafísicas entre el Islam y Occidente, miremos las mediaciones. Lo que tenemos delante es un fenómeno político. Lo que se juega no es la lucha de la mirada ilustrada de Europa contra el tradicional, fervoroso y arcaico entusiasmo de las sociedades islámicas, no eso sino la política dentro del mundo árabe, que tiene al Islam como recurso y la opinión internacional como caja de resonancia.

Las caricaturas son sólo un pretexto. Dice Robert Fisk que nos indignaría ver el dibujo de un rabino asesinando árabes: por supuesto que sí; pero nadie pediría la muerte para los caricaturistas ni se incendiaría ninguna embajada. Lo interesante es que el mundo entero pueda ofrecer ya recursos simbólicos para producir poder en cualquier lugar. Lo interesante es que un conflicto menor en Dinamarca sirva para consolidar el poder de determinados líderes en Siria, Jordania, Irán, Líbano o Pakistán. Ningún habitante de Siria tendría por qué saber lo que publica un diario menor en Dinamarca: los ulemas y sus redes locales se encargan de eso, lo convierten en algo enormemente importante. Producen el conflicto, la ruptura, hacen imperativa la toma de posición, radicalizan, trazan una frontera y obligan a escoger, ellos o nosotros. Y ganan con ello influencia, como defensores de la fe (cosa que sería más difícil de hacer si el motivo fuese el terrorismo en Irak, porque es desagradable que la fe pida asesinar musulmanes).

Está muy bien hablar sobre la libertad de expresión, la intolerancia y el respeto. Siempre es útil. También hace falta empezar a ver los problemas políticos y entenderlos como lo que son, sin fantasías místicas sobre la esencia de las civilizaciones.

 

La Crónica de hoy, 8 de febrero de 2006