Optimismo

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Toda propaganda es engañosa, por definición. La propaganda política como la que se hace para vender pasta de dientes. También es reveladora. Hay ejemplos clásicos de claridad, como la campaña electoral del ZANU de Robert Mugabe en Zimbabwe, en 1990: en un anuncio de televisión se mostraba un coche estrellándose, en un aparatoso accidente; después una voz grave decía: “Ésta es una forma de morir. Otra es votar por el ZUM. No cometas suicidio, vota ZANU-PF y vive.” Rara vez se llega a eso. Pero los eufemismos, los sobreentendidos, las alusiones oblicuas, los colores e imágenes que se usan son siempre elocuentes. Los lemas son más idiotas cada día, más simplones, las campañas se parecen en casi todo, incluso en el intento de borrar la política. También eso es interesante de ver.

Hace algunos meses inició la Presidencia de la República una campaña publicitaria con el lema “Las buenas noticias también son noticia”. Imagino que el propósito es contrarrestar las críticas, mostrando todo lo que marcha bien, pero sin entrar en ninguna polémica ni referirse a los problemas. Es un boletín donde sólo hay buenas noticias. El surtido es un poco extraño: hay declaraciones del Presidente, cifras oficiales de lo que sea, tablas y cuadros de informes internacionales en los que México aparece bien situado en cualquier cosa, es decir, el contenido habitual de un informe de gobierno, junto con la noticia de un deportista mexicano contratado por un equipo extranjero, la inauguración de una exposición de Frida Kahlo, información sobre la venta de aguacate en Estados Unidos, premios y festejos de empresarios, escritores, cantantes. Tiene también sección de niños.

El conjunto es desconcertante. Llama la atención sobre todo que a nadie en el equipo de Los Pinos le haya parecido absurdo el proyecto entero. Porque es absurdo. No llega siquiera a ser chovinista, de puro patético. Suena como el parloteo de un vendedor en una agencia de viajes. Es propaganda, ya lo sé. No se supone que sea seria ni coherente. Pero ni siquiera así se entiende bien.

En una de sus últimas entregas, el boletín incluía un artículo sobre “higiene mental” que ayuda a explicar el proyecto. Según la Presidencia, que difunde el artículo para ilustrarnos, la higiene mental consiste en mantener una actitud positiva ante el mundo, cultivar sentimientos eufóricos como la alegría y el amor, no mortificarse con el recuerdo de fracasos o situaciones desagradables. Algo así. Se propone como solución para problemas prácticos: el pensamiento higiénico aumenta las posibilidades de éxito; pero ofrece una recompensa mucho más etérea, sutil y gozosa: lograr la plenitud en la vida. Cualquiera puede lograrlo, porque es uno mismo el que decide enfermarse mentalmente, procurándose tóxicos mentales –así dice-, y es uno mismo el que decide curarse. Cada quien escoge sus recuerdos, de modo que lo fundamental es acostumbrarse a ser positivamente selectivo para corregir el vicio cultural de destacar lo negativo; los recuerdos dolorosos son dañinos para la autoestima y deben evitarse, lo mismo que la tendencia a criticar o envidiar éxitos ajenos: a cambio, conviene recordar anécdotas graciosas, momentos de éxito y crecimiento personal. Así dice.

En el texto hay una confusa referencia a la Organización Mundial de la Salud, citas de un par de libros, de una pobreza intelectual desoladora, y una sarta de sandeces de un profesor universitario catalán, “especialista en el tema”. Es para darle prestancia científica. Se presenta en la primera página del panfleto con un titular imperativo: “Olvídate de criticar, recordar fracasos o envidiar los triunfos ajenos: genera pensamientos higiénicos que te ayuden a ser pleno”.

Dan ganas de tomárselo a risa. Pero no. No pasa ni como broma. Ahora bien: ése es el mundo en el que viven el Presidente y su equipo. De ahí sale la idea de pregonar las buenas noticias, también el tono de los discursos que se escriben en Los Pinos, los regaños a quienes se quedan “sentadotes esperando a que el gobierno les resuelva sus problemas”. El material no tiene misterio: es literatura de superación personal escrita para gerentes, que tienen que aprender a callarse y sonreír y que necesitan alguna vaguedad espiritual para acabar de sentirse cómodos, justificados. La enseñanza básica es que no puede cambiarse nada en el mundo, salvo la manera de mirarlo, y que son más felices (y al final tienen más éxito) los que saben conformarse.

Es algo tan burdo, tan grotesco que ni siquiera permite la ironía. Pero es publicidad de la Presidencia. Manifiesta una idea de la política. Mejor dicho: una idea del mundo de la que ha sido excluida precisamente la política. No hay más que individuos, responsable cada uno de su propia felicidad; un mundo que sería mucho más saludable si no hubiera crítica, ni enojo ni recuerdos amargos. Hay para pensar que sea publicidad para autoconsumo de la casa presidencial: puesto que la prensa no refleja la realidad que les gustaría ver, se fabrican su propio periódico, saturado de pensamientos positivos, anécdotas graciosas y momentos de éxito.

La Crónica de hoy, […] 2005